jueves, 29 de abril de 2010

María Rosa Lojo: "La inmigración es la gran empresa épica del siglo XIX"

En su último libro, "Arbol de familia", la autora narra la historia de su familia, de origen gallego. "Mi padre me transmitió la nostalgia de su lugar. El resultado es que tengo dos patrias", dice.

Por: José Villa

NOVELA. La literatura, según Lojo, logra que se transmita la memoria.

Poeta, narradora y ensayista, María Rosa Lojo es una de las escritoras más importantes de la actualidad. Acaba de presentar el libro Arbol de familia, una novela integrada por historias con personajes propios de la genealogía de la autora que une a la tradición proveniente de Galicia con el otro brazo familiar afincado en Buenos Aires, lo que compone una especie de arco o, como dice la autora, un corredor que articula la narración. No se trata de un libro cuyo objetivo sea el de reunir datos históricos ni sirve como excusa ensayística: es un proyecto literario, y en eso radica su valor principal. Se trata de una rememoración narrativa de la familia de origen gallego, emocionalmente sostenida de la autora. La charla con Clarín transcurrió en su casa de Castelar.

­ En esta novela se aprecia rápidamente la calidez de la narración, como novela familiar y como épica.

­ Una vez un reconocido catedrático historiador gallego, Ramón Villares, llamó a la inmigración la gran empresa épica del siglo XIX y parte del XX. Fue una épica colectiva impresionante. Mis padres eran españoles los dos y el libro tiene mucho que ver con mi vida, con la familia que tuve y las historias que escuché. Ellos pertenecieron a la última parte de la inmigración española, que fue la de la posguerra civil, en la que se mezclaron motivos políticos y económicos. Fue el caso de mi papá, que era antifranquista, y el de mi madre, que venía de una familia más conservadora, acorralada por la crisis económica de la posguerra. Buenos Aires era percibida como una ciudad progresista y moderna.

­ ¿Por qué consideró necesario narrar esta historia?
­ Fue una necesidad personal muy grande. En determinado momento de la vida uno se vuelve hermano de los padres. La literatura es mi forma de negociar con la realidad. Apelo a ella para entender este mundo, y para entenderla a ella misma y a los demás. Estas son las necesidades personales.
Ahora bien, por qué publicar el libro. Porque creo que la historia de una familia es de alguna manera la de todas las familias.
Y creo que el libro tiene que ver de muchas maneras con la forma en que se hizo la Argentina. Este es un país construido en gran parte de fugitivos, desheredados, desamparados, de gente que venía a refugiarse y a buscar un mundo posible porque se les había negado el mundo para vivir.

­ En esas familias hay personajes como el inocente, tal vez el más lírico, o Felicidad, que tiene una historia desdichada. Estos personajes en cierta manera aparecen redimidos en la literatura.

­ Creo que con la literatura lo que hacemos es buscarle un sentido a la existencia humana. Sobre todo, lo que nos desespera a los seres humanos es no haber vivido en vano. No queremos el olvido. Las familias son como la literatura, una lucha contra el olvido. En ese sentido, soy muy consciente de que a través de este libro estos personajes vuelven a vivir y son rescatados de la nada. Lo que logra la literatura es que la memoria se transmita y que haya una cadena de seres que los recuerden. Por eso podemos decir que se redimen de la insignificancia, por esa idea que está muy fuerte en la obra de que cada ser humano es un universo. Y es uno de los grandes motivos por los que escribí este libro. Algunos lectores me comentaron su identificación con la historia de su familia.

­ ¿Cuándo pensó este libro?


­ El disparador fundamental fue cuando me invitaron a Galicia para presentar una de mis novelas, Finisterre, que se tradujo al gallego y se presentó en Santiago de Compostela. Fue una gran emoción, con la amargura de que mi padre ya había muerto hacía años. La novela no tenía ese destinatario a quien ofrecérsela. Ahí fue cuando escuché la historia de la hechizada contada por un tío.


Pensé que antes de que desaparecieran todas esas personas que mantenían la memoria había que escribir esta historia.


