domingo, 5 de septiembre de 2010

Cuentas pendientes

Como en tantas otras ramas de la actividad cultural dependiente del Estado, la situación en el campo de las orquestas públicas es precaria. Aquí, las causas, los déficits educativos y sus posibles soluciones.

Por: Sebastián Chouza

LOS MUSICOS invierten en maestros particulares para completar su formación profesional.

El Teatro Colón no es una institución educativa en el sentido estricto de la pala­bra, sino más bien consagratoria del quehacer musical. Allá, se su­pone, se presentan muchos de los músicos más notables del país y del mundo, previamente forma­dos en otros ámbitos. Por ello, a pocos meses de su festejada reapertura, en medio de la pom­pa del Bicentenario, es relevante preguntarnos por el derrotero que siguen quienes deciden ser músi­cos, y por el lugar y el valor que nuestra sociedad les asigna.

Como dato objetivo, sabemos que las instituciones que forman músicos localmente, sean ellas universidades o conservatorios, no cuentan ni por asomo con los edificios y los materiales de otras disciplinas. Esto se evidencia en la escasa cantidad de institucio­nes de formación superior en música académica disponibles para estudiar en muchas de las regiones de nuestro país. Tal es el caso en provincias como Jujuy o Salta, donde los estudiantes para poder desarrollar una carrera co­mo músicos de orquestas deben migrar, por caso, hacia la provin­cia de Tucumán.

Otro dato relevante es la baja cantidad de inscriptos en las ma­trículas de los conservatorios. Un ejemplo de ello es el Conservatorio Superior de Música Manuel de Fa­lla, de la Ciudad de Buenos Aires, que cuenta con una matrícula de aproximadamente 2 mil alumnos activos y un promedio de egreso que no llega al diez por ciento de esa cifra. Esto, sumado a que la mayoría de los estudiantes que emprenden estudios superiores, tanto en Buenos Aires como en el interior del país, necesitan trabajar para poder financiar sus estudios (aun cuando las instituciones sean públicas y gratuitas), contribuye a que los índices de egreso sean aún más magros en relación con las matrículas de alumnos activos existente y que la calidad de estu­dio sobre sus respectivos instru­mentos no sea la ideal.

Por otro lado, la Argentina posee una particularidad que no se encuentra en los principales países de Europa. Gran parte de los músicos profesionales argen­tinos estudian, desde sus inicios y hasta su madurez profesional, con maestros particulares, mien­tras que en ciudades europeas como Friburgo, en Alemania, los músicos profesionales práctica­mente no conciben su formación por fuera de las instituciones de educación superior.

Súmese a lo anterior que mu­chos de los grandes maestros de la Argentina no trabajan como docentes en las instituciones pú­blicas. Esto se debe a que el Esta­do no ha sabido retribuir econó­micamente sus trabajos; también a que, una vez ingresados a la maquinaria estatal, el ejercicio de la música se torna endogámico y burocrático; finalmente, a que las instituciones de enseñanza no han sabido renovar sus plante­les docentes, obligando así a que muchos de los grandes músicos argentinos desarrollen carreras como maestros por fuera de las instituciones públicas.

Considérese además que mu­chos de los músicos importantes que ejercen la docencia en ins­tituciones públicas, si desean emprender alguna capacitación puertas afuera de los conserva­torios, deben atravesar un sin fin de trámites administrativos. Mu­chas veces es difícil conseguir las autorizaciones necesarias para asistir a conciertos, clases ma­gistrales y demás capacitaciones en otros países.

Sean cuales fueren los motivos musicales y académicos de esos viajes, el Estado y su estructura administrativa deberían entender que esas iniciativas no hacen más que jerarquizar sus instituciones; todo lo que se obtiene a través de esas iniciativas es nada más y na­da menos que la ampliación de su propio capital simbólico, de su pa­trimonio acádemico y cutural.

Debe y ¿haber?

Cuando se piensa el desarrollo de la música clásica en la Argentina, nos es inevitable pensar la distan­cia existente entre nuestra realidad y la que vive el campo musical eu­ropeo. La asimetría no sólo radica en la distancia histórica que hay entre los países sudamericanos y la cuna misma de la música clá­sica, sino también en la falta de competición entre los músicos. Esto último directamente vincu­lado al bajo número de orquestas profesionales (rentadas) existentes en el país y el consecuente techo al desarrollo técnico instrumental que este fenómeno ocasiona.

Para poner una vara de refe­rencia, podríamos decir que una orquesta europea de mediana importancia, a la hora de llamar a concurso para cubrir apenas un cargo de Violín Tutti, llega a tener 200 postulantes, mientras que en la Argentina, la Orquesta Sinfó­nica Nacional sólo contó con 25 aspirantes para cubrir tres cargos de violines en un llamado a con­curso realizado en el año 2009, logrando cubrir apenas uno de los tres cargos convocados, ya que el jurado consideró que el resto de los postulantes no alcanzaban el perfil técnico y la calidad musical que la orquesta requería.

Esta situación se profundiza en la medida en que no exista una política cultural y educativa sostenida que promueva, de un modo determinante en todos los conservatorios y en las universi­dades nacionales, la creación de coros y orquestas, debidamente rentados, a los que se pueda acce­der por concursos de anteceden­tes y oposición, permitiendo de ese modo a los músicos profesio­nales transitar por esos cuerpos como una primera etapa en el ejercicio de la música de orquesta y de la música coral, sin tener que promover tan repentinamente la migración de los músicos regio­nales a las grandes ciudades de nuestro país o del exterior.

