sábado, 27 de febrero de 2010

Metamorfosis del libro



La Feria del Libro de Buenos Aires se ha convertido, en sus 35 años de historia, en una fiesta colectiva. A partir de su lema, "Pensar con libros", Ñ se propone reflexionar sobre los cambios tecnológicos que transforman el mundo de la edición y hasta el concepto mismo de libro. Símbolo de la cultura a través de los siglos, sus modificaciones y nuevos soportes parecen prefigurar formas diferentes y novedosas de leer y, en consecuencia, de pensar.
Por: Alejandra R. Ballester Y Jorgelina Nuñez

El presente número de Ñ se propone reflexionar sobre el libro y sus mutaciones contemporáneas, y también sobre la forma en que éste se ha relacionado históricamente con el pensamiento. ¿Cambiarán los nuevos soportes la manera de leer y por lo tanto, de pensar?
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Cuando Gregorio Samsa se despertó no se detuvo a pensar de qué manera, a través de qué mutaciones, había devenido en insecto. Su preocupación inmediata fue cómo haría para ir a trabajar ese día. Podemos sospechar que en ese salto narrativo reside algo de lo que reconocemos como kafkiano. Si de metamorfosis se trata, las sucedidas en la cultura desde el advenimiento de Internet todavía mueven velozmente sus infinitas patas y generan euforia, escozor, extrañamiento... Los cambios son mucho más rápidos que nuestra posibilidad de pensarlos, tanto que los intentos de reflexión sobre las nuevas tecnologías se tiñen de futurología y suman coros de apocalípticos e integrados. Vivimos con la sensación de correr siempre varios pasos detrás de los acontecimientos y de la posibilidad de reaccionar ante ellos. Paul Virilio hablaba de la hipervelocidad de la información como de una "lógica de las carreras", una lógica que está llegando al mundo del libro en forma de bibliotecas digitales, e-books, librerías virtuales.

¿Qué mejor oportunidad que la nueva edición de la Feria Internacional del Libro en Buenos Aires, cuyo lema es "Pensar con libros" para reflexionar sobre estos temas sin prejuicios ni visiones apocalípticas?

El presente número de Ñ se propone reflexionar sobre el libro y sus mutaciones contemporáneas, y también sobre la forma en que éste se ha relacionado históricamente con el pensamiento. ¿Cambiarán los nuevos soportes la manera de leer y por lo tanto, de pensar? "Desde tiempo inmemorial el libro ha sido visto como la quintaesencia del testigo cultural, el condensado por excelencia del pensamiento de los individuos y las sociedades que nos precedieron", sostiene Christian Vandenthorpe en su investigación Del papiro al hipertexto. Y afirma categóricamente que bajo la forma electrónica, que permite la manipulación y el copy paste, el valor del libro se trivializa.

Las ediciones digitales y su comercialización son temas del 4° Seminario Internacional de Editores en esta Feria. Así llegan los ecos del mundo y sus nuevos protagonistas, de la mano de innovaciones –como el Kindle 2, el nuevo lector de Amazon– que promueven la aparición de colecciones digitales como la inaugurada por Carmen Balcells, concebidas con un criterio que, de prosperar, modificará profundamente el oficio de editores y libreros.

El antiguo proyecto de biblioteca universal –aquella que habría de concentrar el conocimiento del mundo y que en 332 aC inspiró la creación de la biblioteca de Alejandría– reaparece hoy impulsado por Google, una empresa de Internet. Todos los volúmenes del mundo podrían estar, en pocos años, al alcance de un click. Si hubo un tiempo en que los barcos que anclaban en el puerto de aquella ciudad de Egipto eran obligados por ley a dar a copiar sus papiros para aumentar el acervo de la antigua biblioteca, el buscador ya lleva digitalizados 7, 5 millones de títulos de las bibliotecas estadounidenses, sin permiso. "Google puede hacer que el sueño de la Ilustración (una República de las letras sin fronteras) se haga realidad. ¿Pero lo hará? Los filósofos del siglo XVIII veían el monopolio como el principal obstáculo para la difusión del conocimiento", alerta Robert Darnton, de la Universidad de Harvard, en un artículo reciente.

Pero por otra parte, ¿cómo no fascinarse ante el acceso rápido de lectores e investigadores a infinidad de textos? Muchos escritores aplauden la posibilidad de que las lecturas de sus libros se multipliquen en las más distantes regiones, a través de Internet. Parece probado, incluso, que la posibilidad de lectura en la web favorece la venta de libros y no a la inversa. Una encuesta reciente de Ñ digital dio mayoría de respuestas a favor de la iniciativa del buscador, frente a los que defienden las leyes del copyright.

Sin embargo, más allá de pantallas y mundos virtuales, cada vez que la Feria acontece, un fenómeno peculiar cobra vida. Algo que no es del orden del futuro sino del presente, o mejor, de la presencia. Un fenómeno que habla de la necesidad de encontrarse, de encontrarnos todos en un ámbito común para hacer lo que nos gusta: mirar y tocar libros, elegirlos, asistir a charlas, tomar contacto con los escritores, sentirnos partícipes de eso que llamamos cultura, cualquiera sea la definición que cada uno le otorgue a esa palabra.

En ese espacio, el libro adquiere un valor que trasciende los aspectos materiales y su condición de objeto de mercado, un valor que tiene en cuenta su carácter simbólico, cuyas transformaciones, aunque probables, son difíciles de definir.

Los grandes cambios, como el que ahora atraviesa el mundo del libro, comportan para muchos una amenaza, que no necesariamente se resuelve en pérdidas absolutas.

Avatares de la letra

El primero en desconfiar fue Platón quien no tardó en denunciar que la aparición de la escritura amenazaba el pensamiento. Si se aceptaba que éste se depositara en las palabras escritas ¿no se estaría socavando las virtudes de la memoria? ¿Y a dónde irían a parar la dialéctica, el diálogo productivo, el pensamiento que se despliega en el movimiento de la argumentación? Categóricamente, habría que haber condenado la escritura por muda y por estática. Según esa perspectiva, el pensamiento, en el siglo IV aC, ya estaba en extinción.

¿Y esa otra escena ante la que San Agustín queda perplejo, la de un hombre leyendo no en voz alta, como era lo usual, sino de manera silenciosa? ¿Acaso no prenunciaba esa intimidad la derrota del pensamiento y la discusión colectivos a favor de la más abyecta individualidad?

El diabólico invento de Gutenberg vendría más tarde a reforzar esa tendencia cuya consecuencia más directa habría de ser la abolición de la retórica, ese dibujo discursivo capaz de convencernos con palabras de que lo verosímil puede no ser verdadero y de que una astuta argumentación resulta más convincente que una prueba a ojos vista.

La puesta en escena en clave paródica de cada uno de estos momentos intenta advertir sobre catástrofes de la cultura o pretendidos retrocesos de la humanidad que han sido amargamente denunciados y cuyo recuerdo provoca hoy una sonrisa condescendiente. Y vienen a cuento ante la tan mentada muerte del libro a manos de su enemigo letal: el universo digital.

El artículo que abre este informe (p.10-11) pertenece a Alejandro Piscitelli, un estudioso del impacto que las nuevas tecnologías tienen sobre la sociedad y la educación. Se trata de un recorrido por los conceptos que nos permiten pensar la reciente cultura participativa inaugurada por la web 2.0, con el sello particular del trabajo/juego/invención de los lectores. Antes que hablar de muerte de la lectura, el autor prefiere pensar en su reinvención, a partir de un sistema de lectoescritura multimedial más democrático y masivo, en donde las imágenes, los sonidos, los objetos y su posibilidad de manipulación permiten desarrollar nuevos lenguajes y, por lo tanto, un pensamiento con características diferentes.

La nota de Piscitelli dialoga con la de Gloria Pampillo (p. 20-21) en la medida en que también ella historiza los avatares del pensamiento y concluye que más allá de los soportes que sostengan la lectura –de los cuales el libro tal como lo conocemos es apenas uno–, lo que importa son las complejas operaciones según las cuales, a medida que avanza en el texto, el lector se convierte en su coautor, es decir, le imprime una orientación y un significado de los que carece antes de ser leído.

El desarrollo de los nuevos modelos de e-book (el Kindle de Amazon y el Sony Reader), cuyas características acompañan la infografía de p.17 representan el desafío más concreto a los libros en papel. Robert Baensch, especialista en edición digital, fue entrevistado por Ñ y habla de los cambios que las nuevas tecnologías suponen para el mundo de la edición y su comercialización (p.17 y 18).