­ ¿Quién narraba en su familia?
­ Mi padre. Los gallegos tienen una relación particular con el paisaje que Roberto Arlt definió como "soldadura racial entre el ser humano y su paisaje". Mi padre me transmitió toda la nostalgia de su lugar. El resultado es que tengo dos patrias. Es interesante cómo se construye la palabra patria. En latín es la tierra de los padres.

Pero un mestizo, el cronista Ruy Díaz de Guzmán, es el primero que la usa en el sentido que tiene hoy entre nosotros: el lugar donde hemos nacido. El habla de las dos cosas: de lo que debe a su linaje paterno y de lo que debe a su patria como suelo de nacimiento.

El escribió la primera crónica importante sobre el Río de la Plata: un historiador que ya es un mestizo, un mestizo cultural, y étnico también porque él descendía de Domingo de Irala y una de sus mujeres indias. Y aunque no haya ninguna mezcla étnica, todos somos mestizos culturales.

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Los discursos del origen

El segundo centenario de la Revolución de Mayo es una oportunidad para recordar el rol decisivo que tuvieron los libros en los años fundacionales del país y destacar los nuevos discursos que interpelan el pasado con enfoques críticos.

Por: Alejandra R. Ballester

MARIANO MORENO fue el primer traductor rioplatense.

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Mariano Moreno fue el primer traductor rioplatense del Contrato social de Rousseau, mientras que la primera Biblioteca Pública fue creada en la temprana Buenos Aires por disposición de la Primera Junta. Manuel Belgrano, entre otros, donó sus propios libros para dotarla de contenido. Sarmiento, nacido nueve meses después de la Revolución, avanzó en su formación autodidacta gracias a una cadena de libros. "Como unos libros me hacían conocer la existencia de otros yo buscaba en San Juan todos los que llegaba a conocer por sus nombres", escribe en Mi defensa. Y fue con la sola ayuda de los libros que aprendió el francés en el que escribió la famosa frase de Diderot al partir al exilio, un gesto irónico para marcar el abismo que veía entre civilización y barbarie. Menos arduo, el encuentro de Esteban Echeverría con los libros que definirían su filiación romántica se produjo durante el viaje intelectual a Francia, rito que caracterizaría por mucho tiempo a las elites criollas. En esos viajes y esos libros descubiertos cifraba su generación la verdadera independencia cultural de España y de la tradición colonial. Obtenidos de maneras más o menos trabajosas, al menos desde nuestra mirada actual, los protagonistas de la historia temprana del país hicieron un uso político de los libros que leían, a la vez que convirtieron sus escritos en punzantes armas de combate, al calor de la violencia de esos años turbulentos.

Recordar el rol decisivo que tuvieron los libros en la etapa fundacional de la Argentina ayuda a poner en perspectiva esta Feria del Libro, dedicada a rememorar el Bicentenario. La consigna de "festejar con libros" invita a preguntarse nuevamente por los orígenes de una literatura argentina que quiso leerse como "la historia de la voluntad nacional", según David Viñas, una literatura que se fundó como tal, precisamente, a partir del primer Centenario, con la creación de la cátedra que dirigió Ricardo Rojas en la Universidad de Buenos Aires. O a recordar lecturas críticas como la de Ricardo Piglia, que atribuye un "doble origen" a nuestra narrativa: El matadero de Echeverría y el Facundo de Sarmiento, dos formas de relatar la violencia política que dividió al país desde entonces.

Pero es también la oportunidad de dar cuenta de los nuevos discursos que, en estos últimos años, han recortado otros objetos o definido formas de interpelar el pasado que despliegan preguntas nuevas sobre el presente. No sólo la historia sino también la semiótica, la ciencia política, el análisis del discurso, la musicología y la historia de las ciencias encuentran nuevos sentidos en los hechos históricos, en los discursos que se construyeron a partir de ellos y en símbolos que parecían congelados por el bronce o la tradición escolar. Al producir el cruce entre estos enfoques, Ñ propone una forma de rememorar los momentos fundacionales de la Argentina mucho más reflexiva que celebratoria, orientada a cuestionar ciertas lecturas planas de nuestro pasado y a destacar las formas actuales de pensarnos, en sintonía con el presente intelectual.