En este sentido, y como primer paso, es saludable la iniciativa del Ministerio de Educación de la Nación que, con la creación del Programa Orquestas y Coros In­fantiles y Juveniles para el Bicen­tenario, ha emprendido la tarea de convocar a jóvenes músicos de to­do el país y a directores de la talla de Mariano Moruja y Alejo Pérez, entre otros, para realizar giras por las cinco regiones de nuestro país abordando obras del repertorio clásico, entre las que se cuentan Romeo y Julieta de Sergei Proko­fiev o Carmen de Georges Bizet; también obras de compositores argentinos como El tarco en flor de Luis Gianneo hasta obras de nuestro cancionero popular, con una calidad musical a priori difícil de imaginar.

Asignaturas pendientes

Por lo dicho, se comprenderá que resulta necesario desarrollar si­multáneamente, y desde el Estado, la capacidad de promover músicos profesionales de alto nivel acadé­mico en todas las regiones de nuestro país, respetando las parti­cularidades culturales de cada re­gión. A la vez, hay que se garanti­zar una realidad laboral plena que permita el ejercicio profesional de la música, la transmisión de saberes y la conciliación auténtica de sus manifestaciones musicales autóctonas con el culto de la mú­sica clásica europea, entendiendo a ambas expresiones como indi­solubles dentro del patrimonio histórico de la humanidad.

Por último, nada de todo esto puede ser sostenido sin la con­solidación de una democracia estable, sin que los proyectos políticos, culturales y educativos venideros comprendan la impor­tancia de consolidar y respetar las identidades regionales de nues­tras comunidades. Sólo resuelto esto es que podremos acabar con las rencillas entre repertorios na­tivos y foráneos, entre repertorios sojuzgados y colonizadores. Si de lo que se trata es de promover el desarrollo del campo musical ar­gentino en general y de la música clásica en particular, esa discusión carece sentido.

Quizás sólo se trate de cum­plir, al menos por buen tiempo, con los considerandos del decreto fundacional de la Orquesta Sinfó­nica Nacional.

La abstracción hoy, una forma de figuración

Las exposiciones casi simultáneas de tres pintoras muestran que, un siglo después de su nacimiento, es inevitable asociar las obras de arte abstracto con ciertas representaciones de la realidad.

Por: ANA MARIA BATTISTOZZI

SUSANA SARAVIA. Sin título, 2010,50 x 200 cm, acrílico s/ tela.

AnteriorSiguiente

1 de 3

Muchos son los cursos reconocidos en el camino que llevó a la abstracción, acaso una de las transformaciones más radicales en ese relato que desde el siglo XVII hemos llamado "historia del arte." Durante mucho tiempo se tuvo a la pintura abstracta como algo que puede referir indistintamente a conceptos filosóficos, nociones musicales, estados de ánimo o simplemente a sí misma. Todo un rechazo a la tradición representacional, invariablemente referida al universo real. Así, casi de modo inevitable la teoría se apoderó cada vez más de la práctica artística.

Pero al mismo tiempo la experiencia visual cotidiana se encargó de ofrecer crecientes modos de familiarización con esas formas reducidas a su condición esencial, "abstraídas" del universo natural o simplemente liberadas de la obligación de representar.

Y así la energía de las líneas, el color y su capacidad de traducir movimiento y espacio dejaron de ser solamente escándalo experimental y empezaron a ser un poco el modo de ver nuestro de cada día. Algo de esto estaba ya implícito en las predicciones del simbolista austríaco August Endell cuando en 1897 anunció el nacimiento de "un nuevo arte con formas que pueden no significar nada ni remitir a nada." Sólo que las cosas fueron más allá. Al cabo de más de un siglo de aquella predicción resulta imposible no detenerse en los alcances del impulso abstracto que hoy excede ampliamente el campo del arte y se ha extendido a las múltiples esferas de nuestra experiencia contemporánea.

Visto desde hoy, no haber utilizado esos mismos instrumentos para indagar mejor las transformaciones de la realidad constituye una de las mayores limitaciones del formalismo moderno tan concentrado como estuvo en sus propias cuestiones, siempre en la senda que marcó en 1890 Maurice Denis con aquello de que "antes que un campo de batalla, un desnudo o cualquier anécdota, un cuadro es una superficie cubierta con colores articulados en un cierto orden." Quizás sea ésa la razón por la que gran parte de la producción actual, denominada genéricamente "abstracta", recorra el camino inverso y se valga del lenguaje ya afianzado y consolidado en los diferentes cursos históricos de la abstracción como modo de recuperar el diálogo con el entorno desde las inquietudes que postula el presente, en su mayoría marcadas por la experiencia urbana o una cierta nostalgia del mundo natural.

Podríamos decir que la obra de Verónica di Toro que se exhibe actualmente en la galería Alberto Sendrós o la de Graciela Hasper, que hasta hace pocos días se vio en Ruth Benzacar, transitan ese primer andarivel de una visualidad abstracta asociada a lo urbano. Mientras tanto, la de Susana Saravia, que llega a su fin en la galería Van Riel, se inscribe en la segunda opción, que busca plasmar en materia pictórica la experiencia arrolladora de la naturaleza.

El punto de partida en este caso fueron los cielos y cumbres cordilleranos al pie de los Andes.

De una gran hondura dramática, las pinturas de esta artista se inscriben en una de las tantas rutas de experimentación del color que condujo la abstracción: La construcción del espacio y el volumen a través de contrastes y variaciones de color.

Sólo que en este caso la lógica científica cede paso a saberes intuitivos que se apartan de la razón, más bien vinculados al remoto linaje de la abstracción lírica, esa vertiente que defendió Kandinsky con aquello de que "el color es un medio de ejercer influencia directa sobre el alma." Amplias masas de contrastes blancos, negros azulados y de color que en ese mismo sentido evocan las tintas que Antonio Berni llevó a Venecia en 1962.

