jueves, 17 de junio de 2010

El tacto y el contacto conscientes


Escribe Jorge Angel Vila


El trabajo más elemental en eutonía es la estimulación de la piel, que da base a los otros trabajos posteriores. La eutonía se basa en fenómenos neurofisiológicos perceptivos y amplía así el espectro perceptivo y neurológico de quien la practica.
La capacidad neurofisiopsicológica de la piel y el desarrollo de la capacidad perceptiva se amplían mediante la técnica del Tacto Consciente. Así se van diferenciando a la piel como tejido y la conciencia de la piel.
La piel es el más antiguo y sensible de los órganos. Cumple funciones de protección, regula la temperatura del cuerpo, interviene en el metabolismo de las grasas, de las sales y del agua, es el órgano sensorial más grande del cuerpo, limita, envuelve, nos produce sensaciones eróticas, participa activamente en nuestras emociones, facilita la construcción de imágenes en el cerebro, nos permite evaluar el tiempo con la misma precisión que el oído y además valorar la distancia media entre dos puntos de su superficie gracias a su capacidad de combinar las dimensiones espacio-temporales de la visión y la audición.
La importancia de la piel no decrece con el transcurso de la vida.
La piel se desarrolla a partir del ectodermo, como lo hace también el sistema nervioso central. Está formada por tres capas: 1) Epidermis, compuesta de tejido epitelial, 2) Dermis, de tejido conectivo propiamente dicho, 3) Hipodermis, de tejido adiposo, que es una clase de tejido conectivo.
En la dermis se encuentran diversos receptores especializados que transmiten al cerebro las sensaciones de calor, frío, tacto y dolor. El tacto es una de las capacidades de la piel y es el sentido que aparece primero en el embrión humano.
Ashley Montagú, cuando se refiere a la sensibilidad de la piel, la califica de conductor eléctrico excepcional y dice que los cambios emocionales transmitidos por el Sistema Nervioso Autónomo suelen acarrear un aumento de la conductancia eléctrica de la piel en la palma de la mano y en la planta del pie, y considera verosímil que en la estimulación táctil los individuos se transmitan unos a otros ciertas alteraciones eléctricas.
Didier Anzieu dice que la piel es una metáfora muy buena del “yo”, y que éste con respecto al pensamiento, cumple las mismas funciones que la piel con respecto al cuerpo; y realizó una analogía de nueve funciones del “yo” con respecto a sendas funciones de la piel, aunque las funciones del “yo” aceptadas generalmente sean sólo dos: adaptación a la realidad y represión de las pulsiones. También menciona que la falla en algunas funciones del “yo” se ve acompañada por problemas en la piel.
El Tacto Consciente resulta de la estimulación voluntaria de la piel y se desarrolla a través de la experiencia de dirigir la atención en la parte de la piel del cuerpo que queremos trabajar. Es un trabajo de conciencia que requiere atención. Al estimular la piel hacemos funcionar el Sistema Nervioso Central y el Sistema Neurovegetativo que actúan sobre la regulación del tono muscular. Este proceso tiene gran importancia fisiológica y psicológica. Tener una imagen corporal ajustada a la realidad colabora en el mantenimiento de una buena salud física y psíquica, o en el restablecimiento de éstas en circunstancias adversas, además de facilitarnos la permanente adaptación a las situaciones relacionadas con el mundo externo, surgidas de la interacción con el medio ambiente y con los demás.
El Tacto Consciente ayuda a conocer partes del cuerpo que tal vez, antes de haberlas tocado de esta manera, no las habíamos sentido nunca.
Si bien el uso del sentido del tacto es el de mayor frecuencia en la práctica de la eutonía, también se hace uso y se estimula el desarrollo de los otros cuatro sentidos, para acrecentar la percepción del cuerpo en su totalidad. También se hace uso frecuente y consciente de la propiocepción, que Oliver Sacks denomina como el sexto sentido que posee el ser humano.

Contacto consciente
El ser humano tiene la posibilidad de comunicarse consigo mismo y con el mundo que lo rodea, a través del contacto. Salvo los casos patológicos, en la vida diaria todos hacemos contacto con personas, animales, vegetales, minerales u otros objetos; en mayor o menor grado, de una u otra manera, y en diferentes espacios.
Las personas hacemos también contacto con el tiempo, percibiendo los orígenes de la humanidad a través del uso de las herramientas, los instrumentos, la lectura, la música, y muchos otros hechos culturales. El ser humano también hace contacto con el mundo antes de nacer a través de su madre, y suele hacer contacto con su primera infancia a través de un objeto determinado, elegido por él, y que Winnicott descubrió y denominó “objeto transicional”; con el que el niño experimenta el límite adentro-afuera con algo que no forma parte real de su propio cuerpo pero que lo siente como tal, aunque sabe que no lo es.
Otra forma de contacto del bebé con su madre ocurre cuando le imita su tono muscular; Henri Wallon lo investigó, y observó que las manifestaciones emotivas tienen un poder esencial, cuyos efectos están entre los primeros signos de vida psíquica observables en el lactante, que sonríe ante la sonrisa de su madre.
Aunque Erasmo Darwin en 1794 decía que este hecho se trataba primero de la relajación del esfínter bucal del bebé al finalizar la prolongada succión del pecho materno y que los músculos antagonistas de la cara se contraían ligeramente produciendo la sonrisa de placer; y que entonces esta actitud en el bebé se reforzaba con la imitación de las personas que sonreían ampliamente respondiendo a ese primer gesto de placer.
De todas maneras, yo entiendo que el gesto motriz de la sonrisa, en este caso va acompañado de la emoción que le produce su estado de placer y satisfacción por haber sido alimentado y mimado. Wallon dice que la emoción de uno llega a ser la emoción del otro sin que haya necesidad de otro motivo más que estas mismas reacciones.
La emoción establece así un contacto inmediato de los individuos entre sí, fuera de toda relación intelectual. Es el único medio de expresión del lactante con el mundo que lo rodea y también es el lazo de acciones gregarias que da fuerza a las realizaciones colectivas.
El factor emotivo en las relaciones interindividuales presupone en cada individuo, la estrecha combinación del gesto expresivo y de la sensibilidad que le responde. Wallon dice también que gracias a esta acomodación simultánea motriz y mental pudo aparecer la conciencia junto a la emoción. Es el dominio de la sensibilidad y de las reacciones posturales, de las actitudes, o sea de una actividad muscular que está más en relación con el cuerpo mismo que con los objetos exteriores.
Wallon menciona que así como Sherrington dividió a la sensibilidad en propioceptiva y exteroceptiva, también Cannon dividió a la movilidad en propiofectiva y exterofectiva; la primera fundada en la contracción tónica de los músculos y la segunda como resultante de las contracciones fásicas. La función tónica es la que mantiene en todo momento la forma del músculo y que le da un grado variable de consistencia. Al ejercerse sobre todos los músculos del cuerpo regula constantemente sus diferentes actitudes. La variación de las emociones tiene estrecha relación con las variaciones de tono, de la sensibilidad física y de los movimientos.
Flora Davis, en su obra sobre comunicación no verbal presenta abundantes ejemplos de contacto observados por científicos en la vida diaria, en diferentes culturas y también en investigaciones experimentales.
Merleau-Ponty da otros ejemplos de contacto, como la dactilógrafa con su máquina; el ciego con su bastón, el músico con el órgano; la señora con su sombrero, o del hombre con su coche; y considera que éstos ocurren al hacer participar los objetos en la voluminosidad de sus propios cuerpos. Dice que es integrar el espacio del objeto al espacio corporal. También menciona que es el cuerpo el que comprende el movimiento, y que la adquisición de una habilidad es la captación motriz de una significación motriz.
Todos estos tipos de contacto que fueron descriptos hasta aquí, suelen realizarse inconscientemente y son habilidades adquiridas como resultado del desarrollo de la percepción del cuerpo en relación al objeto y al medio que lo rodea. Esta comunicación es mayor cuanto más desarrollada está la percepción como resultado de la experiencia.
En la práctica de la eutonía se emplea una técnica que es la base de la pedagogía y la terapia, que se denomina “contacto consciente”, y que es la consecuencia del “tacto consciente”.
Cuando uno usa el “tacto consciente”, se queda dentro de su periferia propia; y al usar el “contacto consciente” la energía sale del límite exterior del propio cuerpo para pasar a un objeto o a otro cuerpo, al espacio, o bien la dirigimos hacia otra parte de nuestro cuerpo. El “contacto consciente” es un acto voluntario que consiste en la posibilidad de venir desde el interior del propio cuerpo hacia la periferia. Con el “contacto consciente” uno siente lo que está tocando o radiando, no solamente lo sabe al verlo con los ojos o retenerlo en la memoria; y puede comunicarse a través de las sensaciones que transmite y recibe con su cuerpo. Entonces lo que se vive emocionalmente en ese momento sucede a través del cuerpo y no de la mente.
Se trata de dirigir nuestra atención y nuestra energía hacia donde queremos hacer contacto consciente, aunque previamente es muy conveniente tener trabajada la conciencia del volumen y el espacio interno del propio cuerpo; y si es el caso, también el de la persona con quien vamos a realizarlo, puesto que se preserva de esta manera la integridad psíquica al tener muy precisos los límites del cuerpo. El uso del contacto consciente en eutonía sirve para liberar fijaciones de tono en diferentes partes del propio cuerpo, o de la persona con quien uno está estableciendo el contacto, para lo cual es necesario realizar al mismo tiempo contacto consciente con el suelo en forma directa o a través de un objeto, y facilitar así la descarga de energía.
Las liberaciones de las fijaciones de tono se pueden manifestar eventualmente con cambios en la temperatura, la respiración, la circulación sanguínea, con la apertura de los espacios internos, o sentir algún fenómeno de tipo eléctrico.
Con respecto a las causas de la influencia que puede tener el contacto consciente sobre el tono muscular, entiendo que una de ellas es la estimulación de la sensibilidad exteroceptiva, por el toque o la radiación sobre la piel del propio cuerpo o el de otra persona, pero también por la emoción que se puede generar durante este proceso si conscientemente dirigimos la atención hacia lo que sentimos.
Se puede realizar mejor el contacto consciente y no perjudicar a los demás, cuando uno mismo se ha liberado de las tensiones y los bloqueos de su propio cuerpo, para lo cual tenemos siempre que sentir a nuestro propio cuerpo para poder mejorarlo, puesto que el hecho de entender y de saber lo que nos sucede no es suficiente.
Según se presente la situación, con esta técnica de contacto consciente también se puede pasar energía electromagnética a la persona con zonas débiles en su cuerpo, o bien conservar nuestra propia energía cerrando un circuito con las extremidades de nuestro cuerpo.
Al establecer contacto consciente con otra persona o eventualmente con cualquier otra cosa, debemos conservar el equilibrio personal saliendo al mundo externo sin perder la sensación propioceptiva, respetando así los límites de nuestro espacio y nuestra radiación y también respetando el espacio de los demás.
Si utilizamos el contacto consciente con el piso y con el espacio, nos facilita la realización de movimientos eficaces y económicos; se aumenta la fuerza y se mejora el equilibrio sin alterarse la respiración espontánea.
En la vida cotidiana, desarrollar una capacidad normal para realizar el contacto consciente, nos permite un más fluido intercambio de energía con las personas y los objetos que nos rodean, posibilitándonos la regulación de la propia tensión muscular y mejorando nuestra salud física.
Sentirnos parados sobre nuestros propios pies o sentados sobre nuestros propios isquiones, amplía nuestra percepción como una totalidad integrada, nos da seguridad, fortalece nuestro “yo” psíquico; y ese dominio en la comunicación y el espacio nos permite adaptarnos a las diferentes situaciones que nos presenta la vida real, o abrirnos usando todos los sentidos y participar activa y productivamente en la evolución de la humanidad.•


Jorge Angel Vila es eutonista diplomado en 1994 en la Primera Escuela de Eutonía en Latinoamérica, Fundada y dirigida por la Dra. Berta Vishnivertz. Profesor de Expresión Corporal Danza (Escuela Patricia Stokoe). Docente. Miembro de la AALE (Asociación Argentina de Eutonía).