Inevitable, la comparación con el primer Centenario suele dar un resultado deslucido para la actualidad. Sin embargo, no se trata de desempolvar las viejas odas a los ganados y las mieses sino de reparar en aquellas fortalezas del pasado que podrían tener validez, e incluso consenso, en el presente. Con ese propósito, el historiador Luis Alberto Romero compara con detalle la Argentina de 1910 y la que se prepara para el Bicentenario. Y destaca la presencia de un Estado vigoroso, capaz de orientar y de dirimir conflictos, como la característica sobresaliente del país hace cien años. La ley Sáenz Peña, sancionada en 1912, sentó las bases de la república verdadera. Lo que le siguió fue una Argentina próspera aunque conflictiva, hasta llegar a los años 70 y la dictadura, que marcaron la brecha con esta Argentina del presente, empobrecida y segmentada. El historiador cifra el desafío del momento no sólo en la cuestión republicana sino, sobre todo, en la reconstrucción de un Estado capaz de pensar políticas nacionales que logren revertir esa decadencia.

Por su parte, la socióloga y politóloga Silvia Sigal, recuerda las disputas históricas por el sentido de las fechas patrias y reconoce en el presente un enfrentamiento entre oficialismo y oposición que está muy lejos del diálogo: lo que se confronta son dimensiones diferentes en la comparación de los dos centenarios. Su lectura se relaciona con la de Dardo Scavino, que analiza el Bicentenario como ritual, asociado a un mito de origen que se vuelve a narrar una y otra vez. Esas narraciones conocen muchas versiones contrapuestas y el recurso de la analogía, el "hoy como ayer" sirve, con frecuencia, para sustentar argumentos contrarios. Como los niños en los actos escolares, los políticos se atribuyen a sí mismos el papel de los próceres y dejan para el adversario el lugar del poder colonial, del agresor, del déspota. El análisis de Scavino permite aguzar la escucha ante los discursos que se sucederán a medida que se aproxime Mayo. E invita a desmitificar el pasado, a reconocer también las narraciones contradictorias de los padres de la patria. Si de orígenes se trata, desde esos primeros años persiste nuestro símbolo sonoro, que ha perdurado como una "conmemoración permanente". El musicólogo Esteban Buch analiza las connotaciones igualitarias y autoritarias del Himno Nacional y analiza sus versiones más actuales, desplegadas en YouTube.

Las interpretaciones realizadas por los historiadores en las últimas décadas han cuestionado las versiones canónicas de la revolución para devolver a los días de Mayo su espesor, su ambigüedad e incertidumbre. La historiadora rosarina Marcela Ternavasio toma distancia de las perspectivas que vieron esos sucesos como el despliegue inexorable de un espíritu independentista y muestra a sus protagonistas en un escenario de posiciones cambiantes que los llevó a tomar decisiones muchas veces soslayadas por las versiones míticas o heroicas de la historia. El destino trágico de muchos de ellos, como Liniers o Alzaga, muestra hasta qué punto se vieron inmersos en una realidad compleja. La tradicional oposición entre Saavedra y Moreno es discutida desde un punto de vista crítico con las versiones de la divulgación histórica.

Cuestionar clichés y estereotipos también implica una reflexión sobre el lenguaje, que no permanece inalterable a lo largo del tiempo y que en esos años inaugurales se cargó de sentidos políticos. Definir, entonces, qué se entendía en 1810 por revolución, pueblo, nación y soberanía, tarea emprendida por los historiadores Hilda Sabato, Noemí Goldman, Fabio Wasserman y Gabriel Di Meglio, es un punto de partida necesario para comprender los sucesos de Mayo. Igualmente crítico de las historias mediáticas, Tulio Halperín Donghi, entrevistado por Ñ, reconstruye sus propias preguntas como historiador ante los hechos de la independencia y ensaya, para rebatirlas, posibles identificaciones de los protagonistas de Mayo con políticos del siglo XX. "Para que la historia pueda ofrecer lecciones al presente tiene que ser verdadera historia del pasado", enfatiza.