Tan amenazantes como ellas y abiertas como una aproximación al paisaje que reactualiza climas románticos.

Por alguna razón la selección de estas pinturas abstractas que realizó Cristina Schiavi no evita esa evocación de origen. El espectador, sin embargo, puede desplazar el sentido sugerido.


Impronta urbana
Algo similar ocurre con la serie de pinturas de Verónica di Toro en Sendrós. Aun a pesar de la lógica de producción de la artista, decididamente concentrada en ritmos, articulaciones cromáticas y relaciones formales propias de una poética objetiva y racionalista, es imposible que el espectador no realice una asociación entre estas pinturas con ciertas representaciones urbanas. Ya sea como unidad o como conjunto, se asocien sus planos divididos y la secuencia de sus paralelas con vistas aéreas de esquemas habitacionales o con intersecciones a distinta escala, hay algo propio de esas articulaciones constructivas que el inconsciente óptico asimila a un tipo de imagen puntual definida por lo urbano.

Esto es así, entre otras cosas, porque el propio devenir de nuestra civilización, desde comienzos del siglo veinte, acentuó ese impulso hacia la abstracción que mencionábamos y nos ha hecho naturalizarla a través de nuevos modos de ver.

Modos de ver que no son ajenos a una revisión de la tradición autónoma y autorreferencial que caracterizó a la modernidad abstracta. Si alguien en el arte argentino reciente ha explorado conscientemente ese pasado para volver sobre él, despojándolo del imperativo riguroso de la razón, ha sido Graciela Hasper.

La reciente exhibición que la artista realizó en Ruth Benzacar reafirmó una vez más esa trayectoria iniciada al promediar los 90.

Y sobre todo, el sentido expansivo del color que opera como energía más allá del ámbito del cuadro.

Desde "Es Roja", aquella primera instalación fotográfica a escala mural que presentó en 1995 en la Galería del Rojas, hasta las sucesivas ocupaciones arquitectónicas que realizó después, la artista se ha empeñado en trascender el confinamiento que se reservó la abstracción histórica. Su cometido ahora apunta a la ciudad. De la intimidad de un libro a esa escala mayor, como si de la esencia de los ritmos de la vida cotidiana pudiera extraer las formas capaces de mejorar el diseño que habitamos.

[an error occurred while processing this directive]

Marc Augé: "El mundo digital construye la ilusión de conocer todas las respuestas"

El antropólogo francés dio una conferencia sobre identidades virtuales y literatura, en el Malba, en la apertura del Festival de Literatura de Buenos Aires.

Por: Guido Carelli Lynch

Que las dos ediciones del Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires hayan sido inauguradas por dos figuras ajenas al ámbito estrictamente literario es por los menos extraño. Y ya casi una tradición.

En 2008 fue el turno del filósofo italiano Gianni Vattimo. Ayer le tocó al antropólogo francés Marc Augé. Con él, en un colmadísimo auditorio del Malba, se puso en marcha el Filba 2010.

El festival ideado por Pablo Braun y Soledad Costantini tendrá esta vez un total de siete sedes en las que, hasta el domingo, habrá conferencias. Y performances como la anterior a la intervención de Augé, del cuentacuentos colombiano Nicolás Buenaventura.

El autor de El viajero subterráneo. Un etnólogo en el metro se refirió a la evolución de la antinomia entre los conceptos de "lugar" y "no lugar", que acuñó y le dio fama. Con la segunda categoría, Augé se refería a los espacios dominados por una naturaleza transitoria, como un aeropuerto o un supermercado; en oposición a los "lugares", donde siempre es posible leer mejor "las inscripciones sociales". "En la actualidad un supermecado es un lugar de encuentro para jóvenes de la periferia parisina", contrapuso.

Sin embargo, para este etnólogo de la Escuela de Estudios en Ciencias Sociales de París, Internet y el horizonte virtual de las comunicaciones son los motores que revolucionan las relaciones humanas
.
"La ficción y la imagen reorientan nuestra relación con la historia y la actualidad", sentenció Augé, siempre con cierto tono apocalíptico y su castellano gutural. Para él, las comunidades virtuales son en primer lugar agrupaciones de usuarios y, por ende, agrupaciones de consumidores, una figura dominante en el mundo de la antropología actual.

"La aparición de la identidad digital plantea varios problemas, porque puede ser utilizada para actividades lúdicas, públicas o laborales. Se pueden usar nuevos nombres y cambiarlos. Son nuevas máscaras", señaló. Con estas identidades el sujeto pasa del otro lado del espejo y asume el riesgo de convertirse en un actor de teatro improvisando todo el tiempo una identidad prestada: "Una forma de esquizofrenia de la que no es fácil desembarazarse. El mundo cibernético no se plantea nuevos temas, pero construye la ilusión de conocer todas las respuestas ", sentenció. Para Augé en ese pasaje al otro lado del espejo el sujeto necesita convertirse en su propia imagen. Todo eso en un contexto en el que, según el teórico, el mundo corre el riesgo de convertirse en una oligarquía planetaria. "Garantizar la libertad de los individuos sin condenarlos al anonimato es la función más alta de la democracia", concluyó Augé cuando promediaba los tres cuartas partes de su exposición.

En ese momento se permitió una pregunta que involucró más directamente a la literatura.

"¿Cuál es el lugar del escritor?", interrogó a una sala plagada con varios de los autores que participarán del festival . El escritor, como el usuario de Internet, también tiene un problema de identidad y quiere saber quién es. "Dos milenios de monoteísmo y un siglo de psicoanálisis nos convencieron de que el sentido proviene del pasado.