Texto publicado en la edición Nº 19 de Kiné, la revista de lo corporal.



Movimiento auténtico Una forma de danza-movimiento-terapia


Escribe Karin Fleischer


«... en el comienzo no existía la palabra, sólo la acción simbólica -la unión
del cuerpo y la psique. En el comienzo, la danza fue el lenguaje sagrado a través del cual nos comunicábamos con el vasto territorio de lo desconocido» (Chodorow, 1984).

Una característica particular de la civilización occidental es el modo dualista de pensar, de mirar la vida. Cada individuo ha aprendido a diferenciar cuerpo y mente, consciente e inconsciente, a uno mismo de los demás, sin poder reconocer que en cada par de opuestos hay una identidad implícita. La tendencia ha sido siempre a considerarlos irreconciliables, a seguir aquella mitad valorada positivamente, negando la otra. Sin embargo, «destruir lo negativo es, al mismo tiempo, destruir todas las posibilidades de disfrutar lo positivo... Aún lo vívida y asombrosa que pueda parecer la diferencia entre estos opuestos, éstos permanecen inseparables y mutuamente interdependientes, por la simple razón que uno no puede existir sin el otro...» (Wilber, 1979).
El cuerpo, las emociones, la naturaleza, la intuición, el contacto directo con lo sagrado son expresiones arquetípicamente femeninas de la energía que han sido desvalorizadas, ocultadas y controladas a través de siglos donde lo predominante era –y aún es– la razón, la inteligencia lógica, la facultad de discriminar las partes del todo, la búsqueda de explicaciones materiales-científicas para expresar «lo misterioso de la vida», aquella realidad inabarcable desde la mente racional. Esta desigualdad produce desequilibrios en cada ser humano y en el planeta como ser viviente y en evolución. Gradualmente, las consecuencias de este des-balance se vuelven más visibles, difíciles de ocultar y desconocer, planteando la necesidad de un nuevo desafío: la búsqueda de un nuevo equilibro entre estos aspectos y energías: femenino-masculino, interno-externo, cuerpo-mente, emoción-razón, espíritu-materia...
La forma denominada Movimiento Auténtico posibilita la reconexión de cada ser con su mundo interior de imágenes, emociones, sensaciones, dando lugar al emerger tanto de aspectos negados y desconocidos de una misma como de un potencial y fuerza creadora aún no manifestadas. Esta reconexión facilita la apertura a un nuevo estado del ser caracterizado por una relación más armónica entre las diversas partes, armonía que no es estática y que fluye desde la percepción directa de la unión inicial entre cuerpo y psique, consciente e inconsciente, una misma y el universo.
Movimiento Auténtico fue creada inicialmente por Mary Whitehouse –bailarina, docente y pionera en danza/movimiento terapia–, quien integró sus conocimientos relativos al cuerpo y al movimiento con principios de la psicología analítica de Carl G. Jung. En el campo de la psicología, una de las contribuciones más importantes que Jung ha ofrecido es la que él denominó «Función Trascendental» o también «proceso de indivi­dua­ción», proceso a través del cual la personalidad entra en relación con la totalidad del ser.
Jung creó un método meditativo: Imaginación Activa, para posibilitar el desarrollo de la función trascendental; función que él describe como «manifestación natural de energía que emerge de la tensión de los opuestos y consiste en una serie de fantasías-ocurrencias que aparecen espontáneamente a través de los sueños y visiones» (Chodorow, 1977). Whitehouse (1963) expresa que «seguir la sensación interior, permitiendo que el impulso tome forma en la acción física es imaginación activa en movimiento, así como seguir la imagen visual es imaginación activa en fantasía».
Whitehouse focalizó su trabajo en la exploración de la experiencia interna de cada individuo, su interés residía en descubrir y comprender aquello que mueve a la persona desde adentro. Ella expresaba que «el movimiento para experimentarse debe ser encontrado en el cuerpo, no puede ponerse desde afuera como un sobretodo. Existe en cada uno aquello que se ha movido desde el primer inicio, aquello que nos puede liberar» (1963).
Movimiento Auténtico puede definirse también a través de la relación entre una persona en movimiento y una persona mirando este movimiento. La naturaleza particular de la relación entre estos dos individuos -ser en movimiento y testigo- crea un espacio de seguridad y contención para que material del inconsciente pueda emerger a la conciencia. El ser que se mueve trabaja con los ojos cerrados. No hay estímulos ni directivas desde afuera. La intención es escuchar internamente y esperar que surja algún impulso. Estos impulsos pueden emerger a través de imágenes, de un movimiento, de sensaciones físicas o de una emoción. Whitehouse describe este instante como «un esperar abierto... un vacío en el cual algo puede suceder. El ser espera hasta que siente un cambio, al sentirlo empezar lo sigue hacia donde el impulso va, es como seguir un camino que se abre por delante a medida que una lo transita» (1963).
Mientras tanto la persona que es testigo busca un espacio en la habitación donde sentarse y mirar. El rol de testigo es esencial al desarrollo de esta forma. La presencia de otro ser cuando una se abre a explorar lo desconocido refleja la necesidad humana de contención y seguridad. La/el testigo debe brindar atención no sólo a lo que la otra persona está haciendo, sino a su propia experiencia interna en respuesta a esa acción. Janet Adler, quien fue discípula de Whitehouse y ha contribuido al desarrollo posterior de este trabajo, describe la acción del testigo como la de «escuchar, ofreciendo una cualidad específica de atención o presencia a la experiencia del otro ser» (1985).
Luego del trabajo de movimiento-testigo, ambos comparten sus experiencias. La posibilidad de hablar sobre lo que una ha vivenciado es un paso esencial en la integración de consciente e inconsciente. Siempre quien se ha movido habla primero, luego la/el testigo ofrece su propia experiencia como respuesta. Sin embargo, así como es válido el compartir verbal, también puede serlo la elección del silencio. Hay otras maneras de dar forma a lo que ha sucedido. Este «dar forma» al material que ha emergido, a través del dibujo, la escritura, arcilla, una danza u otros medios expresivos, es un paso necesario, ya que aún las experiencias más fuertes pueden regresar al inconsciente cuando no son cuidadosamente integradas a la conciencia.
A través de sucesivas experiencias de sentirse aceptado por la/el testigo sin juicios, proyecciones ni interpretaciones, el ser-en-movimiento puede comenzar a internalizar esta función, la cual facilita el desarrollo de su propio testigo interior. J. Adler (1985) expresa que este proceso «parece suceder del mismo modo que un bebé aún sin sentirlo propio de su persona, comienza a desarrollarlo a partir de la relación con su madre». Aquí lo que se internaliza es la posibilidad de ser aceptado como uno es.
En este espacio de confianza y seguridad creado a partir de la aceptación incondicional y de la presencia de la/el testigo, cada ser siente una creciente libertad para entregarse a sus propios impulsos interiores y comienza así a reconocer, diferenciar e integrar este mundo interno de sensaciones, imágenes y emociones. Ambos, ser-en-movimiento y testigo, inician su propio camino de auto-descubrimiento y transformación, al traer a la luz de la conciencia lo que alguna vez fue latente, sin forma y desconocido.

Ser-en-movimiento
«Central a la experiencia es la sensación de moverse y ser movido. Idealmente ambos están presentes en el mismo instante. Es un momento de total claridad,
la integración de lo que estoy haciendo y lo que me está sucediendo» (Whitehouse, 1958).

Al elegir el seguir o no determinado impulso, una aprende la relación entre «moverse» y «ser movida», entre entrega y voluntad. El método de «imaginación activa en movimiento» debe ser utilizado por individuos con una estructura egoica lo suficientemente desarrollada y fuerte, para que consciente e inconsciente puedan encontrarse de igual a igual.
En movimiento auténtico, el ser-en-movimiento posibilita la expresión del inconsciente y a la vez mantiene el estado de conciencia a través del sentido de realidad corporal. Chodorow (1977) expresa que «debido a que el cuerpo permanece enraizado en su propia experiencia, la acción de moverse crea un feedback propio­cep­tivo y kinestésico, que sirve para confrontar el inconsciente con el sentido de realidad que manifiesta el cuerpo». En síntesis, el cuerpo posee la capacidad para comunicar si­multáneamente consciente e inconsciente.
Impulsos inconscientes pueden emerger de la psiquis personal y también de sustratos psíquicos más profundos que Jung denominó inconsciente colectivo. J. Adler (1985) expresa que «... a través de Movimiento Auténtico, un amplio espectro de energía puede ser manifestado desde lo pre-verbal a lo trans-verbal, pre-egoico a trans-egoico, desde el subconsciente al superconsciente».

Origen del movimiento en la psique
Utilizando como marco de referencia la estructura de la psique desarrollada por Jung y otros analistas que continuaron y ampliaron su labor, y en base a la experiencia en Movimiento Auténtico, es posible reconocer movimientos y experiencias que se originan en diversos niveles de la psique. A través del proceso las experiencias se superponen e interrelacionan, la diferenciación en esta presentación simplemente responde a un intento por clarificar los posibles y diversos orígenes.

Movimiento desde el ego o personalidad consciente
Se caracteriza por el uso intencional del tiempo, espacio, peso y energía. Los movimientos tienen una cualidad mímica, como el juego simbólico de los niños que aparece entre los 16 y 18 meses.

«... llevada hacia las profundidades, tal vez llegué muy pronto, demasiado lejos... me veo descender más y más descubriendo otro espacio, otro tiempo más allá de límites y fronteras... de repente me detengo y vuelvo a la segura superficie de lo conocido... permanecí en esta seguridad, cantando, riendo, llorando, jugando hasta sentir la posibilidad de entregarme nuevamente a este nuevo universo desconocido...»

Movimiento desde el inconsciente
De acuerdo a Jung, el inconsciente personal constituye el primer nivel del inconsciente más cercano a la conciencia. Está constituido por contenidos psíquicos que han sido olvidados durante esta vida, contenidos psíquicos y propio potencial que resultan incompatibles con la actitud de la conciencia. Jung también denomina «la sombra» a los contenidos del inconsciente personal, que usualmente son proyectados en otras personas. La integración de la sombra constituye el primer paso en el proceso de individua­ción.
En Movimiento Auténtico aparecen desde este nivel del inconsciente, esquemas de movimiento que parecen repetirse una y otra vez, y que parecieran tener sentido sólo para el individuo que los vive. Janet Adler los denomina «movimientos idiosincrá­ticos». A través de esta repetición, a veces durante meses el mismo movimiento, la persona accede a la emoción que se encuentra en la raíz del mismo, trayendo a la luz de la conciencia la memoria que había permanecido en el cuerpo. Es importante reconocer aquí, que Movimiento Auténtico es un proceso simbólico. Cuando un individuo a través del movimiento y la memoria del cuerpo vuelve a recapitular una experiencia dolorosa, es necesario descubrir el modo apropiado de trabajar con la misma. A veces sucede que el cuerpo revive aquel instante y hay una expresión catártica de la emoción, otras veces es preferible trabajar desde la contención simbólica a través de algún medio como la arcilla o el dibujo.
Cuando «la sombra» es expresada los movimientos usualmente tienen una cualidad única, a veces resultan desordenados o complicados. Los temas que emergen generalmente se relacionan con la atmósfera familiar de los primeros años.