¿Será lo mismo leer en un dispositivo digital que en nuestros viejos volúmenes de papel? La pregunta disparó la idea de proponerle a un lector apasionado y escritor notable, como lo es Eduardo Belgrano Rawson, que narrara la experiencia de usar un e-book. El resultado es una crónica deliciosa y llena de humor (p.12 y 13) que nos devuelve a nuestra modesta realidad de subdesarrollo.

No es menor el lugar que los blogs de escritores tienen, en los últimos años, en la difusión y circulación de literatura. Por ese motivo, el nuevo espacio que tiene la poesía en Internet es analizado en profundidad por Santiago Llach (p.18). En la página que le sigue, el escritor Daniel Link habla sobre su propia experiencia como administrador de un blog que ya lleva más de un millón de visitas y al que utiliza, según sus palabras, como bitácora de escritura.

Ubicuo, infinito, garante del sentido son las características de esta divinidad tecnológica último modelo que representa el buscador Google y a cuya comparación con los dioses recurre Jorge Carrión en la p.15. En la que la precede, una entrevista con el representante de la empresa en la Argentina profundiza en su controvertido proyecto de convertirse en la nueva biblioteca de Babel mediante la digitalización de la totalidad de los libros. Una iniciativa altamente cuestionada que aquí se analiza en detalle.

Más cauto frente a la radicalización de las transformaciones, el filósofo y escritor Fernando Savater –invitado nuevamente en la Feria de este año– le responde a Ñ sobre la relación entre los libros y el pensamiento (p.22). En el mismo sentido, se les pidió a seis escritores y artistas que contaran cuáles libros fueron los determinantes a la hora de cambiar su manera de pensar (p.24-25).

El educador Francesco Tonucci, también invitado a la Feria, analiza la relación de los niños con los libros y se pregunta si frente a la pantalla será posible experimentar la emoción de leer. Crear un clima cultural deberá ser la función de la escuela, ya que la información llegará a través de la televisión e Internet. Cierra este informe, ya que de ferias se trata, un artículo sobre el estado actual de los proyectos relativos a la presencia de la Argentina como invitada especial de la Feria de Frankfurt 2010.

La TV que supera al cine



En los últimos años, la producción televisiva apostó a la revisión de los grandes géneros cinematográficos, al punto de superar en calidad y complejidad narrativa a muchos largometrajes de Hollywood. ¿El resultado? Grandes series como Los Sopranos, Lost y Six feet under y una fiebre de espectadores como no se ve desde los años 60. Aquí, un recorrido por las mejores ficciones de la pantalla chica actual.
Por: Damián Damore

NUEVAS FORMAS NARRATIVAS. Hace más de dos décadas, el crítico cultural estadounidense Neil Postman sentenció que la televisión nunca iba a tener tanto prestigio como el cine y la literatura. Ya no parece tan seguro.
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La producción televisiva norteamericana de la última década creó contenidos más heterogéneos y vitales que los que produjo Hollywood con sus tanques de pantalla grande en el mismo lapso. En general, la factoría del cine ha tendido tanto a lo universal –estereotipos que todos puedan reconocer fácilmente–, que de tan evidentes se volvieron casi invisibles. La franquicia se convirtió en una pieza que encaja justo en el deseo que diseñaron las grandes compañías, ya que conlleva menos riesgos económicos. El cine también se ve superado por la digitalización, el tránsito en redes cableadas contribuyó mucho con la producción televisiva: la TV digital ya es un hecho, mientras que los costos de proyección acarrean riesgos financieros cada vez más altos al cine. Se avecina una pulseada entre los distribuidores y los exhibidores para ver quién se hace cargo de esos costos. Esa ventaja la TV la aprovechó bien: la tradujo en más programas y series de calidad que nacen en montones año tras año. Con ese impulso, las cadenas ya evalúan coincidir sus estrenos en simultáneo con Latinoamérica, algo así como un prime time mundial. Hasta sus elencos cuentan con grandes estrellas de Hollywood, que ya no se conforman con actuar poco o con ponerle voces a las películas de animación. Queda claro que se da una especie de inversión en la relevancia de cada uno de estos formatos en los últimos tiempos; mientras el cine mainstream acostumbró al público a ver desparramar decorados y efectos especiales que desviaron el arte cinematográfico de sus exigencias específicas, la televisión norteamericana (tampoco hay que dejar de prestarle atención a las producciones de Inglaterra y Canadá), se renueva con ideas originales y sorprende cada vez más.

Vamos que venimos

David Chase, el autor de Los Sopranos, superó una barrera que ni David Lynch pudo sortear con la mítica serie Twin Peaks: el test screening, o la revisión semanal que las compañías comparten con los guionistas y un grupo de televidentes para apuntar sus reacciones y diagramar un guión potable. Aunque una máxima televisiva dice que ningún guionista se libera de los gustos de la audiencia, la negación de Chase de urdir el argumento con los oídos puestos en el clamor general salió bien. Así marcó –desde finales de los noventa, cuando la serie comenzó– cuales iban a ser las formas narrativas que el relato televisivo adoptaría los años siguientes. Los capítulos de Los Sopranos, por ejemplo, así como también muchos de Los Expedientes Secretos X, no respetaron el formato tradicional de 48 minutos que tenían habitualmente los capítulos de las series de una hora de duración; algunos duran menos, otros más. También se repitió la modalidad de los capítulos dobles.

De arranque feroz, en sus últimas dos temporadas Los Sopranos se entregó a un tono cadencioso. Se ha comentado mucho el final, la escena en el restaurante de Nueva Jersey (ver aparte); el propio Chase señaló en un programa de radio en 2008: "Si miran cuidadosamente el episodio final, allí está todo".

Cuando se comparan como menores a algunos productos televisivos con otros cinematográficos de factura similar –por ejemplo: El padrino vs. Los Sopranos–, ¿se discute de una guerra entre el cine y la TV? No: desde la década del 70 hasta estos días, la televisión es una fuente de ingresos importantes en la cadena de explotación de los filmes de Hollywood en la emisión por cable. Mucho menos si se tiene en cuenta que las grandes compañías dividen amablemente sus áreas de cine y TV. Entonces, ¿qué se discute?

Es notable que el relato televisivo actual exige medios de comunicación (foros, blogs, concursos, etc.) y fuentes más amplias de las que expandieron la idea de formato en los 60, años en que las series comenzaron a reunir fanáticos. El fugitivo o Misión: Imposible, en los Estados Unidos, y Los Vengadores, en Inglaterra –otro país con una rica historia en series– son buenos ejemplos de eso; décadas más tarde inspiraron a Hollywood que las adaptó al cine. Desde la Web, las series vuelven a reunir seguidores como la nueva TV Guía virtual, sitios programados que se añaden en Internet.

El sitio Wetpaint inventó una herramienta llamada TV Fandex. Mide la interacción de los usuarios con las series, independientemente del rating que tengan. La deliciosa Gossip Girl (Warner) es un cut & paste televisivo que renueva el soap-opera (el culebrón norteamericano) con sus irónicos relatos en off que desparraman las esperanzas que en el mismo tono trazaron bodrios como Amas de casa desesperadas o Sex & the City ("la felicidad no está dentro de nuestro menú", afirma un personaje masculino). Junto a la sobrevalorada Dr.House están entre las series que más debates generan en redes sociales. TV Fandex rastrea las páginas de Google, Facebook o Twitter y espía las discusiones que los cibernautas mantienen sobre sus ficciones favoritas.

Lost es otro foco. La historia de un grupo de sobrevivientes de un avión caído en una isla se disparó como un culebrón sobrenatural. Son numerosos y fervientes los seguidores: discuten en foros y reuniones sobre las infinitas tramas del programa que dirige J.J. Abrams. Si Los Sopranos es aristotélica, con su estructura clásica de construcción de relato; es decir, comienzo, desarrollo y final, Lost es heraclitana: su orden real coincide con el orden de la razón. "Un ser organizado organizándose a sí mismo", diría Kant. Lost fascina porque es un aluvión de información fragmentada. Ese flujo de libertad aforística que la serie impuso, nace de la idea de que la naturaleza diseñó gradualmente un plan previo a todos nosotros. Esa hipótesis no sólo gobierna la conciencia de cada uno de los náufragos de Lost; también la de sus fanáticos, náufragos bajo la misma ley que los personajes de la serie: que la actitud de la naturaleza es completamente diferente de la que conocemos. El canal AXN lanzó el concurso "Tu teoría Lost", un juego para compartir creencias. ¿Un adelanto para los productores sobre lo qué podría pasar en la próxima temporada?