El escritor escribe por la intención y la necesidad de ser leído, para establecer una relación y comprometer el futuro, busca a otros y regresa a sí mismo para explicarse . La literatura responde al llamado del futuro del porvenir, no al llamado del pasado", señaló.

El autor de Travesía por los jardines de Luxemburgo advirtió que para entender algo sobre el misterio de la creación literaria es necesario quitarse los anteojos freudianos o marxistas que miran al pasado en vez de al futuro y a los lectores. "El autor es un doble que quiere establecer relaciones para existir. La relación identidad-alteridad necesita siempre del futuro", dijo antes de que una multitud de dobles, autores y lectores, lo aplaudiera con ganas.

Destino Occidente: un bailarín chino mira hacia atrás

Li Cunxin abandonó China por Estados Unidos, un recorrido del que da cuenta "El último bailarín de Mao", la nueva película de Bruce Beresford.

Por: Julie Bloom para The New York Times y Clarín

GIROS."Baila con una elegancia extraordinaria, usando su torso y sus brazos con una gracia maravillosa, y también es un as en los giros" decía de él el New York Times en 1981.

Cuando Mikhail Baryshnikov desertó de la Unión Soviética en 1974, fue una noticia de actualidad que atrajo la atención del público tanto hacia el bailarín como hacia el ballet. Pero no fue por cierto el único bailarín que desertó de un país comunista y se radicó en Occidente en esa época. Li Cunxin abandonó su casa y su estilo de vida en China rural para hacer una carrera en la danza en Estados Unidos, un recorrido del que da cuenta "El último bailarín de Mao", una nueva película de Bruce Beresford.

Li inicialmente viajó desde la Academia de Danza de Beijing al Houston Ballet invitado por Ben Stevenson, el entonces director artístico de la compañía. Después de desertar en 1981, Li llegaría a ser una estrella.

"Entre los que no hay que perder de vista está Li Cunxin, uno de varios jóvenes bailarines chinos de Pekín que han estado estudiando y trabajando con el Houston Ballet", escribió Anna Kisselgoff en The New York Times en 1981. "Baila con una elegancia extraordinaria, usando su torso y sus brazos con una gracia maravillosa, y también es un as en los giros".

Li bailaría con la compañía 16 años, para luego trasladarse a Australia y escribir una biografía que fue un best-seller y que serviría de base para el film. Chi Cao, rector en el Birmingham Royal Ballet, tiene el papel protagónico interpretando a Li, y Baryshnikov aparece en un video que miran los estudiantes de la academia de Beijing.

En una entrevista telefónica desde Australia, Li, que actualmente tiene 49 años, habló de la película y de los cambios que han experimentado tanto él como China.

Los siguientes son extractos de esa conversación:

P. ¿Cómo fueron sus primeros años de vida?
R. Nací en una época durísima para China. Nací en 1961, pero entre 1958 y 1961 entre 35 o 38 millones de personas murieron de hambre, de modo que nací en un tiempo terriblemente difícil de la historia china y era el sexto de siete varones. Se imaginará lo difícil que fue para mis padres criar a siete hijos, y mis padres eran campesinos y nunca tuvieron el privilegio de ir a la escuela o sea que no sabían ni leer ni escribir.

Para ellos, era una lucha cotidiana cuidar que sus hijos no murieran de hambre. De chico, en las comidas que hacíamos no teníamos suficiente para comer. Cuando nací, mi destino por lo tanto era ser campesino.

P. Cuando tenía 11 años lo eligieron para dejar su casa.
R. Fue un momento increíble.

Como se ve en la película, cuatro hombres de Beijing entraron en nuestra aula y se presentaron como asesores culturales de Madame Mao de la Academia de Danza de Beijing y dijeron que estaban buscando talentos para crear un ballet.

Ese día, hacía un frío helado y nevaba, y el viento hacía volar los copos de nieve, que se arremolinaban afuera, y estábamos sentados en una casucha estudiando los textos de "Te amamos, presidente Mao". En mitad de la lectura del libro, entraron a la clase y nos hicieron levantar y cantar canciones.

Resulta que todos usábamos esos abrigos gruesos acolchados y pantalones que nos habían hechos nuestras madres y parecíamos unos gnomos redondos, y estos asesores trataban de analizar nuestros gestos faciales y hacerse una vaga idea de qué tipo de cuerpo teníamos.

Primero pasaron de largo al lado mío pero cuando estaban saliendo, mi maestro les palmeó el hombro y dijo ¿y ése? Y eso fue todo.

Más tarde, nos llevaron al despacho del director de la escuela, y nos desnudaron y midieron cada centímetro de nuestros cuerpos y nos obligaron a levantar las piernas.

Fue muy doloroso. Me desgarraron los dos isquiotibiales.

P. En la película, el entrenamiento parece ser muy riguroso. ¿era así? ¿es diferente de las escuelas de ballet de otras partes?
R. Sí, es muy diferente. Empezábamos a las 5.30 de la mañana y seguíamos sin parar hasta las 9 de la noche, seis días por semana.

No solamente hacíamos ballet, sino acrobacia, artes marciales; también hacíamos pas de deux.

Pero también, lo que era más importante, nos lavaban el cerebro políticamente, para que creyéramos en el comunismo y fuéramos la Guardia Roja en el mundo del ballet.

P. ¿Cuándo se enamoró del ballet?
R. Al principio odiaba el ballet.

Pensaba que era la cosa más aburrida, pero finalmente llegó ese profesor maravilloso a mi vida, y él realmente amaba el ballet. Fue al final del segundo año y estaban a punto de mandarme a casa, y llegó ese profesor genial a mi vida y me inculcó pasión por la danza.