Movimiento desde el inconsciente colectivo
El inconsciente colectivo está constituido por contenidos que no son adquiridos durante la vida de la persona, sino que son productos de formas innatas e instintivas. Aquí se encuentran las emociones básicas (interés, júbilo, bronca, miedo, tristeza, rechazo, vergüenza, sorpresa), los instintos y los arquetipos. Los arquetipos, en su forma original son: «imágenes y al mismo tiempo emoción. Uno puede hablar de arquetipo cuando ambos aspectos coinciden. Cuando la imagen está cargada de numinosidad*, de energía psíquica, entonces se vuelve dinámica y tiene consecuencias en la vida del individuo... es mucho más que un nombre, palabra o concepto, es una pieza de vida, una imagen que se conecta con la vida del individuo a través del puente de las emociones...» (Jung, 1961).
Aquí se encuentran las fuerzas instintivas básicas y las imágenes de la totalidad del ser aún no manifestado; expresado simbólicamente, es la presencia de la serpiente y del águila. En Movimiento Auténtico, las experiencias suelen poseer una cualidad y efecto numinoso*. El movimiento es autónomo, involuntario. Una tiene la sensación de ser movida por algo que está en una y a la vez más allá de una. Pueden suceder experiencias de éxtasis o de contacto directo con una Realidad que trasciende al individuo. Pueden experimentarse visiones u otras formas de experiencias místicas.
También pueden emerger movimientos que corresponden a experiencias de una etapa preverbal, usualmente difíciles de comprender ya que no hay palabras para organizar y describir lo vivido. A veces esta clase de movimientos son similares en forma y ritmo a otros que indican un estado trans­per­sonal de la conciencia. Es importante aprender a discriminar cuando el movimiento surge de una experiencia pre-verbal o pre-simbólica y cuando indica otro estado de conciencia. Generalmente en el primer caso hay un estado emocional en la base, al que el cuerpo está intentando regresar, el movimiento posee a su vez una cualidad obsesiva, en cambio cuando surge de un estado más amplio de conciencia, puede no experimentarse emoción alguna o se las vivencia desde un lugar más distante, donde hay total presencia pero también desapego. La persona siente como si fuera un canal, un vehículo a través del cual se manifiestan tanto el júbilo como la tristeza.
Entre el inconsciente personal y el colectivo, hay un sustrato de contenidos psíquicos que analistas posteriores a Jung denominaron «inconsciente cultural». Se lo considera un puente entre el potencial innato y las influencias del medio ambiente. Movimientos desde el inconsciente cultural son expresados generalmente a través de un fluir de imágenes mitológicas. Ya sea que una se mueva con la imagen o la corporalice, siendo danzada por ésta, las acciones físicas tienden a ser claras y comprensibles. Según Chodorow, pueden aparecer aspectos femeninos y masculinos de uno/a mismo/a, trayendo a la luz tanto el potencial de estas energías como el condicionamiento de su manifestación a partir del pasado personal y el contexto cultural del individuo.

Movimiento desde la Totalidad del Ser
Jung describe el Self o Sí Mismo como «el principio y arquetipo de orientación y significado» (1961). Como centro de la totalidad de la psique, consciente e inconsciente, ocupa una posición de autoridad respecto al ego, que es el centro de la personalidad consciente. Jung habla del Sí Mismo o "Seidad" como el origen de la vida psíquica desde donde la conciencia nace, siendo al mismo tiempo su manifestación, la meta del proceso de individuación. Por lo tanto, comprende las profundidades latentes originales, así como el potencial para la evolución del individuo. Como imagen arquetípica es representado simbólicamente por aquellas imágenes que expresan tensión e integración de los opuestos dentro de la totalidad. Por ejemplo, la figura del mandala. Cuando este arquetipo es constelado en la psique del individuo, las puertas se abren a una reconexión con la fuente, con lo sagrado, con la divinidad interior.
En Movimiento Auténtico, una no puede hacer que esto suceda, pero cuando aparece, es posible reconocerlo y sentir una inmensa gratitud. Hay armonía en los movimientos, éstos tienden a ser espiralados, geométricos o circulares, como la danza de un mandala. Hay una participación del cuerpo en todas las dimensiones. Una tiene la sensación de que es movida por algo que es más amplio y está más allá de una misma, pero a la vez hay plena conciencia de este movimiento.
La tarea gradual y paciente de reconocer, discriminar e integrar las experiencias que emergen de estas diversas profundidades, constituye la esencia de este aprendizaje... la posibilidad de llegar a ser y manifestar lo que verdaderamente somos...•

*De numen; divinidad, deidad, inspiración




Karin Fleischer es Master of Science en Dance Movement Therapy; (CSUH) California State University Hayward. Estudió Authentic Movement con Janet Adler en Sebastopol (California). Realiza Seminarios intensivos de Movimiento Auténtico en "La Escalera" (Bs. As.) y en San Marcos Sierras (Córdoba).


Texto publicado en la edición Nº 42 de Kiné, la revista de lo corporal.



Siento, luego existo


Escribe David Le Breton
Selección y traducción Carlos Trosman

Fragmentos de la Clase Magistral dictada por el profesor David Le Breton en el IIIº Congreso « El Cuerpo Descifrado » en México DF en octubre de 2007 : «Ensayo para una Antropología de los Sentidos».


Las percepciones sensoriales como simbolización del mundo

« El mundo es la emanación de un cuerpo que lo penetra. »
« La antropología de los sentidos se apoya en la idea de que las percepciones sensoriales no surgen sólo de una fisiología, sino ante todo de una orientación cultural que deja un margen a la sensibilidad individual. »
No hay un mundo que pudiéramos percibir tomando distancia sin estar impregnados de sus emanaciones y que un observador indiferente podría describir con total objetividad. No hay otro mundo que el de la carne. El cuerpo es un filtro semántico. Nuestras percepciones sensoriales, enredadas con las significaciones, marcan los límites fluctuantes del entorno donde vivimos. La carne siempre es impactada por una forma de pensar el mundo, una manera del sujeto para situarse y actuar dentro del entorno, que es interior y exterior a la vez. El relevamiento del mundo no es solamente una cuestión del pensamiento, sino también de los sentidos. Antes del pensamiento, y por lo tanto mezclados con él, están los sentidos. No podemos afirmar con Descartes « pienso, luego existo », y denigrar los sentidos como inagotables fuentes de error o como escorias que sólo tienen un status menor en la relación con el mundo. « Siento, luego existo » es otra manera de instalar que la condición humana no es totalmente espiritual, sino, y en primer lugar, corporal. Entre la carne del hombre y la carne del mundo no hay ruptura, sino una continuidad sensorial siempre presente que responde simultáneamente a una continuidad de significaciones. Las percepciones sensoriales parecen la emanación de la intimidad más secreta del sujeto, pero están social y culturalmente fabricadas. La experiencia sensorial y perceptiva del mundo se instaura en la relación recíproca entre el sujeto y su entorno humano y ecológico. La experiencia de los ciegos de nacimiento, que descubren tardíamente la visión después de una operación de cataratas, es reveladora de los aprendizajes infinitesimales que son necesarios para ver. La aptitud de ver parece fluir con la naturalidad de un manantial para quienes no padecen de ceguera, pero por el contrario, es el resultado de un complejo aprendizaje. Estos hombres o estas mujeres a quienes se les abren los ojos repentinamente sobre el mundo, son incapaces de comprender y de organizar aquello que ven. Las formas, las distancias, la profundidad, las dimensiones, no tienen para ellos ningún sentido. Se estrellan contra un caos que los aterroriza, y que les llevará muchos meses domesticar. Tienen que aprender a ver, y no solamente a abrir los ojos. Ciertos ciegos descriptos por Van Senden (1960) se sienten aliviados de volver a la ceguera para no tener que batallar más contra lo visible. Descubren con espanto la inmensidad del mundo que los envuelve como una insoportable profusión en donde piensan que jamás sabrán desenvolverse. En tanto que no hayan integrado los códigos, los nuevos videntes devienen ciegos a las significaciones de lo visual, porque han recobrado la vista pero no su uso. Algunos asimismo rehúsan abrir los ojos y continúan moviéndose como antes, con la ayuda del tacto, del oído, de sensaciones térmicas, kinestésicas, olfativas.
La experiencia perceptiva de un grupo se modula a través de la sucesión de intercambios con los otros. Las discusiones, los aprendizajes específicos, modifican o afinan las percepciones que nunca están congeladas por la eternidad, sino que permanecen siempre abiertas a la experiencia y ligadas a una relación presente con el mundo. Una modesta experiencia de enología por ejemplo, devela en pocos días una infinidad de matices sensoriales que el individuo no pudo siquiera percibir en su jarra de vino. Antes del pensamiento o de la acción, siempre están los sentidos y el sentido, una manera para el actor de ser atravesado por su entorno de una manera comprensible. Del mismo modo que hay mucho para ver, para escuchar, para degustar, para tocar, o sentir, en una palabra, mucho de todo para comprender, la mayor parte del tiempo la vida transcurre justamente en la indiferencia de aquello que no ha podido ser percibido, a menos que la curiosidad haga que el sujeto preste más atención.
La dimensión de los sentidos evita el caos. Las percepciones son justamente la consecuencia de la selección efectuada sobre el flujo sensorial que baña al hombre. Los sentidos se deslizan sobre las cosas familiares sin prestarles atención en tanto no sea necesario. La categorización es más o menos laxa y no desea producir esfuerzos de comprensión suplementaria.
La abundancia del mundo no es equivalente a la abundancia del lenguaje, siempre las percepciones están en deuda con todo aquello que podríamos percibir. El individuo fracasa en capturar todo, y esa es su posibilidad. Siempre hay más para ver, para escuchar, para sentir, para degustar o para tocar, y aún más, lo real nunca es solamente un teatro de proyecciones de significados que necesitamos percibir, sino también, y en primer lugar, es algo que debemos crear. Esta creación supone un recorte aplicado a escenas visuales, olfativas, gustativas, táctiles, auditivas. La concepción del mundo está sostenida por una cultura, y esparcida en cada uno de sus miembros, y no cesa de marcar una frontera entre lo visible y lo invisible, lo olfativo y lo inodoro, lo gustoso y lo insípido, lo audible y lo inaudible, lo táctil y lo insensible. Los desacuerdos de la percepción son solamente conflictos de interpretación, y traducen los desacuerdos del mundo. Las percepciones sensoriales dibujan un mundo de significaciones y de valores, un mundo de connivencia y de comunicación entre los hombres. El hombre de ningún modo es un ojo, una oreja, una mano, una boca o una nariz, sino más bien una mirada, una escucha, un toque, una probada, una olisqueada, vale decir una actividad. En todo momento instituye el mundo sensorial donde esá inmerso como un mundo de sentidos y de valores. La percepción no es una coincidencia con las cosas, sino una interpretación. No es lo real lo que los hombres perciben sino un mundo de significaciones. Todo hombre camina en un universo sensorial ligado a aquello que su historia personal ha hecho de su educación. Los sentidos no son « ventanas » al mundo, « espejos » dispuestos para reflejar las cosas con total indiferencia respecto de las culturas o de las sensibilidades, son filtros que retienen en su tamiz aquello que el individuo ha aprendido a incorporar o que busca identificar movilizando para ello sus recursos. Las cosas no existen en sí mismas, siempre son investidas de una mirada, de un valor que las vuelve dignas de ser percibidas. La configuración y el límite del despliegue de los sentidos pertenece al trazado de la simbología social. Estamos inmersos en un entorno que no es otra cosa que lo que percibimos. El hombre ve, oye, siente, gusta, toca, prueba la temperatura ambiente, percibe el rumor interior de su cuerpo, y eso hace que el mundo sea una medida de su experiencia, lo vuelve comunicable a los otros inmersos como él en el sentido del mismo sistema de referencias sociales y culturales. La percepción adviene de los sentidos. Las significaciones que se ligan con las percepciones están marcadas de subjetividad : encontrar un café dulce o el agua de mar más bien fría, por ejemplo, suscita a menudo un debate que demuestra que las sensibilidades de unos y de otros no son exactamente homologables, que hay matices aún cuando la cultura sea compartida, pues sentir nunca se da sin que se pongan en juego significados.•