La literatura, en cambio, reconoce tener más de una fundación. "No hay origen sino invención de origen", afirma Martín Kohan, quien señala cómo el consenso sobre un inicio en la Generación del 37 funda retrospectivamente la literatura y completa en la ficción y la palabra la gesta emancipadora. "Pero los textos de Sarmiento, Mármol y Alberdi", también prefiguran el futuro, dice Kohan, y en ese sentido el Bicentenario interroga el presente.

Es desde ese presente que el matemático Gustavo Corach reflexiona con humor sobre el embrionario desarrollo científico de la época a partir de un libro de Miguel de Asúa, que forma parte de la movida editorial que pone a la historia en primer plano y es analizada en profundidad en otra nota, escrita por Héctor Pavón.

Por último, estos 200 años también ponen en evidencia la falta. ¿Qué conmemora la Patagonia?, se pregunta Ernesto Bohoslavsky. ¿Qué pueden festejar los pueblos originarios? La mirada colonialista, puesta de manifiesto en la iconografía, es analizada por la historiadora Mariana Giordano, que demuestra cómo la construcción de imágenes estereotipadas del "otro" indígena permanece hasta la actualidad. Una asignatura pendiente más, en este Bicentenario.

Mayo, la disputa por el sentido

Las dos Patrias del discurso político

Festejar 1810 o 1816 como origen de la Nación dividió las aguas desde el inicio. Hoy como ayer, la pelea se resignifica.

Por: Silvia Sigal

FESTEJOS. Gran manifestación patriótica en 1910.

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Es sabido que no se conmemoran fechas sino el sentido que se les atribuye. Ese sentido, especialmente cuando se trata de acontecimientos que marcan el origen de una colectividad, es el resultado de interpretaciones a través de las cuales los actores políticos buscan, apropiándose de su valor simbólico, legitimar sus proyectos. El 25 de mayo no fue una excepción. Designado en 1813 como el día en que nació la Patria, las celebraciones pusieron de manifiesto las luchas por definir de qué Patria se trataba. Exclusivamente porteña desde 1811, el 9 de Julio introdujo otra patria posible. Bernardino Rivadavia, que tan bien encarnaba el espíritu de Buenos Aires, optó por la suya, cancelando la celebración de Julio, y Rosas, nada sorprendentemente, restableció el día de la Independencia, sin renunciar a mayo, como una fecha con el mismo rango. A partir de Caseros la por entonces plaza de la Victoria fue testigo del retorno del 25 de Mayo, pero ya no tanto el de 1810 sino el rivadaviano, y en 1880, con la federalización de la ciudad, las autoridades intentaron borrar la Patria porteña y convertir a la fecha en día del nacimiento de la Nación.

El contraste entre la modestia del Centenario de 1916 y la magnificencia con la que el país celebró en 1910 menos el pasado que un promisorio presente, reveló que la problemática coexistencia de dos Patrias no había desaparecido, y que se optaba, nuevamente, por Mayo. La disyuntiva entre Mayo y Julio, históricamente acuñada, tampoco está ausente en el Bicentenario. A ese sentido ideológico se agrega otro, más directamente político, que está también inscripto en las interpretaciones de una conmemoración en buena medida obligada por el calendario más que buscada. La muy evidente disputa entre oficialismo y oposición no está centrada sin embargo en los avatares del 25 de Mayo sino en la comparación con el Centenario de 1910, casi un lugar común. Y como sucede tan a menudo en las luchas políticas por los significados, el enfrentamiento no es directo, en el mismo plano, sino que se cotejan dimensiones diferentes. El oficialismo, incómodo en una fecha con antecedentes unitarios, opta por las características mismas de los festejos del Centenario, para destacar críticamente el lugar ofrecido a la mirada y a los visitantes europeos, y contraponer un Bicentenario nacional, integrador de las provincias y las tradiciones. La oposición, en cambio, confronta el país de 1910 y el de 2010, para constatar en la Argentina del Bicentenario la ausencia de un proyecto de futuro, el deterioro del Estado y de las instituciones. En cuanto a los ciudadanos, es posible suponer que, si se detienen a comparar, verifiquen, una vez más, la decadencia argentina.