P. ¿Usted y sus compañeros estudiantes realmente miraban videos de Baryshnikov?
R. Sí, cuando Mao murió, una de las ex graduadas de la Academia de Danza de Beijing que vivía en Japón en esa época lo trajo de regalo para la escuela. Y al principio, solamente los profesores tenían derecho a verlo. Finalmente, rogamos que nos dejaran ver la grabación e hizo volar literalmente mi imaginación y Baryshnikov pasó a ser una constante inspiración.

P. ¿Qué significó su deserción para otros artistas en china?
R. Yo fui de alguna manera el primer desertor de China en el área cultural, y era todavía la época en que China estaba muy cerrada.

Después, de golpe, eso abrió la puerta a los artistas chinos. A través de mi historia, espero que el público se dé una idea de los cambios que se han estado produciendo en China. Además, el ballet es muy occidental, o sea que llegar a la escena internacional y tener éxito es un gran paso cultural.

P. ¿Qué sintió al actuar en EE.UU. por primera vez?
R. Fue increíble. Cuando entré la primera vez reemplazando a un bailarín lesionado, sentí que por primera vez en mi vida era libre, pese a que estaba terriblemente nervioso.

Estaba frente a un público que amaba de verdad el arte del ballet, y el público esa noche estaba electrizado, y la gente gritaba y exclamaba.

Jamás podría haber soñado ese tipo de recepción.

P. ¿Lamenta algunos de los sacrificios que se vio obligado a hacer?
R. Cuando me quedé en Estados Unidos después de mi deserción estuve totalmente desconectado de mi familia y todos mis seres queridos durante seis años. Pensando que nunca me permitirían volver a China para verlos –fue el sacrificio más doloroso que puede hacer una persona. Pero, ¿lo haría si se dieran las mismas circunstancias? Sí, definitivamente.

P. ¿Lo influyó como artista?
R. Como artista, experimentar esa libertad de bailar sin miedo, sin presión política, es realmente increíble, y nunca la habría experimentado estando en China.

Utopía negra

¿Cómo será la Capital dentro de 30 años? El antropólogo francés Marc Augé, invitado al Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires, hace un ejercicio de anticipación y la ubica como polo de riqueza, evolución tecnológica y desigualdad.

Por: Julián Gorodischer

DISMINUYE LA DIFERENCIA entre los países pobres y los ricos, explica el antropólogo Marc Agué. Pero la diferencia entre los más ricosu los más pobres de los pobres en esos países es cada vez mayor.

Es el año 2040, y Buenos Aires se convirtió –según la predicción del antropólogo francés Marc Augé*– en uno de los núcleos de concentración de miseria y riqueza más importantes de Latinoamérica. Estamos ubicados en uno de los no-lugares más tradicionales (el concepto es de su autoría –en Los no lugares, Gedisa, 1993– y refiere a los espacios donde uno permanece anónimo estando en multitud, solo aunque acompañado): el lobby del hotel NH Tango, edificado sobre los restos del extinto cine Metro, ahora sucursal de una cadena que se apropia y extranjeriza el "valor autóctono".

Le propuse a Augé un ejercicio de anticipación, que aceptó con entusiasmo porque ya dedicó lo mismo a la megalópolis de Europa: hagamos de cuenta que ésta, que nos rodea, es la realidad del 2040. Entonces, empieza a especular. "Afuera –dice– hay una ciudad con los problemas de todas las ciudades del nuevo mundo: ya no hay una democracia que mezcle mercado liberal y democracia representativa." ¿Qué hay entonces?

"Se lo estoy diciendo: no una democracia representativa", sigue, "sino una sociedad desigual, una sociedad de clases o análoga a la de Francia de antes de la Revolución Francesa: un polo en el que se concentran la riqueza, el saber, la ciencia y el poder. El poder será la red misma, más allá de un poder nacional."

–¿Qué otros polos del mismo tipo hay en América Latina?

–Buenos Aires, Río de Janeiro y San Pablo.

La Ciudad de Buenos Aires –dice Augé– sustituyó los lugares de residencia por lugares de trabajo, reemplazó los espacios de paseo por vías de circulación, y los lugares de la vida por un decorado.

Año 2040: salvo raras excepciones nadie vive en Buenos Aires. Los que se quedaron son la presidente de la República, su marido y algunos funcionarios de alto rango del Ejecutivo. Por la mañana y por la noche, multitudes disciplinadas llegan o salen de las oficinas. Los turistas visitan los lugares más importantes de la Capital. El casco histórico sigue siendo el lugar favorito para este público, aunque su refacción y administración fueron confiados a la Disney. La compañía estadounidense –dice Augé– negoció directamente con los propietarios privados la compra de los edificios necesarios para reconstruir la Buenos Aires histórica. Se comprometió a crear cierto número de empleos y a asegurar el mantenimiento de las vías de acceso. Los visitantes se sienten felices cuando entran a la flamante réplica del Cabildo y al Colegio Nacional de Buenos Aires, exactamente iguales a los edificios que están sustituyendo.

La prohibición de circulación de todos los autos en el perímetro que encierran la 9 de Julio, Paseo Colón, Avenida Belgrano y Avenida de Mayo no tuvo los efectos benéficos esperados en cuanto a la calidad del aire.