David Le Breton es sociólogo Profesor en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Marc Bloch de Estrasburgo y miembro del Instituto Universitario de Francia. Autor de numerosos libros sobre antropología del cuerpo, varios de los cuales han sido editados en castellano: Antropología del Cuerpo y Modernidad, Sociología del Cuerpo, El Sabor del Mundo - Antropología de los Sentidos, Las Pasiones Ordinarias-Antropología de las Emociones, Antropología del Dolor, Adiós al Cuerpo, El Silencio

Carlos Trosman es Psicólogo Social, Diplomado en Corporeidad, Director de la Escuela de Shiatzu Kan Gen Ryu.


Texto publicado en la edición Nº86 de Kiné, la revista de lo corporal.



Cuerpo y emigración (primera parte) Resonancias corporales de un argentino en Italia


Escribe Luis Alberto Stoppiello



El hombre se traslada de un lugar a otro desde tiempos remotos. Si en sus orígenes lo motivaba la búsqueda de alimentos, huir del enemigo o invadir otros territorios; actualmente las causas pueden ser muchas y muy variadas: trabajo, turismo, razones políticas (autoexilio o exilio forzado), estudio, escapar de las crisis socioeconómicas, guerras, motivos familiares, una decisión personal, etc.
Gracias al desarrollo general alcanzado con la tecnología, la globalización, las comunicaciones y los medios de transportes, pero por sobre todo, gracias al impulso nómade del hombre, nos hemos convertido hoy en día en “ciudadanos del mundo”. El tema de la emigración ocupa un lugar preponderante en la actualidad, y no solo a nivel de políticas de Estado, sino mas bien en lo concreto y cotidiano de la vida de las personas. En nuestro país ¿quién no ha vivido o está viviendo la situación del familiar o amigo que se va al extranjero?
El traslado de un continente a otro, que hace siglos demandaba meses, en las últimas décadas se redujo a días y actualmente con el avión, llegamos en pocas horas a destino. De seguir así, en breve la velocidad del transporte igualará o superará a la del deseo, con lo cual el cuerpo estará llegando al lugar antes de que la conciencia termine de enterarse…
¿Qué produce el partir? ¿Cómo es tramitado esto? ¿Cuáles son las resonancias corporales que se generan?
Desde la vivencia seguramente cada uno lo hará “a su manera”, a partir de la propia subjetividad puesta en juego, pero también, en tanto seres humanos, compartimos semejanzas que nos reflejan en nuestra humanidad.
Quisiera ejemplificar lo dicho, contándoles mi experiencia de estar en Italia desde hace un año.

La antesala de la espera (o de la desesperación)
Varios fueron los motivos que me impulsaron a “cruzar el gran charco”: el deseo de estudiar y trabajar en el exterior; ver qué pasaba afuera con mi profesión y vivir una nueva experiencia.
No resultó para nada fácil “dar cuerpo” al proyecto: si en el plano de las ideas era todo perfecto, en lo real me llevó un largo proceso interno de un año de reflexión, de idas y vueltas, de “si” y de “no”.
Fue un “parir con dolor” este deseo: “Uno sabía lo bueno y lo malo que dejaba, pero no sabía lo que iba a encontrar; de ahí que a la incertidumbre, la angustia, la sensación de vacío, la culpa, la bronca y el desarraigo, también se le sumaban las ilusiones de una nueva vida”(1).
La ambivalencia y la ansiedad habían llegado para instalarse en mi vida y hacían estragos conmigo: una fuerza me estimulaba y empujaba hacia adelante para avanzar e “ir a la conquista del viejo mundo” pero al mismo tiempo, otra fuerza me retenía, me hacía dudar, me paralizaba en la marcha e intentaba convencerme con todo tipo de argumentos acerca de la locura que estaba a punto de cometer: “¡Cómo vas a dejar todo lo que sos y conseguiste acá con tanto esfuerzo!”.
Recuerdo como mi cuerpo se hizo receptor de esa tormenta emocional en la que me encontraba y varios síntomas aparecieron en escena: noches de insomnio, cansancio diurno, dolores y tensiones en mi cuerpo, problemas intestinales, dolor de cabeza, irritabilidad…
¿A quién escuchar?…aposté a mi mismo e invertí mi deseo en la terapia que estaba haciendo en aquella época. Me conecté con mi espíritu de aventurero y de viajero, con mis inseguridades, con mis raíces italianas y las ganas de algo nuevo…la balanza se inclinó “naturalmente” y pude tomar la decisión.
“las valijas se armaron entonces con ropas, miedos, yerba y mate, esperanzas y fotos queridas; pero no entraron en ellas todos los familiares, los amigos, el barrio, los asados del domingo, el equipo preferido de fútbol, el idioma, la cultura; es decir: el país”(2).
El equipaje extra lo constituían mis expectativas sobre Italia (la cual no conocía), pero más que nada, mis fantasías sobre el pueblo en el cual iba a vivir. Por Internet vi algunas fotos del lugar y obtuve algunos datos: menos de 6000 habitantes, ubicado en una zona agrícolo-ganadera, construcciones antiguas y calles angostas…muy diferente a Buenos Aires.
La llegada y las primeras impresiones
Tarde de domingo del 3 de noviembre de 2002 en el aeropuerto internacional de Milán. Después de los trámites de rutina salí con las personas que me vinieron a buscar y fuimos al auto, cargamos las valijas y tomamos la autopista. Hacía un frío que me gol­peaba los huesos; el corazón me latía fuerte. El cielo de otoño estaba poblado de nubes muy bajas y densas, la neblina no dejaba ver con claridad el paisaje y todo parecía pintado de color gris plomo.
El viaje a casa fue una continuación de autopistas y caminos que atravesaron pueblitos y campos, muy pocas personas en la calle pero si en cambio, muchos automóviles por todas partes. Fueron dos horas en las que no paré de hablar ni un minuto.
La primer semana estuve aturdido, lento, embotado y bloqueado. No me animaba a salir solo porque me perdía con facilidad en las callecitas zigzagueantes del pueblo, no me orientaba en el espacio-tiempo. Parecía como si flotara en la nada, no sentía el piso. Necesitaba dormir mucho, tenía mis ritmos alterados. A pesar de contar con una buena base del idioma italiano, la gente me hablaba y yo no les entendía.
Con el tiempo pude encontrar una imagen que describiera lo que había vivido: era un sobreviviente de un terremoto. Mis bases se habían sacudido y se derrumbaron mis coordenadas espacio-temporales habituales, como así también mis referentes cotidianos.
Me sentía como vacío, sin contenidos. Una sensación de “pérdida de algo” me atormentaba. A la alegría del presente, se le sumó una angustia que me acompañó por mucho tiempo. Los síntomas anteriormente descriptos volvieron a manifestarse y solo se despidieron de mi después de varios meses. Más de una vez tuve el impulso de gritar, salir corriendo y tomarme un avión de vuelta a la Argentina.
Transcurrida la primer semana algo pareció cambiar, como si se hubiera producido un “click”. Tal vez a la necesidad de adaptación por la diferencia horaria (4 horas más tarde en ese momento) se le sumó un tiempo interno de adaptación; no lo sé, no lo tengo muy claro, pero si sentí la diferencia en “mi despertar” después de una semana. De a poco, empecé a “sintonizar”, a estar mejor, más relajado, más despierto y a entender a la gente cuando me hablaban.
En otro artículo describí los primeros meses transcurridos de la siguiente manera: “al principio ‘todo nuevo’: establecerse en el lugar, conocer a los vecinos y tal vez a parientes vistos antes solo en fotografías, la sorpresa en cada esquina, lo diferente apareciendo en cada ocasión. Conseguimos un trabajo, visitamos lugares famosos por los siglos de cultura acumulados entre sus ruinas, les contamos a los nuestros que se quedaron allá lo fascinante que es vivir acá y así, juntos por el teléfono o el email, pero separados al mismo tiempo por miles de kilómetros, vamos tejiendo una red de ilusiones compartidas”(3).
Quisiera contarles un miedo particular hoy ya casi superado (“somos bichos de costumbre”): el temor de ser atropellado por un auto en el pueblo, debido a la casi ausencia de veredas y la estrechez de las calles.
Tengo muy presente todavía la descarga de adrenalina y la angustia experimentada al escuchar el ruido de un auto que se aproximaba… (será por eso que cuando manejo y paso cerca de una persona me tensiono y aminoro considerablemente la velocidad).
Más de una vez me imaginé siendo “el hombre araña” (podría caminar por las paredes y así evitar esas “callecitas proasesinas” de mi fantasía).

El “shock linguístico” inicial (o los “psico-oídos” tapados)
Resultó traumático para mi dejar de escuchar el español de un día para el otro. De repente se juntaron, como en La Torre de Babel, todos los idiomas más los dialectos regionales a mi alrededor. Italia, debido a la inmigracián, se ha convertido en una comunidad multiétnica y plurilinguística, por lo cual junto al italiano y los dialectos, conviven los idiomas hablados por los extranjeros. En mi pueblo escucho el dialecto local (que se parece a una mezcla del catalán con el francés), el italiano, el árabe, el hindú, el albanés, el rumano, etc.
Semejante variedad de sonidos, entonaciones, acentos, ritmos y palabras pareciera que “me bloqueron” inicialmente los oídos y la capacidad de comprensión: durante semanas oí pero no comprendí lo que me decían en italiano (a pesar de tener, como dije, una buena base del idioma). Necesitaba que alguien me tradujera lo que yo ya sabía.
Cuando entraba a un negocio me ponía nervioso, tenía verguenza porque se iban a dar cuenta enseguida que no hablaba bien. Como en todo proceso, llevó su tiempo superarlo y hoy, cuando lo veo a la distancia, me río de mi “paranoia idiomática”. Actualmente transito la etapa de estar convencido que con entender y que me entiendan es suficiente.
A la gente le resulta exótico y pintoresco mi particular italiano con acento hispano, hasta diría que gusta mucho, lo cual me ayudó a desinhibirme en la comunicación oral y en mi trabajo.