Vestir el ropaje de los próceres

Como el mito, las narraciones en torno a episodios originarios como la Revolución de Mayo, presentan versiones contrapuestas. Los políticos se adjudican los hábitos de los patriotas y endosan a sus adversarios la máscara del virrey.

Por: Dardo Scavino

FRANCISCO DE MIRANDA proclamaba “los descendientes de aquellos ilustres indios, que no queriendo sobrevivir a la esclavitud de su patria, prefirieron una muerte gloriosa a una vida deshonrosa…”.

Las conmemoraciones son momentos medulares de cualquier comunidad. En ciertas fechas precisas, sus miembros dejan de lado sus hábitos ordinarios y se consagran a rememorar juntos algún suceso primordial. Son en general los mayores quienes se encargan de transmitirle esa memoria a los jóvenes. Y lo hacen repitiendo una serie de relatos que no rememoran solamente los inicios de su pueblo sino también los comportamientos apropiados para desenvolverse en él. Hechos y valores, peripecias y reglas de vida, historias y exigencias morales o políticas son las dos caras inseparables de aquellas fabulaciones. Y por eso sus protagonistas suelen ser los ancestros dignos de recordarse e imitarse (aunque sea por contraste). En esto se reconoce, por otra parte, un acontecimiento mítico: poco importa si tuvo lugar o no, lo importante es que prefigure una coyuntura actual. Nunca sabremos a ciencia cierta si Tales de Mileto se cayó efectivamente en un pozo por contemplar las estrellas y si una esclava no pudo evitar reírse de él a carcajadas, pero el relato de este episodio va a convertirse en un mito de la comunidad filosófica: los esclavos de la opinión van a seguir burlándose de la torpeza de los pensadores en la esfera de la vida práctica (a no ser que el mito prefigure la burla de las clases populares a esos académicos que se ocupan de los asuntos celestes desdeñando los terrestres, porque un mito, hay que decirlo, suscita múltiples interpretaciones).

Los discursos conmemorativos de acontecimientos iniciales como la Revolución de Mayo suelen dividirse en tres partes: "no olvidemos a esos hombres...", "hoy como ayer..." y "sigamos su camino...". En la primera, el orador presenta un somero resumen de la situación política de ese entonces y de las acciones que llegaron a modificarla. En la segunda, establece una analogía entre el pasado y el presente de manera que el acontecimiento inaugural toma el cariz de un augurio de la situación actual. En la tercera, su voz asume una tonalidad admonitoria para alentarnos a imitar a los próceres que la transformaron. Narración, poesía, imitación.

Hace unos días me tocó compartir una mesa redonda sobre el Bicentenario con un profesor francés que escribió algunos trabajos admirables acerca de la coyuntura política reciente en América Latina. Para referirse a las multinacionales que tratan de apropiarse recursos como el agua o la biodiversidad de nuestro continente, este politólogo hablaba de las "nuevas carabelas". Esto explicaba, a su entender, por qué el presidente Evo Morales podía hacer hoy en día un llamado a una "segunda independencia". Personalmente no podía dejar de estar de acuerdo con mi compañero de mesa. Pero lo interesante, en este caso, era la metáfora empleada. Porque, entre otras cosas, los think tanks de las firmas extranjeras hubiesen podido recurrir igualmente a ella aunque invirtieran su valor: las empresas son las carabelas que vienen a traerles la civilización y el progreso a los pueblos atrasados. Atribuirle una dimensión premonitoria a los acontecimientos originarios, convertirlos en episodios míticos de una comunidad, es una operación política de primera importancia: los sucesos fundadores son objeto de las disputas y apropiación por parte de las diversas corrientes de pensamiento de una sociedad. Ningún orador político puede prescindir de esas narraciones del pasado y de esos vaticinios del presente.