–Ya no queda más petróleo –sigue Augé–. Los medios de transporte se han desarrollado usando electricidad. Se crearon nuevas autopistas para ir hasta los aeropuertos. La ciudad se remodeló con la prioridad de entrar en comunicación con el resto del planeta. Algunos estudiantes todavía frecuentan la Biblioteca Nacional o la del Congreso, pero quedaron suprimidas todas las universidades de Buenos Aires y fueron reemplazadas por enormes campus.

Seguimos: la Avenida del Libertador, después de una discutida iniciativa de la jefatura de gobierno, quedó transformada, a partir de 2015, en avenida peatonal. Uno puede recorrerla de arriba abajo para terminar en el Museo Histórico Nacional. Este museo ha sido tomado por el "valor" entretenimiento; es decir, la prioridad es que el público viva una experiencia, que participe en una especie de juego de reconstrucción relacionado con la experiencia histórica. "El arte fue apropiado por la sociedad de consumo. Se ampara en las ferias (las palabras son reveladoras). El arte –repito– ha sido definitivamente dominado por la sociedad de consumo". Los espacios de reconstrucción histórica se transformaron –estos sí– en "no lugares". "Ya no se puede hablar de centro y de periferia, sino de un descentramiento."

En el centro de la ciudad no queda nada más que el espectáculo de la ciudad histórica para el turismo; pero los llamados centros históricos son espectáculos incluso para la gente que vive en la ciudad. Cambió radicalmente la relación que tenemos, en 2040, con el exterior de la Nación, que la mayoría conocemos solamente a través de imágenes. No son muchos los que viajan a otros países, pero muchos tienen una idea de cómo son esos países por las imágenes que nos invaden por televisión y por la computadora.

Pero Buenos Aires es todavía una ciudad. Muchos lugares siguen recomponiéndose, marcando momentos políticos o culturales importantes en la vida colectiva. La permanencia del viejo Colón sigue convocando a veladas animadas. Sigue habiendo espectáculos callejeros en los alrededores de los pocos espacios verdes que se expandieron alrededor del 2025.

El MNBA y el Parque Tres de Febrero fueron renovados de la misma manera: los espacios de circulación son más amplios y se admiten atracciones especiales tomadas a préstamo de la estructura de un parque temático. A la entrada, hay centros de visita virtual que permiten recorrer el museo o el espacio verde sin necesidad de un largo trayecto caminando, viéndolo en gigantescas pantallas que ofrecen imágenes en 3D.

Muchos prefieren este modo de visita, que es menos cansador y optimiza tiempo y energía. La entrada es gratuita para los mayores de 85 y los titulares de una asignación universal por hijo.

En los foros universitarios, los etnólogos que siguieron la huella de Augé en el estudio de los espacios transnacionales de circulación de personas ya no piensan en términos de "no-lugar" sino en el de "híper-lugar", "en el sentido de que se puede hacer cualquier cosa en ellos, como en el aeropuerto –describe el precursor de esas nuevas camadas–, donde se pueden comprar cosas, utilizar el banco, hasta se puede vivir en un aeropuerto. El desarrollo de los espacios de comunicación, circulación y consumo creció hasta convertirlos en centrales para la organización de las sociedades".

"Se puede comprar cualquier cosa en cualquier lugar –dice Augé– proveniente de cualquier confín del mundo. Hay una circulación más intensa de productos. En cambio, en comparación con el auge del concepto de híper-lugar, el de no-lugar perdió vigencia desde que dejó de considerarse como un espacio del anonimato." "La planetarización, la globalización, la seguridad se vuelven, por ciertas razones, más fuertes, y además está esa necesidad de 'papeles'; es un hecho muy remarcable que la situación 'sin papeles' de la gente 'sin papeles', es decir, sin identidad es no tener nada que hacer."

Año 2040: los países pobres están menos lejos de los países ricos. Hay una disminución de la brecha entre los países pobres y los ricos, explica el antropólogo. Pero la diferencia entre los más ricos de los ricos y los más pobres de los pobres, en el interior de esos países, es en todas partes del mundo muy marcada, incluso en los países subdesarrollados.

"La brecha entre los más ricos de los ricos y los más pobres de los pobres crece", sigue. "Se da en todos los países, incluso en los emergentes; se da en los Estados Unidos, la China o Ruanda." Los espacios virtuales articulan la vida social imponiendo una comunicación, que no es del orden de la "relación". El eje de la vida en comunidad es la comunicación con otros que no conocemos.

–¿Cómo se manifiestan esos sistemas de relación?

–No es de relación, dije, es de comunicación. Falta reflexionar a propósito de eso. En Los no lugares he puesto el espacio virtual del lado de los "no lugares", pero es más complicado que eso.

Año 2040: la mira en el futuro del planeta está fuera del planeta. "Iremos a colonizar otros planetas; no sé cuándo, pero el futuro del hombre está fuera del planeta. Como parte de un proceso más o menos reciente, la gente empezó a adquirir una 'identidad planetaria', que quizás sea el principio para salir a buscar a otros mundos."

"Cuando hablamos del mundo-ciudad –sigue Augé– tenemos la idea de que todo está circulando, que el planeta es como una gran ciudad. Lo que en cierto sentido es verdad. Y todo circula. Pero cuando estamos en la ciudad-mundo, vemos que las cosas son menos ideales. Es decir, que la verdad del mundo-ciudad es la ciudad-mundo. Es decir, vivimos en la diversidad, a la vez la riqueza, la pobreza, la ignorancia, el saber, todo junto. No son puros, son lugares de lucha o de diferencia."

Año 2040: la sociedad de consumo es la principal fuerza ideológica, y son mucho más fuertes los efectos de fascinación que ejerce que las expresiones de resistencia o de protesta, que no son sorprendentes.

Por fin asumimos que el planeta es frágil. Las epidemias circulan más rápido; se habla mucho de la gripe. Tenemos miedo.