El impacto visual
La “belleza de lo viejo” entra por los ojos a través de construcciones antiquísimas y la predominancia de colores de la tierra (ocres, marrones, amarillos y tonalidades naranjas).
Los siglos, las guerras y los hombres fueron sacándole partes a las fuentes, los castillos, las iglesias, los frescos, las estatuas y lo que resta del Imperio Romano. El efecto que me producen es el de estimular mi imaginación para completar lo que falta y “ver” la obra entera.
Italia pareciera ser una mujer escultural, muy atrayente, de una belleza enigmática pero, paradójicamente, con un cuerpo viejo, deteriorado, fragmentado; con ropas descoloridas y una piel reseca, descascarada y muy arrugada.
En algunos lugares, una sensación placentera se instala ante el impacto de la belleza y la emoción de conocer algo famoso que uno estudió en la escuela; pero confieso que otras veces he sentido un nudo en la garganta y una opresión de angustia, sobre todo allí donde hoy caminan tranquilamente los turistas y hace siglos corrieron la sangre y el dolor de miles de personas asesinadas del modo más brutal.
La urbanística es muy diferente a la nuestra, no abundan las calles rectas y con cruces de 90 grados, en su mayoría hay callejuelas angostas y serpenteantes, con curvas y contracurvas. El terreno suele ser ondulado, con colinas, valles, montañas y túneles que parecen atravesarles las entrañas. Hay pueblos y ciudades ubicados en las llanuras, pero otros están divididos entre un sector bajo (en el llano) y otro sector alto (en la colina o montaña): la ciudad de Bergamo es un ejemplo.
Me tuve que acostumbrar a la campiña, la tierra y un nuevo verde (el de los maizales y el de los viñedos de la zona), también a ver automóviles lujosos por todos lados, hasta en los costados de la ruta, donde los estacionan para ir a trabajar al campo.
La estética de la imagen personal está muy cuidada. En general, la gente viste bien y hay una cultura, sea en las mujeres como en los hombres, de salir a la calle siempre arreglados y peinados. Es muy pintoresco ver en el pueblo a las diez de la mañana una mujer muy elegante, con tacos y maquillada que está haciendo las compras…en bicicleta.
Respecto a las vestimentas, hay una mezcla de tendencias entre lo occidental y lo “étnico” de cada comunidad extranjera, por lo cual en la misma mesa de un bar, se pueden ver una mujer con una camisa del diseñador del momento y una hindú o una árabe con sus trajes y accesorios tradicionales.

Cuando el mundo entra por la boca (los sabores)
Con los alimentos sufrí un impacto muy fuerte: todo tiene un gusto diferente y mi lengua necesitó también de su período de adaptación. Las comidas son distintas y los productos que también se encuentran en Argentina, acá tienen otro sabor.
A modo de ejemplo: las bebidas gaseosas contienen menos gas y son “más suaves”. Los postres tipo flanes y budines son “super suaves” al punto que, para mi, pareciera que no tienen azúcar. La polenta se come mayoritariamente sola, sin nada, porque es el acompañamiento de un plato principal, aunque el sabor es exquisito. Las pastas llevan poca salsa y si son rellenas sin tomate, apenas con manteca y salvia, para que el protagonismo sea del relleno y no quede “tapado” por la salsa. El final de todo almuerzo o cena es un ritual sagrado: una taza de café y en poca cantidad (apenas un sorbo de oro negro muy fuerte).
A modo de síntesis diré que no obstante la diferencia de sabores, en general la comida es de muy buena calidad, con una gran variedad de productos nacionales e importados (incluso argentinos) y hay una cultura de los alimentos naturales y caseros.

Los olores...
Lo más impactante para mi fue asimilar “los aromas del campo”: no me refiero al perfume de las flores, sino más bien al olor del estiércol de los animales!. Hay días, según la humedad del ambiente y la dirección del viento, en que pareciera que las vacas y los chanchos están con uno ¡en el living de casa!
Más de una vez tuve la sensación de náuseas o de sentir que mis fosas nasales se lastimaban con la ins­pi­ración (pero confieso que esto ha sido una interesante gimnasia para mi carácter).
El olor corporal también es diferente, en general ellos no tienen la obsesión nuestra de la higiene personal, los desodorantes y los perfumes…en más de una ocasión el olor a transpiración del cuerpo, fue el único perfume que portaba en ese momento una persona.
Las comidas también producen otros aromas (ya hace un año que no huelo por estas tierras un asadito…).

El oído y la sonoridad
Los idiomas producen sonidos y cada uno tiene su cadencia particular. El italiano tiene otra acentuación, otro tono, otro ritmo y el resultado es que al hablar, parece escucharse “otra canción”, distinta a la producida por el español. Si esto lo multiplican por la cantidad de idiomas que hablan los extranjeros, el resultado es una superposición de melodías que muchas veces es divertida, pero otras veces llega a irritar, es como un bombardeo de estímulos sonoros heterogéneos que llegan en forma simultánea a los oídos (mucho “ruido” y no se entiende nada).
En el pueblo tuve que realizar un proceso de “desaprendizaje” y “reaprendizaje”: archivar en mi memoria corporal los ruidos de la ciudad para incorporar el canto de los pájaros y las palomas, el susurro del viento, el rumor de la lluvia, los gritos de las tormentas y los maullidos de los gatos en el medio de la noche (especialmente cuando salen de amoríos).
Un sonido en especial, me tuvo a los sobresaltos por un buen tiempo: vivo a pocos metros de una iglesia que tiene un campario enorme (en funcionamiento). ¿Se imaginan el ruido que producen varias campanas al anunciar la hora, la hora y media (durante las 24 horas), las misas, los fallecimientos, los funerales, los casamientos y las fiestas religiosas?…en fin, es el noticiero local que nos mantiene a todos informados de lo que sucede en el pueblo.
El ritmo cambia completamente en las ciudades. Italia es 9 veces más pequeña que Argentina pero con casi el doble de habitantes. El alto poder adquisitivo alcanzado, permite a los italianos tener un auto a casi todos, aunque es común que en una familia, cada integrante tenga el suyo.
Resulta muy problemático encontrar un lugar para estacionar y las calles están atestadas de gente y de autos que circulan en todas las direcciones…lo bueno es que se respetan las señales de tránsito y al peatón (la ley de tránsito y las multas por infracción son muy severas). Un ejemplo: en Bologna, en muchas avenidas importantes no hay semáforo pero si senda peatonal. Basta que uno cruce para que todos los automovilistas se detengan, lo dejen pasar y luego retomen su marcha.
Los celulares provocan una verdadera contaminación sonora. Los italianos tienen una manía con esos aparatitos, parecen apéndices o prótesis del propio cuerpo, no se despegan nunca de ellos. Viven recibiendo mensajes escritos y llamadas, como así también enviándolos y llamando a todo el mundo. Viajar en tren o en colectivo es como asisitir a un concierto: una orquesta de celulares suenan con las músicas y timbres más extraños y extravagantes posibles.

Contacto (pero con mucho tacto)
El uso proxémico del espacio y el intercambio “piel a piel” es diferente del que hacemos los argentinos. Por lo que pude observar, acá no andan a los besos y a los abrazos como nosotros.
El espacio que separa a dos personas es más amplio que el nuestro y es mayor cuanto menos familiaridad hay entre ellas. El contacto prevalente es de tipo visual y con un saludo verbal, o a lo sumo, la primera vez un apretón de manos, que en el segundo encuentro se convierte en un saludo verbal.
Entre los jóvenes observo una mayor variedad de conductas corporales, que van desde el apretón de manos, al saludo verbal y hasta los besos, pero en este último caso, “el menú” es más diversificado: se dan un beso en la mejilla contraria a como besamos nosotros; se dan un beso en la misma mejilla que lo hacemos los argentinos; se dan dos besos (uno en cada mejilla) o se dan tres besos (comenzando por la mejilla contraria a como lo hacemos nosotros). Confieso que a veces es un poco engorroso…”el papelón” está a la orden del día si uno no forma parte del grupo que maneja un código determinado: “¿Por dónde empieza/empiezo el beso?”.
El cuerpo comunitario o social parece desmembrado; en cada esquina, plaza o bar se aprecian sus partes no integradas, constituídas por pequeños subgrupos de italianos jóvenes, italianos ancianos, marroquíes, rumanos, peruanos, albaneses, etc. que interactúan al interno de los mismos, pero no con los otros.

Algunas reflexiones
Cuando emigrar es producto de un proyecto personal, puede resultar una experiencia muy positiva y enriquecedora. En los casos de fuerza mayor, cuando hay circunstancias que a uno lo obligan a irse, se agrega lo traumático. De cualquier modo, me parece conveniente tener siempre un criterio realista, porque no todo resulta “un lecho de rosas”…(en más de una oportunidad y por mucho tiempo, sólo sentí las espinas, en vez de las rosas).
“El antes, el durante y el después” constituyen un largo proceso a transitar con el cuerpo y el alma.
En el camino hay etapas o fases con sus propias características que es bueno conocer, reconocer y aceptar para hacer la travesía más llevadera.
En el “antes” están las ganas y los miedos. Las fantasías y las expectativas suelen dejar a un lado los datos objetivos y la realidad. Uno se encuentra en el medio de un torbellino de emociones que es muy difícil ordenar y manejar. Es bueno dejar que las cosas sigan su curso (y uno ir acompañando).
El “viaje hacia afuera” empieza con “un viaje hacia adentro” de uno mismo para ir explorando cada rincón interno, ver qué hay, quién está ahí y qué se siente. Empezar a reconocer las piezas del rompecabezas: “acá están mis inseguridades, mis fantasías; allá está la información que busqué; ese es el contacto que tengo para conseguir un trabajo o casa; este nombre es del amigo de mi amigo al que voy a llamar apenas llegue; etc.”
En el “durante” está la mayor movilización: llegada; adaptación inicial; el bombardeo de estímulos; conocer gente y lugares nuevos; incorporar información ilimitada y otros usos y costumbres; hacer trámites; modificar o desechar el proyecto que uno tenía; buscar casa y trabajo; aprender y/o practicar el idioma; extrañar; estar feliz; estar muy mal; querer volver; querer probar suerte en otro lugar; etc. Según mi experiencia, en esta etapa puede pasar “de todo” (desde lo más hermoso a lo más espantoso).
Hay que estar en contacto con uno mismo, muy centrado y con los piés en la tierra (“las sacudidas” pueden resultar muy fuertes y movilizadoras), hablar mucho de lo que a uno le pasa; “aferrarse con uñas y dientes” al proyecto (para protegerlo y apuntalarlo, como así también para protegerse y apuntalarse); no aislarse; hacer las cosas que a uno lo hacen sentir bien (yo por ejemplo escribo, hago gimnasia y me conecto a Internet) y no olvidar nunca que la decisión tomada fue y es “una apuesta a la vida”.
En el “después” hay básicamente dos posibilidades: o no se soporta la experiencia y se pega la vuelta o uno se adapta. En el segundo caso, las aguas poco a poco se van aquietando y aparece un nuevo ritmo, el de la cotidianeidad. Paulatinamente uno va construyendo y organizando su vida como lo hacen todos, la cual incluye una casa, un trabajo, los amigos, éxitos y fracasos, los familiares, los hijos y la escuela, alegrías y tristezas, los paseos y las vacaciones, etc.
Para arraigarse en el lugar elegido, es necesario desarraigarse del anterior, lo cual implica transitar la profundidad del dolor, la soledad y la nostalgia. Uno tiene que elaborar el duelo de lo que dejó para poder crear un espacio que se pueda “habitar” con lo nuevo, de lo contrario se vive melancólicamente la realidad de no estar en la Argentina. Se trata de acomodar cada cosa en su lugar y sumar algo más a lo que ya somos y tenemos. No tiene porque perderse nada, mas bien se puede agregar y ganar mucho. Si la apuesta es fuerte y resiste los embates propios y de la adversidad, de a poco se ven los brotes del deseo y el florecer del proyecto.
En todo este proceso no nos olvidemos de nuestro cuerpo porque es una forma de no olvidarnos de nosotros mismos. Los capítulos de esta historia se pueden leer en los músculos relajados o contracturados, las emociones, los dolores, los síntomas, las vivencias de placer y de displacer, etc. Estemos atentos y conectados…escucharlo es escucharnos.
Para finalizar, quiero transcribir un párrafo de una entrevista a una persona que también emigró y cuenta su experiencia, porque me veo reflejado en sus palabras: “Pude entender que no había perdido sino que había cambiado, y puse toda mi energía en crecer en la elección que había hecho, que era este lugar” (4).