Mientras tanto, J.J. Abrams no se queda quieto, además de filmar una nueva versión cinematográfica de Star Trek, sumó a su palmarés otra serie, Fringe (Warner), un sci-fi con un diseño de arte y gráfica cool. Fringe es parte de una nueva iniciativa de la cadena Fox conocida como Remote-Free TV: los episodios serán más largos que los de otras series y se emitirán con la mitad de anuncios y promociones del canal.

Sin luz, no hay televisión

Desde la llegada del video tape como herramienta de memoria, la televisión empezó a construir su historia en pasado y presente. Antes de eso, fue la era de la paleotelevisión; nada de lo que se emitía se grababa, de lo que se deduce que fue pura virtualidad, o mejor dicho, pura electricidad. La serie 24 (Fox) se propone como un relato de suspenso en tiempo real, el alma mater de la TV. Cada temporada son veinticuatro capítulos que representan un día completo en la CTU, una central que opera contra el terrorismo armado. Jack Bauer (Kiefer Sutherland), agente federal, es un rayo televisivo que llega a todas partes sobre la hora para evitar el desastre y anunciar la tanda. En rigor, más que ser una serie en tiempo real (artificio casi imposible en un relato como éste, que demanda varios puntos de vista y brutas elipsis), es un culto a la velocidad de la televisión, es decir, a la electricidad. En 24 la realidad virtual es más virtual que la paleotelevisión. Corte.

¿Cómo saber si de The Office (BBC) no es la edición de un panóptico que reúne imágenes de varias horas de gente trabajando dentro de una oficina? Además de contar con un actor excepcional en el papel del jefe cretino (Ricky Gervais), la serie condensa varios elementos del género más castigado de la televisión, el reality-show, con testimonios de los actores incluido. La versión norteamericana, con Steve Carrell en el papel del jefe, no tiene la acidez ni el tenor de su antecedente.

Larry David fue uno de los creadores de Seinfeld, la reina, junto a Friends, del comedy channel, un boom en la TV norteamericana de la década de los noventa. Curb Your Enthusiasm (HBO) tiene, como Seinfeld, una visión neoclásica de la historia: la preferencia de la razón por sobre el sentimiento es lo que prevalece en su corpus. La vida diaria del mismo Larry David –hombre orquesta del ciclo, ya que actúa, escribe, dirige y produce– es registrada con cámara en mano y resulta tan subjetiva (hay situaciones surrealistas) que parecemos participar de cada acción del protagonista. Curb Your Enthusiasm tal vez se reconozca en el futuro como el primer antireality de la TV. O como el lado B de Seinfeld.

Cada país tiene su forma de relato televisivo. En los EE. UU., en los 70, predominaron los policiales ( Starky & Hutch, S.W.A.T., Las calles de San Francisco); en los 80 fue el momento de las soap-opera y las familias disfuncionales ( Dallas, Dinastía, Falcon Crest; Blanco y Negro, Alf); luego se expandieron la sit-coms. Paradójicamente, en la era de la desmaterialización, aparecen los cuerpos como protagonistas de muchas series nuevas.
Smallville (Warner) es la precuela del Superman que casi todos conocimos, el hombre de acero. En la serie, el joven Clark Kent aun no descubrió todos los secretos de los poderes que le fueron concedidos y con torpeza rebota contra todos lados.

Life of mars es una policial inglesa producida por la BBC1: se emite por HBO. El estilo vintage recuerda a otro clásico inglés, Los Profesionales, que en los ochenta se vio por televisión abierta. En el primer capítulo de la primera temporada (ya anda por la segunda) de Life of mars, el inspector detective Sam Tyler (John Simm) oye en el I-pod de su 4x4 la canción homónima de David Bowie; se baja de su camioneta porque se siente mal y es atropellado por un auto. ¿Un volantazo shakesperiano? Tyler es succionado al año 1973, aunque en el ¡magazine! de su coche, que ahora es un Rover P6 de la época, la canción es la misma. Con su cabeza puesta treinta años adelante, Tyler se tritura en el ejercicio de moderar sus virtudes diarias adelantadas.

The Sarah Connor's chronicles (Warner) es el spin-off de Terminator. La serie regresa a las fuentes de las dos primeras partes de aquel filme dirigido por James Cameron (Terminator y Terminator II: El juicio final), la historia de la heroína esquivando a esa máquina asesina que quiere matar a su hijo para "asegurarse el futuro".

Con el legado del folletín y el teatro a cuestas, los procedimientos de relato de Los Tudors (People +Arts) lo acercan al típico melodrama: madres solteras, hijos bastardos, crímenes, traiciones, accidentes y enfermedades se cuelan capítulo tras capítulo. Todo resulta más atractivo pues se trata de los vericuetos entre las monarquías británicas y francesas: hay varias escenas de luchas y sexo entre cortesanos y no tanto. Producida por la Canadian Brodcasting Corporation, Los Tudors tiene como figuras principales a Jonathan Rhys-Myers (la estrella queer de Velvet Goldmine, el filme de Tood Haynes), en el papel de Enrique VIII, y a Sam Neill en el papel del cardenal Wosley, artífice de todas las decisiones apuradas que toma el rey.

Dr. House (Fox y Universal) despertó un nueva relación entre el público y los nuevos héroes de carne y hueso de la TV. A diferencia de lo que sucedía con los viejos héroes, representación de nuestros deseos más profundos, sus fans dicen amarlo pero ninguno quiere ser como él. La carga de empatía se trasladó hacia sus pacientes –nosotros, televidentes– más que a ese médico adicto al Vicodín. House (Hugh Laurie) atiende casos extremos. Es más: su castigo es hacer medicina tradicional. Con más gracia, Mental, estreno de Fox para esta temporada, se guarda momentos más simpáticos con la vida de un psiquiatra que trabaja en psiquiátrico de Los Angeles que usa su habilidad para penetrar en la mente de sus pacientes sin desestabilizar, claro, el ecosistema hospitalario.

Quédese para ver

La pantalla norteamericana sigue moviendo el tablero. El cineasta Ridley Scott acaba de estrenar por HBO y con producción de la BBC, Into the Store (con Jeremy Irons, Liam Neeson y Orlando Bloom en el reparto): un drama histórico que narra la vida del primer ministro británico, Winston Churchill, durante los años de la Segunda Guerra Mundial y los meses siguientes. La misma cadena también lanzó la segunda temporada de True blood. Se trata, atención, del nuevo trabajo de Alan Ball, el creador de Six feet under (ver aparte). La primera temporada no fue de lo mejor, pero la segunda levantó notoriamente y recogió buenas críticas de los medios estadounidenses y un pronto auge en la Web. Es un cuento gótico sobre vampiros jóvenes que han sido aceptados por la sociedad y conviven con los humanos; como en el filme Crepúsculo, pero con sangre y sexo. Sookie, una camarera de bar, tiene la habilidad de leerle los pensamientos a la gente. Y conoce a Bill, un vampiro que llegó al pueblo. En torno de una serie de metáforas sobre los derechos de los homosexuales, True blood posee un guión de hierro y frases memorables sobre las elecciones sexuales: "Leí en Hustler que todo el mundo debería tener sexo con un vampiro. Al menos una vez antes de morir", comenta un personaje. Los propios ejecutivos de HBO se sorprendieron del éxito obtenido por el programa y achicaron el plazo que separa el lanzamiento norteamericano de su difusión latinoamericana. Es la primera vez en la historia de la industria que un canal logra transmitir en la región una temporada a menos de seis meses de su estreno.

Mad Men (HBO) es otra de las series nuevas para tener en cuenta. Matthew Weiner es su productor, el mismo de Los Soprano. Con su segunda temporada en el aire en Estados Unidos y Canadá, la historia se centra en la vida de Don Draper (Jon Hamm), un alto ejecutivo de publicidad. Ubicada temporalmente en el medio de los cambios de la sociedad norteamericana en la década de los 60 –época en que el mundo fumaba sin prejuicios, como se ve acá–, el existencialismo jamás imaginó reflejar la descripción del sentido en el prime-time.