Las narraciones en torno a episodios originarios como la Revolución de Mayo conocen también muchas versiones en pugna. Unos van a sostener que, "hoy como ayer", se trata de defender la soberanía política y económica de la nación combatiendo al nuevo imperio y sus secuaces locales. Otros van a recordar que los revolucionarios de entonces luchaban contra ese proteccionismo económico impuesto por los Borbones que había traído aparejado el retraso material e intelectual de la región, como lo había denunciado Mariano Moreno en su Representación de los hacendados. Hay quienes van a sostener incluso que las élites criollas conmemoran su toma del poder y le imponen esta celebración al resto de los argentinos, como si la victoria de su clase hubiese sido la victoria de la sociedad en su conjunto.

A veces basta con un solo nombre para evocar estos relatos. Durante el gobierno del presidente Carlos Menem y del vice-presidente Eduardo Duhalde, cuando María Julia Alsogaray timoneaba la privatización de Entel y Domingo Cavallo establecía la paridad entre el peso y el dólar, algunos medios de prensa habían apodado "el virrey" al embajador de Estados Unidos. Tanto la analogía entre las situaciones como la exigencia de una respuesta política se mantenían aquí tácitas: el gobierno de Menem y Duhalde repetía la dependencia de la época colonial, de modo que debíamos imitar a los patriotas de Mayo y constituir un gobierno popular verdaderamente soberano. Para otros medios de prensa, en cambio, las relaciones "carnales" con los Estados Unidos se parecían más bien a los encuentros furtivos que los propios patriotas habían mantenido con Gran Bretaña, para defender la libre circulación de mercancías contra los nostálgicos del monopolio comercial.

Pero algunos años antes del gobierno de Menem y Duhalde, Raúl Alfonsín había sustituido el balcón de la Casa Rosada por la balaustrada del Cabildo para pronunciar su primer discurso ante la muchedumbre agolpada debajo, en la Plaza. La dictadura militar quedaba asociada así con el Ancien régime del virreinato español mientras que los patriotas revolucionarios prefiguraban su propio gobierno y una presunta renovación, o cambio, del contrato social de la Argentina. Hay quienes se alertaron ante esta evocación del pasado revolucionario. Hay quienes se entusiasmaron con la alerta ajena (Alfonsín, después de todo, había denunciado unos días antes al imperialismo que acababa de invadir la isla caribeña de Grenada).

Así como los alumnos prefieren los papeles de los próceres y se niegan a interpretar a los godos durante los actos escolares, los políticos se apresuran a arroparse con los hábitos de los patriotas y a endosarles a sus adversarios la máscara del virrey. Es muy probable que a algún periodista se le ocurra, en el marco del Bicentenario, tildar a la señora Fernández de Kirchner de "virreina" y comparar a los parlamentarios de la oposición con los miembros de la Primera Junta. Pero no hay que descartar tampoco que algún otro le recuerde hasta qué punto este organismo representaba a las élites criollas y desdeñaba, e incluso perseguía, a grandes líderes populares como José Artigas. Unos pueden asegurar que los argentinos precisan independizarse de Brasil o de Venezuela como en otros tiempos se independizaron de España; otros pueden recordar que la división entre los pueblos ya había sido una estratagema colonial de los Borbones. Algún caricaturista puede vestir a Chávez o Lula con el atuendo pomposo de Fernando VII; esto mismo podría llegar a hacerlo otro con Obama. Las conmemoraciones son fiestas, y las fiestas, mascaradas: a través de una interpretación ritual de los grandes mitos colectivos, los vivos representan, por algunos días, a los muertos.