Bibliografía
1-Stoppiello, L. “Emigrar: ¿Oportunismo u oportunidad?”. Artículo publicado en la revista “Ritornare” de la Associazione Nazionale Italo-Argentina Ritornare. Año 1 N° 3, Brescia, Italia. 2003.
2-Stoppiello, L. Ibidem.
3-Stoppiello, L. “Argentinos e italianos: ¿Somos iguales o diferentes?”. Artículo publicado en la revista “Ritornare” de la Associazione Nazionale Italo-Argentina Ritornare. Año 1 N° 4, Brescia, Italia. 2003.
4-Abadi, J. Y Mileo, D. “Tocar fondo”. Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 2002.


Luis Stoppiello es psicólogo y terapeuta corporal.

Nota publicada en Kiné Nº64.

Cuerpo y emigración (segunda parte)
Nuevas resonancias corporales de un argentino en Italia


Escribe Luis Alberto Stoppiello



Al recibir la invitación para escribir la segunda parte de “Cuerpo y Emigración, resonancias corporales de un argentino en Italia”(1), un terremoto interno me sacudió (alegría, agitación, nostalgia). Me pregunté qué me pasaba y me di cuenta que la propuesta era un “volver a”, revivir desde las memorias de mi cuerpo mi venida a Italia y lo vivido hasta hoy (¡ya pasaron más de tres años!).
Muchas cosas sucedieron desde que escribí el primer trabajo: dejé el pueblo y me mudé a la ciudad de Boloña, cambié de trabajo, hice un master en grupos en la Universidad de Boloña, conocí gente nueva y pasé por distintos estados afectivos (alegría, ansiedad, paz interna, duda, angustia, tristeza, desesperación, claridad mental, confusión, etc.).
Este nuevo artículo significa dar un paso más en el proceso de elaboración de mi experiencia migratoria… gracias Kiné!

Nuevas resonancias corporales Del pueblo a la ciudad. Después de algunos meses de paz pueblerina, de escuchar a los pájaros, los gatos, las campanadas de la iglesia… ¡no aguanté más! Me descubrí como un “producto urbano”: me faltaba la ciudad y todo lo que ella conlleva (cines, teatros, librerías, bares, tránsito, ruidos y gente por todos lados).
Acepté sin dudar una interesante propuesta laboral en Boloña. Todo hermoso, pero se venía otra mudanza en mi vida y ya van... Desarmé una casa, hice las valijas con mis cosas y mis nuevas ilusiones y me fui. Limpié mi nuevo departamento, acomodé todo y cuando llegó el momento de relajarme y disfrutar… esa misma noche un cólico renal me mandó al hospital por seis días.
Sabio (como siempre) mi cuerpo, después lo entendí: tanto sostener, aguantar, poner el hombro y todo el resto del cuerpo… ahora le tocaba a él tomarse unas vacaciones junto conmigo. Fue muy extraño, pero por primera vez en mi vida sentí que internado en un hospital estaba bien, “alguien” se hacía cargo de mi, me cuidaba, me contenía y me sostenía después de tanta sacudida interna y externa.
Una vez ya dado de alta, empecé “mi nueva vida urbana”: sólo conocía al director del centro que me había contratado, por lo cual durante meses para mi fue cierto eso “de casa al trabajo y del trabajo a casa”. Caminaba por la ciudad, veía a mucha gente y no hablaba con nadie. El anonimato era aniquilante. Me sentía “un NN viviente”. De a poco empecé a hacer las primeras amistades y reviví otra vez, ahora me miraban, me escuchaban, me sonreían… ¡volvía a existir para alguien!

Idioma(s). ¿Se acuerdan de “los psico-oídos”?, siguieron destapándose y no sólo para entender mejor el italiano, también se fueron destapando para reconectarme con idiomas que hace muchos años no practicaba y que ahora forman parte de mi cotidianeidad.
El hecho de que haya dos instituciones con carácter internacional en la ciudad (la Universidad de Boloña y la Feria Internacional de Exposiciones) hace que haya un movimiento intenso y permanente de personas de todas las partes del mundo y eso “se ve y se escucha” a cada momento: Boloña es una gigantesca Torre de Babel. Es habitual que en la calle un extranjero me pregunte por una dirección, una iglesia, una de las puertas antiguas de la ciudad medieval o un museo.
En mi trabajo (un centro de formación e investigación en el campo “psi”) vienen colegas de otros países y el contacto con ellos ha estimulado mis ganas de retomar francés e inglés.
Respecto al idioma italiano aprendí mucho, empiezo a entender la sutileza de algunos chistes, copié algunas expresiones idiomáticas y escribo bastante bien, pero todavía sufro con “le doppie” (las dobles): muchas palabras tienen doble consonante y solamente escuchando la pronunciación me doy cuenta si tengo que escribirlo con “le doppie” o pronunciarlas en un modo distinto (si tienen una sola consonante).
Las preposiciones son un tema aparte, como todavía sigo haciendo una traducción literal me equivoco a diario. Basten algunos ejemplos: en italiano, traducción mediante, se diría que voy “a escuela”, miro “en los” ojos a alguien, una persona es más alta “de la” otra, etcétera.
Otra cosa rarísima: algunos sustantivos en singular pertenecen al género masculino: el huevo (l’uovo), el dedo (il dito), rodilla (il ginocchio), pero en plural pertenecen al género femenino (le uova, le dita e le ginocchia).
Ya no tengo verguenza de hablar italiano con mi acento hispano, esto se ha convertido en mi “marca registrada” y signo de mi singularidad. Antes me preocupaba por el “que dirán” pero ya no, me di cuenta que ellos no dicen nada y por dos motivos: primero, porque cada uno está en la suya y segundo, porque están tan acostumbrados a los extranjeros que yo soy uno más.
Algo que dejé para lo último (y no porque sea un tema de menos importancia) es mi relación con mi propio idioma. En Boloña no hablo mucho el español porque estoy rodeado de italianos y extranjeros. Esto tiene su lado positivo, me ayuda a aprender el idioma, pero ya noto una cierta pérdida de la fluidez al hablar español, a veces me trabo o “se infiltran” palabras en italiano.

Espacio. Ya no les temo a las “callecitas proasesinas” del artículo anterior ni me provocan ansiedad persecutoria por no saber con que me voy a encontrar del otro lado de una curva, al contrario, hay algo de sorpresa y misterio que estimula mi imaginación. Agradezco vivir en una ciudad que todavía es segura y tranquila, por lo cual mi fantasía (al menos por ahora) no pasa por temer que me encuentre con un ladrón o algo desagradable, sino que la fantasía me lleva a preguntarme si veré un “Punkabestia” (un tipo de punk), un extracomunitario con vestimenta exótica o algún músico callejero…
Las calles angostas, curvas o de formas zigza­gueantes, los pasajes que conectan distintos niveles de altura, las “calles-escaleras” (llamo así a callecitas angostas muy antiguas, que por estar en un plano inclinado, tienen escalones para subir y bajar), los castillos, los museos, las catedrales, las fuentes, las excavaciones arquelógicas, las colinas, las montañas, los lagos y los ríos, los bosques, el mar, las islas… todo esto forma parte de mi paisaje actual.
La diferencia de planos tiene su encanto; el horizonte pampeano aquí desaparece cortado por alturas varias, depresiones y superposiciones (es muy artístico ver un río, detrás una elevación que termina con un castillo y en el fondo montañas nevadas).
Los espacios son más reducidos que en Argentina (les recuerdo que Italia es 9 veces más chica que Argentina pero con casi el doble de población). Ya me estoy acostumbrando a que todo sea proporcionalmente más pequeño: los ascensores, los bares, los restaurantes, las nuevas construcciones, etc. Desde lo proxémico se crea una cercanía entre las personas en los espacios públicos que al principio me producía incomodidad, pero de a poco “está pasando…”.

Tiempo. Al llegar sentí como si algo se hubiera quebrado en la línea del tiempo: había un antes y un después sin conexión. Me llevó “un buen tiempo” restablecer el nexo temporal entre mi pasado argentino y mi presente italiano.
Los tiempos llenos y tiempos vacíos, los cortes y la falta de continuidad me angustiaban mucho, era como caminar sobre superficies duras y de repente tener que saltar para no caer en el vacío.
Hoy mi presente es más sereno, con una cierta rutina de horarios, con ritmos, con un ayer unido al hoy, y un hoy que se proyecta hacia un mañana. Tengo objetivos a corto, mediano y largo plazo.
Percibo una continuidad en el espacio-tiempo que es reconfortante y reaseguradora, pero en momentos de crisis esa continuidad se rompe y aparece un vacío que “naturalmente” se llena con la nostalgia de mis años pasados en Buenos Aires. Me permito “nostalgiar”, pero también ir a buscar el equilibrio perdido y reconstruir el lazo témporo-espacial que da continuidad a mi “ser-en-Italia”.

Un tema aparte: los bares. Después de tres años ¡y todavía no puedo con los bares italianos! En general son pequeños, sin mesas y con una barra como para tomar algo de parado y seguir camino.
Yo tengo todavía muy grabado en mi alma “la cultura del bar de Buenos Aires”, en donde ir a tomar algo era la excusa para sentarse durante horas con un amigo y conversar, acompañarse de un buen libro para leer o simplemente observar...
Como me sigo rebelando a estar parado, ya he recorrido casi todos los bares de Boloña y tengo, según el sector de la ciudad en donde me encuentre, un mapa interno con el bar correspondiente que sí tiene mesitas para sentarse. Alrededor mío hay un recambio incesante de gente, pero yo sigo fiel a mi mesa elegida y “desde mi trono permanezco” en el lugar: leo, escribo o cultivo el placer del ocio y la observación.