La escritura de la historia de la televisión en defensa de la TV de masas que promueve el investigador francés Dominique Wolton avala la retórica de una regenerificación y destaca las nuevas hermenéuticas individuales del consumo televisivo. No es la esencia de la televisión el punto de análisis, sino más bien las relaciones que convulsionan al público. El cuadro semiótico es la estructura de esa significación: se sostiene en la negación y en la confirmación y muestra que se mantienen los términos de un mismo eje semántico. El sociólogo y crítico cultural estadounidense Neil Postman, un seguidor de las ideas mcluhanianas , dijo hace dos décadas que la televisión nunca iba a tener tanto prestigio como el cine y la literatura, "aunque haya tanta basura de libros como para llenar el Cañón del Colorado". ¿Y ahora?

El público se fragmenta hasta reducirse o agrandarse a sus gustos personales. Habrá quien vea en Jack Bauer el conservadurismo de Donald Rumsfeld; pero otros que verán en el mismo personaje las agallas del tenista Rafael Nadal. La búsqueda de consumidores organiza a la industria y le da lógica.

LA TECNOLOGIA INVADE EL CUERPO



El hombre máquina
Comienza a ser realidad el transhumanismo: a partir del avance de la tecnología, el hombre introduce elementos de la máquina en su organismo para funcionar mejor, para experimentar o para compensar pérdidas. Estamos en la era del ciborg y, en esta edición, Ñ recorre el cine, la literatura y la actualidad científica para trazar el cuadro de una tendencia que puede hacer de Robocop un hecho.
Por: Bruno Massare

CINE OJO. Rob Spence, un cineasta canadiense, se implantó un ojo "biónico" que le permite filmar pero no ver.
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Ahora comenzaba a percibir muy claramente que el objeto detrás de mí era nada más y nada menos que mi nuevo conocido, el Brevet Brigadier General John A. B. C. Smith", escribía Edgar Allan Poe en el "El hombre que se consumió" (1839). Smith no era exactamente un ser humano y el cuento se anticipaba a la ola de experimentos, hallazgos y especulaciones que se desatarían un siglo después, corporizadas en la idea de organismo cibernético, o ciborg.

Acuñada en los '60, la palabra ciborg pronto filtró los límites de las ciencias duras, se cruzó a la filosofía y a la sociología (Donna Haraway la utilizó en su reivindicación del feminismo) y se volvió un tópico recurrente de la literatura y el cine de ciencia ficción.

Lejos de ser una rareza, ¿hasta qué punto no se han convertido en ciborgs buena parte de los habitantes de este mundo? Lentes de contacto, prótesis de cadera, órganos artificiales, marcapasos, audífonos. La incorporación de tecnología para reemplazar funciones del cuerpo humano –y también para mejorarlo o embellecerlo– se vuelve tan cotidiana que apenas se reflexiona sobre el acto en sí mismo. Salvo cuando la tecnología plantea nuevos dilemas.

El director de cine canadiense Rob Spence se coloca una prótesis ocular para reemplazar su ojo perdido a los 13 años, pero con una particularidad: el nuevo ojo no le permite ver, pero sí filmar en cualquier momento que desee. ¿Qué sucede cuando Spence llega a una reunión con su ojo-cámara encendido? ¿Tiene que avisarle al resto del grupo? El cineasta ya consiguió financiamiento del National Film Board de Canadá para la realización de un documental basado en su experiencia y de su muy particular perspectiva, una suerte de "gran hermano" en la ruta.

Los casos se multiplican: el científico inglés Kevin Warwick (ver entrevista) logra implantar electrodos debajo de su piel, que se conectan a su sistema nervioso y le permiten operar un robot a distancia sin mover un dedo. La nadadora neoceolandesa Nadya Vessey, que perdió sus piernas a los 16 años, hoy puede nadar gracias a una prótesis que simula la cola de una sirena. El atleta sudafricano Oscar Pistorius intenta clasificar para las olimpíadas y aparecen las quejas de otros corredores, pese a que él carece de ambas piernas. El argumento: las prótesis que utiliza son demasiado veloces y le otorgan ventajas sobre sus competidores.

De esta forma, la tecnología de alguna manera altera el concepto de prótesis, que tiene su origen en el griego prosthesis ("cosa añadida"), desde su asimilación original de reparación artificial de la falta de un órgano o parte de él a la posibilidad de expandir las posibilidades de lo que reemplaza. Es decir, los implantes son capaces de superar la función previa y el hombre puede adquirir habilidades totalmente nuevas.

Paula Sibilia, antropóloga argentina que actualmente reside en Brasil y autora de El hombre postorgánico, analiza en su libro lo que considera como "una transformación del campo metafórico al que recurrimos para pensar el cuerpo humano y para pensarnos (y vivirnos) como eso que todavía somos: cuerpos humanos. Se trata de un proceso de 'digitalización' del mundo, de la vida, la naturaleza y el hombre". Para la autora, "hoy uno de los grandes sueños de nuestra tecnociencia es la promesa de que los 'ingenieros de la vida' puedan efectuar ajustes en los códigos informáticos que animan los organismos vivos, así como los programadores de computadoras editan los programas de software. Todas esas reconfiguraciones y redefiniciones de la naturaleza, de la vida y del ser humano tienen profundas implicancias en todos los ámbitos".

Daniela Cerqui, antropóloga de la Universidad de Lausanne, Suiza, que ha estudiado el trabajo de Kevin Warwick en su laboratorio, se pregunta sobre las implicancias y los límites a la incorporación de tecnología al cuerpo humano. "Hay gente que argumenta que siempre hemos sido ciborgs porque siempre hemos recurrido a la tecnología para solucionar problemas de nuestro cuerpo. Desde este punto de vista, no habría razones para poner límites, porque sería algo natural para nosotros. La pregunta es: ¿qué tan lejos podemos llegar en esta mezcla con la tecnología? ¿Seguimos siendo humanos una vez que reemplazamos todos nuestros órganos con prótesis, algo que se está volviendo cada vez más posible?", cuestiona.

Más que humano

La reflexión y el debate acerca del uso y las consecuencias de la aplicación de nuevas tecnologías suele correr desde atrás y en muchos casos llega tarde. "Lo que sucede es que en general los científicos no se hacen muchas preguntas éticas. En una sociedad donde rigen las leyes del mercado y la fuerza del dinero, además de ser una época que exige el perfeccionamiento del cuerpo, es evidente que la moral colectiva no acompaña para que se den este tipo de debates", opina el sociólogo Christian Ferrer.

La distinción entre tratamiento (o terapia) y mejoramiento permite echar algo de luz sobre la necesidad o no de establecer límites a la utilización de tecnología en el cuerpo humano. Para Cerqui, "se suele pensar que estas tecnologías son usadas como un tratamiento, entonces automáticamente pasan a ser 'buenas'. Pero la definición de lo que se consideraba como normal está cambiando y entonces lo que hoy se considera mejoramiento mañana será considerado tratamiento. De esta forma estamos creando nuevas necesidades".

Así, la distinción entre lo que es necesario y lo que de alguna manera sería prescindible, o hasta suntuario, se desdibuja. Ferrer plantea: "¿Cómo se le dice a una chica que no se ponga una prótesis de siliconas si ella piensa que le puede ir mejor en la vida con eso?". De la misma manera, el sociólogo advierte cierta hipocresía en la crítica de los demás corredores a las ventajas que obtiene Pistorius con sus prótesis veloces, en vista de que "todos los deportistas de alta competencia están producidos científicamente".

Sibilia se pregunta: "¿No hubo siempre, al menos a lo largo de la Era Moderna, una vocación del hombre por autotransformarse, por mejorar e incluso superar técnicamente sus límites biológicos o naturales? La respuesta es sí, pero con una importante salvedad. Hasta hace muy poco tiempo, la técnica se utilizaba para inventar prótesis que no intentaban penetrar ni redefinir el 'substrato natural' del cuerpo humano, de la vida o de la naturaleza. Hay diferencias entre una herramienta como los anteojos y una operación de córnea, por ejemplo, y mucho más todavía si pensamos en el implante de una cámara ocular".