La agenda está dominada por las malas noticias a propósito de la ecología, que tienen el mismo impacto que las noticias deportivas, captando la atención para hacernos pensar en sólo un par de cosas. La gente es muy pesimista, y no se sabe exactamente por qué. "Bueno, o se pueden suponer muchas razones", dice Marc Augé. –¿Son pesimistas con respecto al futuro?

–Con respecto al futuro y al presente. Tristeza, malhumor, etcétera controlan esta utopía negra. Si no quiere una utopía negra, puedo atenuar... –Sí, prefiero. –Puedo matizar las cosas, diciéndole que el único elemento, no de optimismo pero sí de expectativa, es que después de cada catástrofe, cada guerra, hay necesidad de reconstruir. Y yo no puedo imaginar una implosión de la sociedad humana.

Marc Augé fue Invitado a la Argentina por la Embajada de Francia y el Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires (FILBA). Desgrabaciones: Ana María Mozian.

Video y nuevas tecnologías

Ese viejo arte nuevo

Se exhiben en Fundación Telefónica ocho obras de la colección "nuevos medios" del Centro Pompidou, pionero de las tecnologías que cambiaron las prácticas artísticas en los últimos 50 años.

Por: Ana María Battistozzi

SWITCH, 1996, de Tony Oursler, Instalación multimedia realizada en ocho partes dispuestas en diferentes locaciones, como una puesta teatral representada a través de muñecos.

Hemos asistido en los últimos tiempos a una expansión tan increíblemente veloz de los usos del video y las nuevas tecnologías en las prácticas artísticas que por momentos da la impresión de que todo fuera mucho más reciente de lo que es. Y en verdad ha pasado casi medio siglo desde que los artistas (con Naum June Paik a la cabeza) empezaron a interesarse en este medio. Primero entusiasmados con las posibilidades que les abría la handy cam al facilitar el registro de algo tan efímero y de desarrollo temporal como las performances, luego aplicado a las estrategias de contrainformación que surgieron con el giro político que asumió el arte en los 60. Y más tarde en la búsqueda de lenguajes específicos hasta llegar a las esculturas e instalaciones que caracterizan los formatos actuales, cada vez más expandidos en el espacio y en su capacidad de alcance y desarrollo de nuevos géneros.

Un condensado panorama de ese pasado y presente es lo que acerca el conjunto de ocho piezas que se exhiben hasta el 25 de este mes en la Fundación Telefónica de la colección nuevos medios del Centro Pompidou. Nombres como el de ese pionero que fue Nam June Paik, Bruce Nauman y también Tony Oursler, cuyas obras han sido exhibidas en ocasiones anteriores en Buenos Aires, o Vito Acconci, Thierry Kuntzel Chris Marker, Aernout Mik y la joven Zineb Sedira han sido elegidos por la curadora Cristina Van Assche para dar cuenta de esa breve historia que puede ser leída como la del medio pero también como la de las expresiones más destacadas del arte contemporáneo que encontraron en él su modo preciso de manifestarse. Van Assche es desde la década pasada responsable del departamento de "nuevos medios" del museo francés que reúne cerca de dos mil cintas de videos históricos, bandas sonoras, CD roms y sitios web y fue uno de los primeros en hacer lugar a este tipo de producciones como también en enfrentar los insospechados problemas de conservación y mantenimiento que plantean estas tecnologías y estos soportes.

Desde el arte minimal y conceptual en el cruce con reflexiones varias sobre lo corporal (Aconcci y Nauman años 60 y 70), hasta la transformación de las relaciones sociales y familiares que produjo el poscolonialismo (Zineb Sedira, 2002), las piezas elegidas acusan el devenir del medio y los problemas planteados por los artistas.

La muestra abre con una pieza de importancia histórica de 1965. Se trata de "The Moon is the oldest TV", significativo título de su autor, Nam June Paik, uno de los primeros en explorar la potencialidad de la imagen en movimiento en el arte contemporáneo. Dos años después de haber llevado la televisión a un museo, NJP concibió esta obra con una serie de monitores de TV sobre pedestales que proyectaban el ciclo lunar entero y las diferentes fases de la luna en cada uno. Sutilmente poética y en cierto modo fantástica, la obra evoca de algún modo los orígenes del cine. Fue realizada gracias a un dispositivo colocado en el tubo que permitió producir artificialmente esa cualidad más imaginaria que real. La obra, que según las nomenclaturas actuales podríamos llamar "instalación", es un ejemplo de cómo Paik, lejos de dejarse hechizar por la tecnología, buscó expandir sus límites alterando poéticamente la naturaleza habitual de sus imágenes.

En tanto, "Going around the corner piece", la obra de Bruce Nauman de 1970 es un ejemplo de cómo el artista hace confluir el video como dispositivo de vigilancia y la fantasmal escena que resulta en una imagen tan atractiva desde el punto de vista dramático como inquietante desde la sensación de ser observado.
En este mismo cruce entre observador-observado opera "The Eye" una de las varias formas en que se presenta "Switch", la instalación multimedia de Tony Oursler (1996) que se encuentra dispersa en el espacio de exhibición. El artista, que trabaja con muñecos de rostros proyectados (y deformados) a la manera de títeres, como el que se vio el año pasado en la muestra que trajo el MUSAC a Bellas Artes, disemina aquí escenas como pasos teatrales que cada tanto ofrecen al espectador diálogos disparatados, monólogos o simplemente enfrentamientos que oscilan entre la demanda y el sometimiento.