Del Africa al arrabal. Cuando pude quitarle un poco de mi cuerpo a los duelos en plena elaboración para hacer algo conectado con el movimiento, el placer y la creatividad, lo primero que hice fue un curso de danzas africanas. Muy lindo pero muy pautado en los pasos y coreografías; yo en ese momento recién estaba “volviendo a la vida” y necesitaba expresarme con más libertad y espontaneidad.
Al poco tiempo escuché un “basta” interno y con alegría abandoné el curso. Por meses no hice nada corporal para mí, salvo las actividades laborales (coordinar talleres y seminarios de formación en abordajes corporales).
A finales del 2005 mi cuerpo me volvió a pedir hacer algo para él y empecé a buscar alternativas. Armé una larga lista que incluía: Danzaterapia, Feldenkrais, Río Abierto, Psico­danza, gimnasia y musculación, karate, Aiki­do, Taichi, Salsa y Tango.
”La sangre tira”… y me anoté ¡en un curso de tango! Resulté ser el único argentino y los italianos no podían entender cómo un argentino estaba en Boloña aprendiendo a bailar tango! ¿Pensarán que en la carga genética tenemos “tango-genes” y nacemos bailando el 2x4?

Lo visual. El impacto monocromático inicial de Italia fue muy fuerte para mí, la supremacía de los colores de la tierra en las casas las aplanaba, las indiferenciaba y mis ojos se rebelaban a no reconocer la singularidad entre una construcción y otra. Creo que esto pudo deberse a dos factores: uno geográfico-arquitectónico y otro estético-cultural. Con el primer factor me refiero al hecho de provenir de Buenos Aires, en donde una casa es muy distinta de la otra, hay un juego constante de colores y estilos arquitectónicos diversos. El segundo factor es más personal y se refiere al hecho de que provenga del campo artístico, pues antes de estudiar psicología estudié Bellas Artes y mi relación con las formas y los colores es esencial.
Actualmente estoy “cromáticamente más tranquilo”, la tonalidad terrosa da al paisaje urbano un toque muy característico, muy “a lo italiano”; aunque recientemente descubrí que algunas ciudades tienen otra supremacía cromática (blanco-grisásea, beige o blanco y verde, por el color de las piedras y los mármoles del lugar) que da a las construcciones otro aspecto estético.
Hoy concluyo que el color, sea cual fuere, para mi siempre es bello, todos contribuyen a dar un toque único al lugar en el que se esté. Mi presente es… “amarronadamente” boloñés.
“La vieja” Italia sigue siendo para mi una mujer de edad, rugosa, descamada y con contínuas cirugías de restauración, pero con un poder de fascinación tremendo. ¿Cómo hacer para que no me seduzcan las curvas medievales de sus callecitas, sus señoriales palacios y castillos, su Catedral o su Teatro de la Scala en Milán, su Balcón de Romeo y Julieta en Verona, su ciudad amurallada en Bérgamo, sus canales y góndolas en Venecia, su maravilloso cuerpo escultural en la estatua del David de Miguel Angel y su Galería de Arte de Los Oficios en Florencia, sus construcciones decoradas con mosaicos en Ravenna, su Santuario de San Francisco en Asís, su Foro Romano y su Coliseo en Roma…? (la lista podría ser infinita).

Polución ambiental. El aire puro del campo, el canto de los pájaros, el maullido de los gatos enamorados y las campanadas de la iglesia fueron reemplazados, con la mudanza a la ciudad, por los sonidos urbanos.
El cambio se hizo notar enseguida: pasé de una casa al final de un pasaje sin salida, a un departamento a la calle sobre una de las avenidas con más tráfico de Boloña. El tránsito incesante, los bocinazos, las sirenas de las ambulancias, el polvo sutil en el aire (smog que obliga a prohibir en ciertos días la entrada a la ciudad antigua en auto), pasaron a ser moneda corriente.
Gané muchas comodidades y placeres de la civilización moderna, pero mi cuerpo también tiene sed y hambre de pasto, de viento fresco, de silencio, de agua, de tierra, de campos sembrados, etc. Cuando la nostalgia es muy grande, un parque parecido a los Bosques de Paler­mo me sirve como refugio; pero durante el invierno, entre el frío y las nevadas, mi nostalgia se autoalimenta sin competencia alguna…

Sabores. Lo que antes me resultaba insípido, suave, poco condimentado, poco azucarado, etc., hoy pasó a ser para mí de sabor normal… “Somos bichos de costumbre”.
La variedad y calidad de los productos y platos regionales de la cocina italiana contribuyeron a una más rápida adaptación: prueba de ello es la aparición de una “pequeña” pancita…

Salud psico-física. Durante estos años nunca estuve solo, mi cuerpo siempre estuvo presente como escenario en el cual se desarrollaba mi vida cotidiana.
En los momentos de crisis, las somatizaciones vinieron a mi encuentro y no fue fácil aceptar que llegaran sin mi invitación. Cuando pude entender que eran un mensaje a escuchar, comencé una búsqueda por distintas disciplinas para reencontrar mi equilibrio perdido. En estos años hice yoga, gimnasia, homeopatía unicista, acupuntura china, psicoterapia, terapias florales y energéticas. Actualmente estoy practicando medicina ayurvédica y lentamente voy reencontrando mi centro, me equilibro, me sereno… ¡y vuelve a florecer mi neurosis!

Los olores.
Con la mudanza a la ciudad, los olores del campo cedieron su lugar a los olores urbanos. Mi nariz reconoce una “diferencia olorosa” entre Boloña y Buenos Aires, pero todavía no logro encontrar las palabras adecuadas para esa diferencia. Por el momento sólo puedo decir que Boloña tiene otro olor…”me huele que acá la cosa es diferente”.
Los olores corporales me siguen impactando todavía, a veces una reacción primitiva de rechazo se activa ante la cercanía de ciertos cuerpos.

El master. Hacer un postgrado en el exterior fue un sueño largamente acunado. Cursé un master en grupos en la Universidad de Boloña durante un año en forma intensiva, con clases teóricas, participación en distintas experiencias grupales y una pasantía (1.500 horas en total). Rendí finales por cada materia cursada y como cierre, presenté y defendí un trabajo sobre las semejanzas y diferencias entre las teorías de S. Foulkes y E. Pichon-Rivière sobre los grupos.
El idioma, en ciertas ocasiones, fue un obstáculo incómodo y estresante:
Durante un final oral, un profesor croata me hizo dos preguntas que inicialmente no pude responderle… pero no porque no supiera las respuestas, sino porque no entendía lo que me preguntaba en “su” italiano. Le dije lo que me pasaba en “mi” italiano (él sabía que yo también era extranjero) y muy amablemente intentó explicarme con otras palabras y en forma más pausada el argumento de las preguntas, entonces sí pude contestarlas. Al final, pudimos entendernos en “nuestros” italianos…
En un final escrito no comprendía una pregunta por como estaba formulada; tuve que solicitarle al docente que me explicara el significado de la misma y recién después volví a mi banco para seguir escribiendo.
Una vez, pensé que podría ser útil llevar a los exámenes un diccionario bilingue, pero lo descarté cuando me pareció que podría ser un elemento que generase sospechas (machetes).
El resultado final de la experiencia fue doblemente enriquecedor, porque al aprendizaje específico en grupos, le sumé otro aprendizaje personal: en mi país, en el extranjero y en sus respectivas universidades, todos los profesores y los alumnos son seres humanos de carne y hueso, con virtudes y defectos, maravillas y miserias; lo que se idealiza puede caer y lo caído se puede reposicionar…

Saludo(s). El tema de los besos sigue siendo complicado para todos. Como recordarán, existe un “menú variado” de besos. La cuestión pasa por el grupo de pertenencia y conocer el código compartido, pero… no olvidemos que también existe el simple “hola” (saludo verbal sin contacto corporal).
Este tipo de saludo es muy utilizado por mis pacientes; solamente un adulto joven me da un apretón de manos (proviene del sur de Italia, famosa por tener códigos corporales parecidos a los nuestros).
Si en los inicios el encuentro con una persona era estresante porque no sabía el tipo de saludo a utilizar, hoy sin embargo es más relajado y hasta me genera curiosidad… ¿con qué saludo me voy a encontrar?
Al final, producto de mi “metamorfosis salu­dística”, me encuentro cómodo dando besos, como así también dando la mano o simplemente diciendo “hola”, pero… se viene otra complicación linguistica más: en italiano el “hola” corresponde a nuestro “chau”.

De fríos y nevadas. Cuando llegué a Italia en el 2002 me recibió un día nublado y de frío penetrante. Fue la primera vez que sentí ese tipo de frío: me atravesaba el abrigo, la ropa, la piel e iba directo a mis huesos. Recuerdo meses enteros en que lo único que decía era: “Qué frío que hace acá”. Trataba de salir lo menos posible al exterior y les confieso que en Italia “debuté” por primera vez… ¡usé calzoncillos largos y fui feliz!
El proceso térmico siguió su marcha y hoy me encuentro con que sufro menos el frío, pero igual salgo con todo el ropero encima y ya no me quejo tanto de la temperatura.
La primer nevada tuvo un efecto regresivo en mi, fue como volver a ser niño o estar de vacaciones en Bariloche. Hoy el efecto es diferente, aunque me sigue gustando mucho el espectáculo de ver nevar, me gusta más si estoy tranquilo en casa, calentito, cómodo, viendo a través de la ventana como caen los copos. Algo mágico se apodera de mi en esos momentos, me retraigo, siento mucha paz, parezco volar en el tiempo hacia épocas pasadas, caballeros medievales, castillos, una bella doncella que me espera…. y bueno, capacidad de fantaseo no me falta y más todavía cuando el entorno es tan sugerente.

La trama vincular. Al “cuerpo social italiano”, en general, lo sigo percibiendo como desmembrado, cada comunidad étnica tiene sus lugares de reunión, sigue su propio ritmo de vida e interactúa con sus connacionales, pero creo que el intercambio entre las colectividades es básicamente económico y a partir de necesidades concretas y prácticas.
“Mi cuerpo social”, entendido como mi red afectiva, está compuesto por una heterogeneidad de personas (en su mayoría italianas, pocos argentinos, una francesa y un polaco).
Este cuerpo relacional es ondulante, se mete y se desliza por distintos lugares (los diferentes aspectos compartidos: tango, charlas, salidas al cine y a cenar, intereses culturales, afectos, etc.). De a poco voy tejiendo una red vincular de distinto espesor y trama, según las circunstancias y las personas.

La vuelta a los pagos. Hasta el momento realicé un viaje a la Argentina por año y cada uno fue distinto, único e irrepetible. Es como si en cada oportunidad se reflejara mi estado interno:
Primer viaje a finales del 2003: estaba muy movilizado (desarraigo, duelos, crisis personales y profesionales), por lo cual hice casi exclusivamente “reaprovisionamiento afectivo”. El avión me depositó en casa (mi país) y en casa (de mis padres) para ser bien recibido, atendido, contenido y mimado; yo, en ese momento, sólo podía recibir y a lo sumo… dar mi presencia. Se volvió a repetir (pero esta vez en Argentina), el fenómeno del “embotamiento inicial” de una semana descripto en el artículo anterior, durante mi primer semana en Italia.
Segundo viaje a finales del 2004: viajé con un amigo italiano, paseamos y disfrutamos del país. Yo desempeñé la doble función de Cicerón local y de turista. Seguí recibiendo mucho afecto y puder dar “un poquito”. Algunas personas dijeron que me veían mejor que el año anterior. El embotamiento inicial se acortó a menos de una semana de duración.
Tercer viaje en agosto del 2005: al placer de visitar familiares, amigos, colegas y lugares; le agregué lo laboral (presentación de dos trabajos y dos seminarios en dos universidades). Muchas personas esta vez dijeron que me veían muy bien, con otro ánimo. El embotamiento esta vez duró “solamente” 4 días.