Están quienes ven en la tecnología el medio para mejorar al ser humano y lo esgrimen como un derecho. El movimiento transhumanista, representado a nivel global por la Asociación Transhumanista Mundial (fundada por los filósofos Nick Bostrom y David Pearce), postula el derecho de los individuos a desarrollar y lograr que estén disponibles tecnologías que permitan aumentar las capacidades físicas, intelectuales y psicológicas de los seres humanos.

Pablo Stafforini se graduó en Filosofía en la Universidad de Buenos Aires, dejó la Argentina para hacer una maestría en Canadá y actualmente forma parte del Centro de Neuroética de la Universidad de Oxford, Gran Bretaña. Antes de partir, había participado de la creación de la Asociación Transhumanista Argentina. "Siempre me interesaron las ideas radicales –dice Stafforini–. Y como se trata de tecnología aplicada a la condición humana, encontré que había cosas que me interesaban." Si bien perdió contacto con el grupo que creó en la Argentina, Stafforini dice que en Oxford "hay un enfoque particularmente favorable al transhumanismo".

Esta corriente filosófica que postula que la naturaleza del hombre va a cambiar gracias al desarrollo tecnológico –el objetivo es la evolución hacia el hombre "poshumano"– ha sido atacada tanto por utópica como por sus principios éticos. "Muchas críticas vienen de los llamados bioconservadores, que básicamente consideran a las capacidades humanas como una especie de 'don' y que entonces uno no debería recurrir a la tecnología para modificarlas", argumenta Stafforini.

Para el especialista en bioética Eduardo Rivera López, profesor-investigador de la Universidad Torcuato Di Tella e investigador adjunto del Conicet, es irrelevante la discusión acerca de lo que es natural o artificial, pero sí considera que debe discutirse "si la medicina (y, en general, la tecnología) debe restringirse a ofrecer tratamientos para enfermedades o si también es lícito que sea utilizada para conseguir mejoramientos".

Según el investigador, "una preocupación importante es distributiva. Hay consenso en que los servicios básicos de la medicina curativa deben ser accesibles a todos sobre la base de la igualdad. Para lograr esto, las sociedades invierten una proporción muy importante de sus recursos. Por eso es impensable que una sociedad pudiera, además, ofrecer servicios de mejoramiento con un criterio igualitario, ya que los costos serían prohibitivos. Esto implica que la tecnología aplicada al mejoramiento sería accesible sólo para algunos, lo cual introduciría un factor de desigualdad social. Por ahora no me parece que esto sea alarmante, pero tal vez en un futuro no muy lejano pueda serlo".

Stafforini considera "muy difícil hacer una distinción entre terapia y mejoramiento. Yo no creo que en todos los casos pueda definirse una diferencia fundamental con respecto a qué se considera normal. Se supone que un tratamiento debe alcanzar ese nivel y que si lo supera estamos hablando de una mejora y entonces quizás no debería estar cubierto por un sistema de salud. Pero en la práctica no está todo tan claro".

La pregunta, entonces, vuelve a si debe establecerse alguna clase de límite al uso de la tecnología en el cuerpo humano. Stafforini sostiene que "si la tecnología permite incrementar el bienestar de las personas, no habría límites. Pero puede haber otros: el bienestar de las otras personas. Por ejemplo, si sólo unos pocos pueden acceder, el resto puede sentirse afectado".

Cerqui tiene una mirada más crítica sobre el transhumanismo y resalta la necesidad de "pensar colectivamente qué queremos para nuestro futuro, porque actualmente hay sólo una cuestión de grados entre nuestra medicina actual y el transhumanismo. Eso significa que necesitamos plantearnos límites, pero el problema es que no hay consecuencias negativas en todo esto para quienes consideran al cuerpo sólo como un recipiente".

El cuerpo perfecto

Las nuevas posibilidades que ofrece la tecnología también tienen un efecto en la consideración de las discapacidades y en cómo se ven a sí mismas las personas con alguna discapacidad. "Hay un movimiento muy importante de gente con discapacidades negando que esa condición implique algo intrínsecamente negativo –apunta Stafforini–. Si lo es, argumentan, es porque el resto no tiene esa discapacidad. Es decir, que si nadie viera, estaría mal tener visión. Yo no comparto esa idea, sobre todo cuando se traslada, por ejemplo, a casos de padres sordos que quieren tener hijos que también sean sordos".

En línea con un antropocentrismo a ultranza sostenido en el avance técnico, el aumento de la longevidad es planteado como una meta por quienes hacen de la tecnología una cuestión de fe. Stafforini está seguro de que "la mayoría de la gente diría que sí a la pregunta de vivir cinco años más y de manera más saludable. ¿Uno debe morirse para que otras personas ocupen su lugar? Yo creo que, igual que las religiones, son mecanismos de defensa para reconciliarnos con el hecho de que nos vamos a morir. Pero en la medida en que las nuevas tecnologías se desarrollen, sin dudas todos querrán vivir más".Si para los transhumanistas este proceso derivará en una suerte de especie biológica nueva, capaz de reemplazar las partes del cuerpo que ya no sirven y de monitorear la salud en todo momento a través de chips implantados bajo la piel, quizás haya que preguntarse, como lo hace Ferrer, "¿por qué se quiere perfeccionar el cuerpo? Mi respuesta es que la gente está alienada y no es feliz con su propio cuerpo. La tecnología funciona como una muleta en este caso. Pero es un fenómeno relativamente nuevo porque antes no había lugar para plantearse cosas así, se consideraba que el cuerpo estaba hecho a semejanza de Dios".

Sibilia hace un repaso de cómo fue cambiando esa percepción del cuerpo en la cultura occidental: "Si en la Edad Media la naturaleza era enigmática y misteriosa, porque correspondía a un universo sacralizado y era compatible con un tipo de hombre creado a imagen divina, a partir de los siglos XVI y XVII esa naturaleza tuvo que reconfigurarse y, respondiendo a los nuevos ritmos y exigencias de la era industrial, la naturaleza fue gradualmente desencantada y mecanizada. Pero había una creencia en algo que se consideraba 'la naturaleza humana', más allá de cuyos límites la tecnociencia no podía hacer demasiado. Pensemos en los mitos, desde Prometeo hasta Frankenstein, en todos esos casos la moraleja estaba muy clara: las fuerzas humanas no eran todopoderosas, los hombres no podían inmiscuirse en todos los ámbitos".

Desde el cuerpo heterogéneo de pensamiento que conforman las religiones, Leandro Pinkler –investigador de la Universidad de Buenos Aires, especialista en mitología y religión– explica que "no se puede decir en un sentido estricto que haya una postura unívoca del judaísmo, el cristianismo y el Islam, como religiones monoteístas, con respecto a estas discusiones. Incluso dentro del judaismo y el cristianismo pueden aparecer posiciones muy distintas: los más amplios aceptan el uso tecnológico porque la aplicación de la razón es también una capacidad que Dios otorgó al hombre, pero determinan su límite de acción según los distintos puntos de vista de cada uno". Pinkler cree que "seguramente el papa Benedicto XVI diría que ponerse una cámara en el lugar del ojo va en contra del ser humano dado que no está en la naturaleza, porque en ese caso Dios habría puesto una cámara en el ojo".

Sibilia percibe actualmente "una tendencia a desafiar los limites en las investigaciones, proyectos y descubrimientos más recientes de nuestra tecnociencia. Hay una clara vocación 'fáustica', es decir, aquella que desafía los antiguos límites de lo que se puede o de lo que se debería o no hacer, que no teme las posibles consecuencias de sus actos y pretende ir siempre más allá. Esta perspectiva no cree en la existencia de una 'naturaleza humana' que pondría barreras al accionar humano; al contrario, considera que tanto la naturaleza como la humanidad son imperfectas y siempre perfectibles, y que es posible superar todas sus limitaciones orgánicas o biológicas". Y agrega: "No se trata más de reparar algo que está roto o funciona mal, que se considera patológico bajo el horizonte de una cierta 'normalidad', sino de reprogramar humanamente algo que la naturaleza hizo imperfecto".

Cerqui pone el énfasis en la necesidad de anticiparse a los avances y de analizar qué valores están detrás. "Nos acostumbramos muy rápidamente a lo que la tecnología nos permite hacer. Y una vez que estamos acostumbrados, nos parece normal. Entonces los debates suelen centrarse en las consecuencias, una vez que estas tecnologías ya están aplicadas. Habría que preguntarse con mayor frecuencia qué clase de sociedad estamos construyendo".