Relatos de la Revolución

Las propias revoluciones de independencia poseían sus narraciones, su poesía y unos padres cuyos sueños se proponían cumplir (los sueños de los padres de la patria son siempre épicos y castos, claro está). Aquellos acontecimientos también tenían esa dimensión carnavalesca y sus protagonistas repetían ya aquella expresión: "hoy como ayer". No es casual que criollos como Bernardo de Monteagudo o José de San Martín formaran parte de una logia denominada Lautaro. Los patriotas solían calzarse las máscaras de los héroes amerindios que habían combatido antaño al opresor español. Esto explica por qué tanto la canción patria argentina como su homóloga uruguaya convierten al emperador Atahualpa en una suerte de padre totémico de ambos pueblos y por qué sus banderas fueron ornadas con un sol incaico. Pero también por qué el ecuatoriano José Joaquín de Olmedo podía presentar a Bolívar como hijo de Huayna Capac en un poema que celebraba la victoria de Junín. Tanto San Martín como Belgrano se habían mostrado incluso favorables a sustituir la monarquía ibérica por la incaica aunque hayan terminado por toparse con el escepticismo de la mayoría de los congresales reunidos en Tucumán.

Un miembro fundador de la logia Lautaro, el venezolano Francisco de Miranda, apostrofaba en una de las primeras proclamas independentistas a los hispanoamericanos recordándoles que eran "los descendientes de aquellos ilustres indios, que no queriendo sobrevivir a la esclavitud de su patria, prefirieron una muerte gloriosa a una vida deshonrosa..." Las revoluciones se presentaban como la revancha de los americanos oprimidos desde hacía ya trescientos años. Pero lo curioso es que el mismísimo Miranda, como muchos otros criollos, no dudaba en reclamarse a continuación descendiente de los españoles que habían derramado su sangre para conquistar estas "tierras lejanas" (tierras cuyo gobierno los propios reyes ibéricos les habían cedido a través de una serie de solemnes "capitulaciones"). Las revoluciones se presentaban en este caso como la restitución del poder que los colonos españoles habían perdido. Los criollos no cesaban de identificarse alternativamente con los conquistadores y los conquistados, y este cambio de disfraz resultaba a veces tan vertiginoso que puede pasar desapercibido para el lector más atento.

Tragedia o farsa, la historia política resulta inseparable de la representación, de la repetición y del mito. Los acontecimientos históricos ya son conmemoraciones, y las revoluciones no constituyen la excepción: como bien lo había señalado Marx, éstas suelen extraer su poesía del pasado. Los historiadores se consagran a la encomiable tarea de sustituir los mitos por la verdad documental. Pero los propios protagonistas de la historia ya eran, o ya son, adictos a tal o cual relato de la historia. Nacionalistas, liberales o marxistas nos proponen narraciones de la historia que también son convicciones y líneas de acción, como lo eran, en tiempos de la independencia, el mercantilismo o el librecambismo. Y pareciera superfluo decirlo, pero cuando conmemoramos un acontecimiento, no nos acordamos de lo ocurrido ­–¿cómo podríamos hacerlo?–, sino de alguna narración de lo ocurrido.

Hay quienes piensan que una persona dice la verdad cuando repite una y otra vez la misma historia. Hay quienes piensan, por el contrario, que una perseverancia semejante nos sugiere más bien que se trata de una terca fantasía. Hay quienes nos aseguran que no hay ninguna verdad fuera de esta pluralidad de narraciones. Hay quienes aseguran que escucharlas, deteniéndose en sus contradicciones, sus omisiones, sus desplazamientos, nos permitiría llegar a algún tipo de verdad acerca de quienes las repiten.

Como sucede desde hace doscientos años, el próximo 25 de Mayo vamos a conmemorar la Revolución. Vamos a declamar algún relato acerca de aquellos acontecimientos, a proclamar que la lucha sigue siendo, a pesar de las diferencias, la misma, y a reclamar una acción política que, imitando a aquellos héroes, nos conduzca a la patria que soñaron. Y seguramente las fábulas, las comparaciones y las exigencias van a ser todas muy distintas, lo que significa que el mismo día, y probablemente a la misma hora, los argentinos vamos a conmemorar revoluciones diferentes.

PROF. DE LITERATURA LATINOAMERICANA EN LA UNIVERSIDAD DE VERSALLES, AUTOR DE "NARRACIONES DE LA INDEPENDENCIA".