Luego está el trabajo de Thierry Kuntzel, "Nosotros", que desliza preocupaciones fundamentales de este artista sobre qué pasa en la superficie de la representación en el cruce entre el tiempo y la memoria. De estas reflexiones resulta la dramática erosión en su videoinstalación de pantallas múltiples del 1984. Más reciente, como la obra "Park", de Aernut Mik, o "La lengua materna", de Zineb Zedira, Chris Marcera explora en formato CD rom "Immemory", una suerte de museo imaginario en el que el espectador entra y juega con el caudal de la memoria del artista y la propia.

En todos los casos, se pone en juego lo que hace casi 50 años emergía apenas como una novedad en el campo de las artes visuales: la interrelación significativa de imagen en movimiento y sonido que hoy resulta tan natural.

¿En qué se convirtió hoy eso que solíamos llamar "arte"?

Graffitis y moda en los museos, cocineros en bienales de arte, copias digitales de todo. El antropólogo argentino Néstor García Canclini explica cómo se distingue hoy qué es "lo artístico".

EN EL FILBA. Allí habló el sábado el investigador argentino radicado en México.

AnteriorSiguiente

1 de 2

Un antropólogo en el mundo del arte, un observador participante, un crítico, un etnógrafo de las especies artísticas. Esas son las ropas con las que Néstor García Canclini escribió La sociedad sin relato , libro que presenta el miércoles en el Malba. Canclini cuenta aquí la exploración por la estética de esta era. Ayer habló en el Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires.
Dice que los artistas salen de los museos para insertarse en redes sociales. Un planteo muy optimista...

Desde principios del Siglo XX, las vanguardias trataron de trascender los recintos sagrados del arte. Pero esos intentos de insertarse en medios, espacios urbanos, redes digitales, no acaban de lograr la utopía de inscribir el arte en la vida cotidiana. Ni llevando el mundo al museo, ni saliendo del museo, ni vaciando el museo y la obra, ni blasfemando y provocando la censura, puede superarse el malestar que provoca esta oscilación entre querer la autonomía y a su vez no poder trascenderla.
El concepto de "artista" hoy parece muy amplio. Algunos graffitis son considerados arte...
Se ha desdibujado la noción de artista y su papel social. Los graffiteros, los que hacen performances urbanas, las acciones de ONGS como Greenpeace, son ejemplos donde se vuelve muy difícil distinguir qué es arte y qué no. Hubo graffiteros que expusieron en museos; y eso hace evidente que las categorías con que la estética moderna estableció qué era arte han caducado y que los criterios de las ciencias sociales no sirven para decir dónde está lo artístico.
También ha cambiado el concepto de "patrimonio cultural". ¿Qué incluye y qué excluye? Las acciones de organismos como la Unesco han consagrado un modo de valorar obras excepcionales. Con el multiculturalismo dieron mayor lugar a bienes de países no europeos y el criterio se fue abriendo a América Latina, Asia y algo de África. Cuando uno ve ese programa actuando mundialmente, surgen las arbitrariedades. Es un convencionalismo poco consistente de la estetización de los bienes culturales.

¿Qué papel juega la piratería, la falsificación? ¿No refuerzan el consumo cultural? La noción de autenticidad y de valoración de obra única también cambió. Hoy es un lugar común decir que no hay obras únicas, que las reproducciones pueden ser de tanta calidad como el original. En la música y el cine, su reproducción no se empobrece si está bien hecha la primera edición. La multiplicación favorece un acceso más amplio. En las artes visuales no tenemos por qué pensar que un cuadro de Goya, de Velázquez es la única manera de confrontarnos con lo que ellos quisieron decir. Ese original ha sido restaurado, modificado. Luego están las reinterpretaciones: Picasso volvió a pintar Las meninas . Lo que los artistas que volvieron a pintar una obra, dicen es: la seguimos valorando desde nuevas condiciones y mirándola de otro modo.

El chef Ferrán Adria fue invitado a Documenta Kassel. Unos lo consideraron un artista, otros un plebeyo.
Plebeyo-aristocrático... Adria no es alguien a quien le falte sofisticación. Sin embargo, que esté en una bienal de primer nivel muestra cómo se desdibujan, se vuelven permeables las fronteras del arte. Mi impresión es que eso tiene que ver con una operación mediática de la bienal para promover su apertura y exhibir cierto gesto de flexibilidad hacia otras manifestaciones. Otro análisis más hondo podría tomar la gastronomía como arte.

¿La moda se legitimó como arte?
No sólo los diseñadores se consideran artistas. El museo Guggenheim de Bilbao, entre otros, expuso colecciones de Armani. Y también motos, coches, hay algo más que la simple aspiración de las "artes menores" a ser reconocidas como parte del primer nivel de legitimidad estética.

Los clubes de fútbol tienen museos...
Eso es un proceso sociocultural, más cercano a los museos antropológicos que consagran ciertos bienes de la cultura nacional. Hay una operación fetichista, como suele ocurrir en los museos, aislando el objeto y dándole las atribuciones de lo sagrado.

¿Y el crítico de arte? ¿Fue reemplazado por el curador?
Con frecuencia coinciden, muchos curadores se hacen críticos o a la inversa. Hay curadores que escriben la crítica de su propia exposición. En las artes visuales esto sorprende y crea preguntas sobre su legitimidad, pero Barthes publicó su autobiografía e incluyó la crítica a su libro. Había un gesto irónico y autoirónico en esa operación. Esto también nos muestra la manera en que se ha abierto lo que antes se llamaba el "campo del arte" a partir del papel de los actores sociales. Ahora un galerista puede ser curador o a la inversa. Y otros actores ejercen acciones que antes estaban reservados a los profesionales de la historia del arte o la museografía.