El invento de la cocina nacional



Ciertos historiadores prefieren decir que una nación es más bien imaginación o creación, y con ello, sea lo que sea, su comida. En rigor de verdad, salvo dos o tres excepciones, no existen platos autóctonos; todos son herencia. Entonces, ¿por qué chorizo en pan y no hamburguesa en pan? Ana María Shua relata, por su parte, una excursión al mundo del choripán.
Por: Marcelo Pisarro

PASIONES ARGENTINAS. El superpancho.
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Cada dos por tres alguna voz más o menos autorizada se pregunta si existe la "cocina criolla", que es una forma pintoresca y folclórica de llamar a la "cocina nacional" o a la "cocina argentina". La respuesta es que sí, existe, aunque hay que ser precavido con las pruebas ontológicas. Conformarse con la existencia del concepto para demostrar la realidad del hecho empírico significaría que, al cruzar la calle, acaso uno pueda ser atropellado por un minotauro.

Hay que recordar que una nación es un invento, aunque este término suene brusco, tal como el historiador Benedict Anderson le hizo notar a su colega Ernst Gellner. Es mejor usar palabras como "imaginación" y "creación", sostuvo Anderson, aunque ambos coincidieron en que hoy resulta imposible figurarse a una persona sin nación. "Un hombre debe tener una nacionalidad como tiene una nariz y dos orejas", escribió Gellner. "En el mundo moderno, todos tienen y deben 'tener' una nacionalidad, así como tienen un sexo", acordó Anderson. La mejor definición de nación (esto es, una forma de organización de las relaciones sociales cuya cristalización puede rastrearse hacia fines del siglo XVIII, y cuya emergencia guarda relación con la Revolución Industrial y la Revolución Francesa) está en La chica que amaba a Tom Gordon, la novela de Stephen King. Allí, Trisha, la niña de nueve años que se perderá en un bosque, le pregunta a su padre si cree en Dios. El hombre le responde que cree en el Subaudible. "¿El sub qué?" "¿Te acuerdas cuando vivíamos en Fore Street?", quiere saber el padre. "Aquella casa tenía calefacción eléctrica. ¿Te acuerdas de que los radiadores zumbaban, incluso cuando no funcionaba la calefacción?". La niña niega. No, no lo recordaba. "Porque te acostumbraste. Pero créeme, Trish, el sonido siempre estaba presente. Hay ruidos hasta en las casas que no tienen radiadores. La nevera se dispara y apaga. Las cañerías chasquean. Las tablas del suelo crujen. Pasa tráfico por delante. Todo el rato oímos cosas, pero casi nunca las escuchamos. Se convierten en...". En el Subaudible, claro. La nación es como el Subaudible: está allí, siempre, siempre, aunque las marcas de construcción no salten a la vista, aunque uno se acostumbre a las cañerías que chasquean y los suelos que crujen. Y está tan bien hecha, que no se percibe el contraste entre su novedad objetiva y su ancianidad subjetiva, entre aquello que es contingencia y acaba convertido en destino.

Ahora mismo, en alguna parte del mundo, algún argentino está sollozando porque extraña el dulce de leche. Más que preguntarse si existe la comida nacional, hay que interrogarse acerca de cómo se logran o lograron los consensos que permiten identificarla. ¿O acaso no hay un acuerdo respecto a que algunos platillos son "más nacionales" que otros? ¿Que el mate es "más argentino" que la Pepsi Cola? ¿O que el churrasco es "más argentino" que el Whopper? Es la naturaleza de ese consenso lo que debe examinarse. En caso contrario, cuidado con los minotauros al cruzar la calle.

Elogio de la sincronía

Las prácticas que llamamos "nacionales" sólo resultan eficaces si se transforman en vivencia diaria. Eso significa la naturalización de determinadas experiencias cotidianas, mediante modos de comportamiento "propios" sostenidos en un pasado selectivo, una concepción de la temporalidad homogénea y sincrónica (la idea de "mientras tanto" es contemporánea e indisoluble de la idea de nación). El proceso de conversión de la "cultura nacional" (en tanto ideología de Estado) en "identidad nacional" (en tanto práctica mundana) implica una suma de esfuerzos que abarcan cada aspecto de la vida cotidiana; eso incluye lo que se come y se deja de comer. Cuando en los albores de la nación, y de la gastronomía, allá por 1825, J. A. Brillat-Savarin escribía que "de la manera en que las naciones se alimentan depende su destino", no estaba sacando una conclusión: lanzaba una profecía.

"Ocurre que ignoramos los usos de la comida, y nuestra ignorancia resulta altamente peligrosa", escribió la antropóloga Mary Douglas en la década de 1970. "Nos conviene más adoptar el punto de vista del veterinario, que considera la comida como mero alimento animal, o pensar en ella como una necesidad fisiológica, que reconocer su tremenda fuerza simbólica".

Se empieza así: evadiendo el revisionismo y los inventarios. Uno de los rudimentos iniciales que aprende un arqueólogo es la importancia de la cronología. La máxima sería: primero ponga fechas estimativas –a veces variables en millones de años– y luego descubra el sentido de los restos arqueológicos esparcidos en los yacimientos. No es el mejor método tratándose de cocina autóctona. La pregunta tramposa sería: ¿cuándo debe comenzar a medirse esta "autoctonía"? ¿Desde la época del virrey Pedro de Cevallos? ¿Desde el apogeo de las costumbres puelches o diaguitas? ¿O desde que se asentaron los descendientes de los hombres que cruzaron el Estrecho de Bering, hace veinte o treinta mil años?

Uno de los indicios más antiguos de existencia de presencia humana en estos parajes fue encontrado en las orillas del Canal de Beagle. El sitio arqueológico fue bautizado Túnel 1, y allí, hace unos siete mil años, unas personas encendieron fuego, comieron parte de un lobo marino, tallaron algunos instrumentos y se marcharon con rumbo desconocido. ¿Podría hablarse entonces de "cocina autóctona" y mencionar lobos marinos, guanacos y mejillones como los ingredientes principales? ¿Podría hablarse de platos propios a base de animales extintos, como el Mylodón o el Hyppidión? "Más antiguo" no significa "más autóctono", y la "cocina criolla" ostenta orígenes mucho más próximos... y selectivos. La tradición no es un segmento histórico inerte, como explicó el sociólogo Raymond Williams con el fantasma de Antonio Gramsci zumbando en los alrededores, pues la tradición es siempre una tradición determinada: "Una versión intencionalmente selectiva de un pasado configurativo y de un presente preconfigurado, que resulta entonces poderosamente operativo dentro del proceso de definición e identificación cultural y social". Otro problema surge al intentar una suerte de "etimología de los platos" para desnudar así que la cocina argentina es "heredada". Más anécdotas y menos certidumbre: la milanesa viene de Italia, aunque antes pasó por Francia y España; el puchero desciende de la olla podrida peruana; el dulce de leche ha existido en diversas latitudes bajo diferentes denominaciones (por ejemplo, "manjar blanco"); la carbonada tiene origen chileno, o quizás belga o español; la costumbre de rellenar carnes, como en el caso del matambre, es una práctica de larga data; con diferentes formas y nombres, las empanadas se cocinan desde hace siglos en todo el mundo. Gran parte de los platos considerados "patrios" se conocían en el Medioevo europeo; es el caso del cochinillo relleno de naranjas, huevos hilados, aceitunas aliñadas, almendrado de las monjas o cebollas en escabeche.

Pero si los orígenes de la gastronomía de cualquier nación son simbólicos antes que históricos (en el sentido de Mary Douglas), no tiene sentido buscar una suerte de piedra fundacional culinaria empírica o material: oh, caray, encontramos los restos fosilizados del primer asado criollo. Lo que importa es el aspecto sincrónico, no diacrónico: el suceso en tanto sistema que ocurre aquí y ahora. La pizza y las pastas constituyen un bastón de apoyo de la gastronomía italiana; sin embargo, provienen del Oriente. Mecanismos de apropiación e identificación: algunos significados y prácticas son acentuados, otros son atenuados o rechazados. Por más restos de documentos o artefactos –y sus respectivos trayectos– que se revisen, allí no habrá ninguna solución al misterio. De hecho, así planteado, ni siquiera hay misterio.