Política y arte anticipan el año argentino en la Feria de Frankfurt

Habrá un simposio, que tradicionalmente el país invitado lo realizaba en Frankfurt, sobre la memoria, en Bruselas. Y exhibirán arte en Berlín.

Por: Patricia Kolesnicov

VIDRIERA CULTURAL. Un hall de la Feria de Frankfurt, el encuentro más importante del mundo editorial.

Será un granito de cholulez, pero hay algo emocionante en ver, en una vitrina de la Feria del Libro, libros argentinos traducidos a otros idiomas. El Diario de la Guerra del Cerdo , de Adolfo Bioy Casares, en rumano: Jurnal din "Razboiul porcului" .Las viudas de los jueves, de Clau- dia Piñeiro, vuelto Thursday night widows . Plata quemada, de Piglia, en francés: Argent brûlé. Estos títulos, y otros 250, fueron editados en el marco del Programa Sur, un sistema que subsidia la traducción de libros argentinos. El Programa, que ya supuso una inversión de 2.800.000 pesos, fue creado para apoyar la participación argentina en la Feria de Frankfurt, donde el país será Invitado de Honor. Y es una parte de la catarata de actividades que acompañarán esa presencia y que empiezan bastante antes de la Feria misma, que abre el 6 de octubre.

Tradicionalmente, el país invitado a la Feria organiza un simposio internacional vinculado a las Ciencias Sociales y que solía hacerse en Frankfurt, pero este año se hará en Bruselas, en mayo. Magdalena Faillace, responsable de COFRA, el Comité que organiza la participación argentina en Frankfurt, explica el cambio: "Juergen Boos, el director de la Feria Frankfurt, me dijo que, para él, la cultura era política. Y que, por eso, quería llevar el espacio político de la Feria al corazón de la Unión Europea".

En línea con el eje de la presencia argentina en la Feria, el simposio se llamará "Cultura de la memoria".

"Son dos ejes: la memoria del pasado reciente y las políticas de Derechos Humanos", dice Faillace. Entre los oradores ya confirmados están el canciller Jorge Taiana; el secretario de Derechos Humanos Eduardo Luis Duhalde; la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, Estela de Carlotto; el periodista Eduardo Anguita; el director de la Fundación Buchenwald, Volkhard Knigge y el filósofo español Jordi Ibáñez Fanés.

"Terminamos un libro, para regalar, sobre escritores que fueron víctimas de la dictadura militar", cuenta Faillace. Será una edición bilingüe (castellano e inglés) de unos 3.000 ejemplares, con textos de Miguel Angel Bustos, Roberto Carri, Haroldo Conti, Diana Guerrero, Héctor Oesterheld, Roberto Santoro, Paco Urondo y algunos párrafos de Rodolfo Walsh. El libro tiene, también, artículos críticos.

También habrá actividades en otras ciudades alemanas. El 30 de septiembre abre en Berlín la muestra de arte Imágenes entre la realidad y la utopía. Arte argentino 1810-2010 . La armaron Diana Wechsler y Pelusa Borthwick. "La muestra busca pensar con imágenes", dicen en la presentación. Para esto, se verán, entre otras, obras de Antonio Berni, Luis Felipe Noé, Josefina Robirosa, Graciela Sacco, Eduardo Stupia, Eduardo Sívori, Martín Malharro, Quinquela Martín, Nicolás García Uriburu, Guillermo Kuitca, Horacio Coppola, Jorge Macchi, Diana Dowek, RES, Andrea Juan, Xul Solar, Tomás Maldonado, Raquel Forner, Oscar Bony Sara Facio, Juan Carlos Distéfano, Marta Minujín y León Ferrari. Para no tener ningún problema con posibles embargos en el exterior, ninguna de las obras elegidas pertenece a un museo nacional.

¿Qué escritores irán la Feria? La lista no se sabrá hasta junio. Son "unos 45", dice Faillace. "Que incluyen 10 ensayistas".