Mi identidad. Si en Argentina me sentía “europeo” (soy la primer generación nacida fuera de Italia, por lo cual fui criado compartiendo la cultura italiana con la cultura local) y si en Italia me sentía inicialmente “argentino”; actualmente me siento un “híbrido transnacional”: un poco de una cosa y un poco de la otra, pero no siendo totalmente ni lo uno ni lo otro.
A cada instante y en cada circunstancia de mi vida actual, se ponen en juego distintos aspectos identitarios en un proceso contínuo de escisión, choque e integración entre las dos culturas.
Estoy muy a gusto en este país, pero no me olvido de mi país, comparto muchos códigos locales, pero también tengo engramados en mis células los códigos porteños, que a veces afloran de modo inesperado, como hace pocos días, cuando estaba hablando, una persona me interrumpió y me sorprendió un “pará…”.
A veces me siento como “un ciudadano de dos mundos”… necesito más tiempo todavía para ver hacia donde voy en este proceso de elaboración de mi experiencia migratoria.

Consideraciones teóricas
Emigrar es una experiencia personal, única y no delegable, es el propio sujeto el que vive en cuerpo y alma ese cambio radical en sus condiciones de vida. El emigrante está en una situación de desvalimiento, por cuanto “se va a encontrar ahora desprovisto y privado de lo que hasta entonces, día tras día, lo contuvo, lo envolvió, lo protegió”(2). No obstante lo singular de esta experiencia, los estudiosos del tema han reconocido tres fases en el proceso migratorio(3) que se repiten con cierta regularidad :
“Inicialmente priman sentimientos de dolor por lo perdido y temor a lo desconocido, vivencias de soledad, carencia y desamparo. Las ansiedades de tipo confusional, depresiva y paranoide desorganizan al yo. Estados maníacos de negación o minimización del cambio pueden seguir o sustituir esta etapa.
Luego aparece la nostalgia por el mundo dejado, vivido como ‘el paraíso perdido’. Se reconocen los sentimientos antes disociados o negados. Empieza a haber permeabilidad e incorporación paulatina de los elementos de la nueva cultura.
Finalmente se empieza a vivir y disfrutar el tiempo presente. Hay una mayor integración entre las culturas de pertenencia y de residencia. Se recupera el placer de pensar, desear y la capacidad de hacer nuevos proyectos de futuro en el lugar actual. El pasado es vivenciado como ‘pasado’ y no como ‘paraíso perdido’. El yo se enriquece con la consolidación de un ‘sentimiento de identidad remodelado’”(4).
Retomaré cada fase para precisar algunas características sobresalientes(5):
En la primera (adaptación inicial), hay un encuentro entre el viejo y el nuevo mundo, esto genera sorpresa, confusión, bloqueo, ansiedad, idealización, euforia, etc.
El sujeto está conmovido por la multiplicidad de nuevos y variados estímulos, su conexión es casi permanente y receptiva con el ambiente y sus códigos, que trata de asimilar con rapidez.
Los esfuerzos se concentran en sobrevivir, satisfacer necesidades básicas y establecerse en el lugar. El nivel de stress que esto provoca es muy alto y aparecen cambios de humor que generan más confusión y ansiedad, necesidad de procesar en soledad la experiencia y momentos de retracción nostálgica.
Si el país receptivo tiene otro idioma, se agrega la variable linguística como otro obstáculo inicial de integración social y elemento estresor.
El yo se encuentra en estado de shock y despersonalización.
La segunda (depresiva o de confrontación), conecta a la persona con su mundo y su vida anterior. La nostalgia se instala y se idealiza lo vivido en el propio país como el “paraíso perdido”. Se compara lo dejado con lo adquirido, se pone a competir el país de nacimiento con el país de adopción. El sujeto suele colocar cada mundo en lugares diferentes (escisión), para controlar el proceso y sus objetos internos, tomando lo mejor o lo peor de cada lugar (según las circunstancias y las conveniencias).
Esta es una fase muy crítica y los individuos que no logran soportar el dolor del momento, hacen sus valijas y vuelven al país de origen.
Si las cosas marchan de un modo adecuado, las negaciones de la primer fase empiezan a ser reconocidas y se instala un estado depresivo, antesala del proceso de duelo que habrá de advenir.
De a poco, la persona empieza a poner los piés en la tierra, a ser consciente de su presente y con ello aparece cierta permeabilidad al ambiente de residencia. Se incorporan paulatinamente algunas costumbres y giros idiomáticos. El yo se encuentra entristecido, empobrecido y en trabajo de duelo.
La tercera (inclusión social y proyección), implica la elaboración de los duelos migratorios y la integración gradual entre las culturas de origen y de residencia.
Se empieza a vivir en el presente y a disfrutar del lugar. El pasado se convierte en "pasado" (patrimonio subjetivo interno) y enriquece el presente de la persona (integración). Hay intercambios entre las culturas y placer en proyectar en el lugar de residencia.
El yo se encuentra integrado y enriquecido, incluído en el contexto social de residencia.
Esta descripción esquemática resume las fases de un proceso subjetivo que en la realidad no se presenta de modo lineal y tiene sus altibajos, períodos de meseta, bloqueos transitorios, regresiones y hasta obstáculos que a veces resultan insalvables.
“La migración es un cambio de tal magnitud que pone no solo en evidencia, sino también en peligro la identidad. La pérdida de objetos es masiva e incluye aquellos más significativos y válidos: personas, casas, lugares, lenguas, cultura y costumbres, clima, a veces profesión y ambiente social, etc., todas cosas relacionadas con recuerdos y afectos; junto a tales objetos son expuestos al riesgo de pérdida partes del 'Self' y las relaciones con los objetos directamente”(6).
Es el propio yo de la persona el que se encuentra en peligro y “esto permite comprender las bases sociloculturales de la personalidad y su funcionamiento como elemento unificador de la identidad. Cuando estas condiciones varían, el recurso para enfrentar el cambio desesta­bilizador es la enfermedad (depresión, disturbios psicosomáticos, ataque de pánico, crisis psicó­ticas, intentos de suicidio, etcétera.)”(7).
Es fundamental entender esta experiencia como un proceso con fases que es conveniente respetar y transitar, sabiendo que habrá vicisitudes particulares para cada caso.
La variable temporal cobra un rol importante, “darse tiempo para” vivir la experiencia, pero ser en todo momento protagonista y no espectador o víctima. Me refiero con ello a tomar una postura de “espera activa” para indagar dentro de si mismo, reflexionar, sentir, hacer cosas para encontrar alternativas a los problemas y sentirse bien, colaborar con el proceso y no estorbarlo o boicotearlo, ser un aliado y no un enemigo del mismo.
Otro elemento esencial es la construcción de lazos sociales: no aislarse, conocer gente, tener un grupo de pertenencia, hablar de lo que a uno le pasa, incluirse en actividades socio-culturales y recreativas.
“La meta es ‘volver a sentirse alguien’ y para lograrlo se requiere de un trabajo intrapsíquico y vincular de conquista de un lugar psíquico y material en el nuevo mundo, que incluya una reelaboración de la propia identidad a partir de las variables internas de la persona y de su status social, es decir, el lugar que ocupa y el lugar que desea ocupar en la nueva comunidad.
Si se realiza el trabajo de duelo, el yo se enriquece por partida doble: se asimilan hechos y objetos del mundo que se dejó, más hechos y objetos del nuevo mundo, se acomoda cada cosa en su lugar y se suma algo más a lo que ya se es y se tiene”(8). “Si la apuesta es fuerte y resiste los embates propios y de la adversidad, de a poco se ven los brotes del deseo y el florecer del proyecto”(9).
En la persona que emigra siempre habrá “un antes y un después”, ya no volverá a ser la misma de antes, pero la cuestión es como se posiciona ante ese cambio, porque una cosa es vivirlo como un cambio negativo y con pérdida y otra cosa es vivirlo como una metamorfosis de crecimiento: es cierto que no se es el mismo de antes, pero se puede ser distinto y mejor (migración como experiencia resiliente).

Comentarios finales
Cuando sentí que mi deseo de emigrar era lo suficientemente sólido y lo podía sostener, recién entonces aposté a un cambio de vida que sólo después pude resignificar (y continúo haciéndolo).
Vivir en el extranjero es una decisión personal que sostengo a cada momento, es como un contrato que tengo que firmar cada día. No hay renovación automática, es mi deseo el que decide a cada instante si renuevo o no ese contrato.
No doy nada por descontado, implícito o supuesto, me propongo en cada ocasión conectarme con lo que me pasa (lo que pienso y lo que siento) y desde ese lugar ir al encuentro de mi vida en Italia.
Intento vivir el hoy, sin olvidarme del ayer y proyectándome al mañana. Quiero ser receptivo y estar abierto a los cambios, no sé que puede pasar y en donde voy a terminar, pero sí sé que hoy elijo estar acá, lo quiero y lo necesito, irme en este momento sería como abandonar el barco en medio de la travesía en el mar… y yo quiero llegar a buen puerto.
De a poco mis bases se están recomponiendo y tengo una sensación de continuidad témporo-espacial y proyectual, lo cual me está permitiendo transitar mi cotidianeidad de un modo más sereno. Las crisis, que antes eran verdaderos “Tsunamis emocionales”, hoy son olas de menor intensidad y aparecen con menos frecuencia.
Sostener esta experiencia no me resulta fácil, al contrario, tengo momentos de “éxtasis” y momentos de “desesperación”, a veces me siento pleno y otras veces vacío. Estoy aprendiendo a no enloquecerme cuando llega ese vacío. Transitar y sostener esta condición me está permitiendo generar nuevos contenidos. Tengo la certeza interna que mi momento actual de transición me está conduciendo hacia algo bueno para mi.
El balance hasta este momento es altamente positivo, crecí mucho como persona y como profesional, pero soy consciente que el costo emocional es alto; la experiencia fue y es movilizante. Si pudiera volver hacia atrás en el tiempo y elegir nuevamente… no lo dudaría, lo volvería a hacer: lo que hoy soy, es también gracias al aporte de esta experiencia.


Referencias bibliográficas
1-Artículo publicado en Revista Kiné. Año 13 N° 64. Octubre-Diciembre 2004.
2-Bar de Jones, G. La migración como quiebre vital. Trabajo presentado en el II° Congreso Argentino de Psicoanálisis de Familia y Pareja. Tomo I. Buenos Aires, Argentina. 2001.
3-Grinberg, L. y Grinberg, R. Migración y Exilio. Biblioteca Nueva. Madrid, España. 1996.
4-Stoppiello, L. Migración, sujetividad y lazo social. Trabajo presentado en la XII° Jornada Psicoanálisis y Comunidad. Asociación Psicoanalítica Argentina. Buenos Aires, Argentina. 2005.
5-Stoppiello, L. L’impatto psicologico dell’emigra­zio­ne. Conferencia dictada en Ritornare Asociación ítalo-argentina. Brescia, Italia. 2005.
6-Grinberg, L. y Grinberg, R. Identità e cambiamento. Armando Editore. Roma, Italia. 1992.
7-Stoppiello, L. Migración, subjetividad y lazo social.
8-Stoppiello, L. Migración, subjetividad y lazo social.
9-Stoppiello, L. Cuerpo y emigración. Resonancias corporales de un argentino en Italia. Op. Cit.

Luis Stoppiello es psicólogo y terapeuta corporal.

Nota publicada en Kiné Nº72.