Cuenta la leyenda que Gramajo, quizás un playboy argentino de la década de 1930 o quizás un coronel de las tropas de Julio Argentino Roca, "inventó" el revuelto que lleva su nombre en un momento de hambre, escasez y picardía, quizás en un hotel parisino mientras se preparaba para salir de juerga o quizás en una tienda de campaña mientras se preparaba para la embestida al próximo asentamiento indio. La historia es interesante porque –como aseguró el periodista Derek Foster en su libro El gaucho gourmet– el revuelto Gramajo es uno de los dos únicos candidatos a "genuinas creaciones propias" (el otro candidato es el panqueque de manzana). Todo lo demás es heredado.

Calificar de "heredada" a una cocina posee un mérito: presenta a la cultura como proceso, un juego de interacciones, préstamos y negociaciones. Suele repetirse que la cocina argentina tiene trazos de su par española, italiana y francesa, y también sudamericana, en especial peruana; que en el noroeste del país se conservó mejor la tradición española; en el nordeste se siente la influencia brasileña; en el sur, las presencias chilena, alemana y galesa; en la zona central prevalece la "comida criolla" propiamente dicha: mucha carne, pocas verduras.

Ahora bien, ¿esto es así empíricamente? Bueno, no. Basta con observar qué se come y se descubrirá la molesta costumbre de los comensales de querer escaparse de las categorías alimenticias en las cuales pretende confinárselos. Cuando se habla de herencia, es necesario prestar atención, más bien, al elemento ponderado o rechazado en la construcción de la identidad gastronómica nacional. Por ejemplo, ningún plato prehispánico sobrevivió hasta la actualidad. En ningún país sudamericano (con excepción de Uruguay) la idea de que "lo regional" resultaba execrable tuvo tanto éxito. Hacia mediados del siglo XIX, los estratos influyentes de la sociedad local se volcaron hacia la cocina inglesa y, en especial, la francesa.

La cocina criolla, pampeana, conservaba aún muchos elementos de la tradición española de los siglos XV y XVI. Más que variar los platillos según las clases sociales, variaba la calidad de los ingredientes: pan de trigo contra pan de centeno; carne de vaca, ternero y pollo contra tocino; vino contra agua. Las oleadas inmigratorias alentadas por el célebre eslogan de 1852 de Juan Bautista Alberdi ("Gobernar es poblar") aumentaron no sólo los platillos que se servían, sino también los que explícitamente no se servían como signo de diferenciación. El caso del ajo es ejemplar.

En el momento de hablar de herencias, o de ajos (ingrediente pobretón si los hay), suele emerger el conventillo como cronotopo de mixtura cultural porteña (argentina, la metonimia funciona). Que en 1880 Buenos Aires contara con 1770 conventillos, y que siete años después, en 1887, su número ascendiera a 2835 es sólo una anécdota de libro de texto. El cronotopo "conventillo" se vale de otros indicadores para fundar su eficacia enunciativa: la convivencia forzada de italianos, españoles, rusos, polacos, ucranianos, turcos, sirio-libaneses, alemanes, judíos; el patio como espacio de conflicto y fusión, de sainete y tango; los servicios comunes (baños, lavadero, cocina); la emergente jerga en tono de cocoliche y lunfardo; la ebullición política: disidentes, anarquistas, masones, socialistas, republicanos, sindicalistas. Establecido el escenario, nada cuesta repartir bolos entre los actores: nada cuesta ponerlos a cocinar en el cronotopo y ver qué sale con semejantes ingredientes.

En principio, rechazo. Los criollos pobres rechazaban la comida extranjera simplemente por foránea; los criollos de mejor posición la rechazaban por su aura de pobreza ("comer italiano" era sinónimo de "comer pobre"). Luego, negociación y sincretización. Se ha definido a la cocina porteña como una versión de la cocina italiana más algunos platos españoles y otros franceses, cocinada y servida al estilo español. Se acepta que algunos platos-de-todos-los-días adquirieron su contorno contemporáneo en las interacciones del conventillo. Por nombrar: ravioles, pascualina, albóndigas, estofado, chupín, pan dulce, pastafrola, fugasa, pesto, fainá, salsa de tomate con cebolla, tomates rellenos (de Italia o de los genoveses de mediados del siglo XIX); empanadas, carbonada, chorizos, dulces, guisos de todo tipo (de España); omelettes, mousse de chocolate, lomo a la pimienta con papas a la crema (de Francia). Son platos que podrían agregarse en un menú nacional, que señalan el uso selectivo de la tradición. Basta pensar en el derrotero que han seguido preparaciones como la chalona, la chicha, la chancaca, la tunta, el chuño, la sajta, el charquisillo, el folto nguillú, el kuletún nguillú y tantos otros platillos ignorados u olvidados, o por qué la rica tradición negra de Buenos Aires ni siquiera se menciona y, de hacerlo, no se señala su origen negro, como el mondongo.

Auspicia a la cocina criolla...

Las instituciones encargadas de la socialización juegan un papel central en la regulación de los estómagos. Piénsese, por ejemplo, en los actos escolares, donde las negras mazamorreras pintadas con corchos quemados venden empanaditas calientes que queman los dientes; deesta forma se establece un mito de origen en la época revolucionaria y se borra de un plumazo toda la historia prehispánica. O piénsese en la euforia de los grandes eventos deportivos (los mundiales de fútbol), cuando las principales marcas del rubro alimenticio (McDonald's, Coca Cola, Cerveza Quilmes) se anuncian como auspiciantes oficiales y establecen lacrimógenas relaciones entre sabores, pasiones y banderas: la "argentinidad futbolera" como identidad colectiva e individual. Preparar un asado, beber una Quilmes, alentar a la selección. Entonces, la cocina argentina, ese "artefacto histórico bien fundado" (diría Pierre Bourdieu parafraseando a Emile Durkheim), existe porque lo que existe es el principio mismo de demarcación: esto sí y esto no. Una convención, un modo de organización social cuyas costuras se ponen del revés y desaparecen, un lenguaje compartido y reconocible por todos los participantes de la conversación. Existe porque hay un acuerdo previo y externo consumido como "hecho natural" sobre lo que es nacional y sobre lo que no lo es. Que un chorizo entre dos trozos de pan sea "patrio y noble" y que un medallón de carne picada entre dos trozos de pan sea "global y amenazante" es una afirmación experimentada como cotidiana. Por eso, cuando llega el momento de preguntarse sobre la cocina criolla y concluir su aspecto heredado, el punto de partida suele ser la nacionalidad como suceso necesario, como destino: tengo una nariz, dos orejas y una nación.

Acaso en cincuenta años, tal como sucedió con el criollismo y las costumbres gauchescas, se reivindique la "hamburguesa argentina" de Burger King o el "menú porteño" de McDonald's como las más acabadas muestras de gastronomía nacional. Pues la cocina criolla se trata, a fin de cuentas, de un invento que se reinventa día a día.

Ignorarlo –diría Douglas– puede resultar altamente peligroso.

Warhol, un enigma americano



La muestra de 170 obras que abre la semana próxima en el Malba, vuelve a poner en cuestión cómo fue que Andy Warhol transformó el arte americano y se constituyó en su figura central. Aquí, un recorrido por la exposición, una entrevista a su curador y dos retratos íntimos: uno de Mary Woronov, que integraba la mítica The Factory en los 60, y otro del músico David Byrne.
Por: Ana María Battistozzi

AUTORRETRATO COMO TRAVESTI. 1980. Fotografía tomada con Polaroid Polacolor 2. 10,8 x 8,6cm.
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Por segunda vez Andy Warhol es objeto de una exhibición en la breve historia del Malba. Hace cuatro años fue Andy Warhol. Cuadros en movimiento, la serie de "screen tests" (prueba de pantalla) que vino del MoMA de Nueva York, uno de los capítulos menos conocidos y acaso más innovadores de este artista popular, cuya imagen –la propia y la de sus obras– ha llegado a fundirse con la de los Estados Unidos. Los "screen tests" eran una especie de pruebas de casting que Warhol filmó en blanco y negro con una cámara de 16 mm entre 1964 y 1966. Amigos, famosos o desconocidos que frecuentaban la Factory, su emblemático taller de la calle 47, aportan un material cuyo mayor interés reside en que Warhol lo haya usado para una transformación del género del retrato según el signo de la indiferencia, la materialidad y la escala que caracteriza nuestra era.

Lo que se mostrará en el Malba a partir del próximo jueves es un conjunto mucho más vasto que viene del Museo Andy Warhol de Pittsburgh y no sólo incluye algunos de esos "screen tests" sino veintiséis de sus más conocidas pinturas, entre ellas, un emblemático retrato de Mao, las series Jackie de 1964 y "Pequeña silla eléctrica", también del 64-65 y uno de los tantos autorretratos pictóricos del 86; casi sesenta serigrafías con imágenes de Marilyn, las sopas Campbell, el Hombre en la Luna, fotos polaroid y las instalaciones Silver Clouds de 1966 y Cow Wallpaper de 1971.

En suma, 170 piezas que servirán para ilustrar al público porteño por qué Andy Warhol es hoy Mr. America, como sugiere el título de la muestra. Un título cargado de sentido, si se tiene en cuenta que en los años 60, cuando Warhol irrumpe en la escena, refería a un hombre de cuerpo lustroso y bíceps trabajados, como el que el propio Warhol deseó y plasmó en su pintura "Be a Somebody with a Body", de 1986, pero que nada tenía que ver con él.

¿Qué ocurrió para que esa figura de físico anhelado haya sido sustituida por esta otra esmirriada, que usaba una estrafalaria peluca para ocultar una temida calvicie? ¿Cómo llega Warhol a desplazar a Jackson Pollock de la tapa de Life, con lo bien que éste encarnaba al Mr. America del arte, con su fornida impronta Marlon Brando en Un tranvía llamado deseo? ¿Cómo ocurrió eso tras los esfuerzos que desplegó el Departamento de Estado para convertir a la pintura abstracta en el arte emblemático de las sociedades democráticas en la puja que ya delineaba la Guerra Fría? ¿Qué ocurrió para que se produjera ese retorno de lo real en el arte americano?

Thomas Sokolowski, director del Museo Warhol, ensaya algunas respuestas a estas preguntas en la introducción del catálogo que acompaña la muestra. Y por su parte la crítica española Estrella de Diego, estudiosa de Warhol, lo ha explicado en términos de un cambio de paradigma. En un bello texto escrito en 1995, a propósito del fin de siglo que se avecinaba, De Diego rechaza, como Eric Hobsbawn, el imperativo de la periodización por centuria y da por terminado el S. XX del arte en 1956.

Precisamente la noche del 11 de agosto, cuando Jackson Pollock, borracho como una cuba, estrelló su Oldsmobile contra un árbol. En ese acto de dar la cabeza contra el parabrisas, la crítica española vio un "Autodripping sangriento" que puede leerse también como un último acto de expresión heroica de una época que llegaba a su fin. O tal vez, como un modo de simbolizar la intuición de Pollock de que se estaba cerrando el capítulo que había protagonizado y no estaba dispuesto a convivir con los chicos de la Factory que era lo que se venía.

Así, no es casual que justo ese año el inglés Richard Hamilton presentara, en una muestra de la White Chappel llamada Esto es mañana, un collage, hoy considerado histórico por haber dado lugar a la designación Pop. Aquel colage también mostraba a un tipo de cuerpo trabajado, como el de Mr. America, rodeado de electrodomésticos que preguntaba: "¿Qué hace a los hogares de hoy tan diferentes, tan atractivos?"

El mérito de Warhol está en haber encontrado una rápida respuesta y haber sabido cómo ocupar el lugar de mañana. Así fue como su arte explotó y puso en escena todo aquello que en los Estados Unidos hacía a "los hogares de hoy tan diferentes, tan atractivos": latas de sopa, cajas de jabón, rostros de estrellas de Hollywood, de rock, famosos, políticos, conocidos y desconocidos en busca de sus "quince minutos de fama"... Todo en el "delivery" indiferenciado del cine, la tele y la publicidad que lo sirve puntualmente en la misma bandeja del desayuno, el almuerzo y la cena.

Ocurre que aquel mañana, fascinado por el consumo, ya entonces era hoy. Y pocos como Warhol acompañaron el entusiasmo que despertaba, de modo tan impasible y desprovisto de pathos. ¿Cómo no voy a representar las sopas Campbell si es lo único que comí durante toda mi infancia?, respondía cada vez que alguien intentaba buscar el sentido profundo de esa omnipresencia en su obra. Así también, cancelaba cualquier expectativa depositada en la idea de genio que busca conmover saliéndose de la norma. Según él, no inventaba nada: sólo tomaba imágenes de aquí y allá, como una ama de casa americana que pasa latas de sopas Campbell o cajas de jabón Brillo de la góndola al carrito del supermercado. ¿Será por eso que llegó a convertirse en Mr. America?

Ilustrador y publicista que conocía perfectamente los modos de construcción de una imagen, un estilo y una marca, Warhol es mucho más complejo de lo que muchos creyeron en un primer momento. Pronto detectó el gigantesco poder de seducción del cine de Hollywood, la publicidad y los medios, una monumental usina de imágenes que desde su muerte en 1987 se ha multiplicado y potenciado aun más a escala global. De allí la implicancia de que llamara Factory a su célebre lugar de trabajo en la calle 47, concebido asimismo como una fábrica de sueños y relaciones sociales a la manera del Hollywood que siempre lo fascinó. A propósito de Hollywood, es interesante analizar la importancia que adquiere en su obra la palabra "screen" (pantalla). Un término que no sólo refiere al soporte utilizado por los distintos medios de los que se vale el artista sino al concepto general de su obra, concebida en sí misma pura superficie y espacio de proyección de imaginarios y deseos.

Concebida por el curador canadiense Philip Larratt-Smith especialmente para itinerar por Latinoamérica, es imposible que la muestra –que viene de Bogotá, luego viajará a San Pablo y probablemente llegue también a Cuba– soslaye la ambigua relación amor-odio que por mucho tiempo Warhol despertó en estas geografías. En gran medida debido a que la aparición de su obra en nuestros politizados 60 –tan identificada con la cultura pop de EE.UU.–, hizo que muchos la vieran sólo ligada al consumo, el poder y la fama, no dejaba lugar a medias tintas: o se lo amaba o se lo detestaba. En ese sentido el texto de Ana Longoni incluido en el catálogo, repasa ese vínculo e interesa particularmente porque rescata la lectura del pop que hizo Oscar Masotta, que desafió detractores de izquierda que vieron en él pura superficialidad o mera exaltación de la cultura de masas. Masotta pudo advertir en el pop una interesante perspectiva crítica ante el sensacionalismo contemporáneo, que en Warhol sobrevuela las series Pequeña Silla Eléctrica, Accidentes y la propia Jackie, como duelo amplificado y explotado a la exasperación, aunque el artista nunca se haya hecho cargo de ella. Más allá, la llegada de esta muestra se inscribe ahora en un horizonte de recepción totalmente distinto del que produjo las obras que la integran. Un horizonte que definió, entre otras cosas, la caída del muro y los códigos de la cultura globalizada.

Curadores, ¿héroes o villanos?

Hoy definen el carácter de las bienales y suelen ser los legitimadores de determinadas corrientes del arte contemporáneo. La pregunta, y la consiguiente polémica, está instalada también en nuestro medio. Entrevistados por Ñ, artistas, galeristas, curadores y críticos exponen su punto de vista.
Por: Marina Oybin

BIENAL DE VENECIA, 2009. La obra de la artista japonesa Miwa Yanagi, tan provocativa como insustancial, al igual que el montaje.
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En el vernisagge, la dama dispara sin anestesia: "¿Es necesario curar una muestra?". "Lo confieso –sigue– la palabra me recuerda a un cuerpo enfermo –¿un corpus de obras?– que después de una compleja operación –¿analítica, conceptual?– será sanado. Y, recién ahí, una vez dado de alta, irá sin reparos a las salas". ¿Pura asociación libre? No tanto: la disputa –solapada o no– entre curadores y artistas hoy existe.

Luis Felipe Noé abre el debate: "En medio del vacío, de la crisis –signada por la parálisis y el desconcierto– se inventó la palabra curadores: ellos dicen si los artistas no saben, nosotros sí sabemos: vinieron a llenar ese hueco con palabras". Como una femme fatale que abandona sus prendas con inquietante parsimonia, para Noé la pintura desató su show de strip-tease. Desde el romanticismo fue dejando de lado ciertos mecanismos de la experiencia pictórica anterior: un sistema analítico de despojamiento con fecha de fin a mediados de los sesenta. Crisis de la pintura y de la imagen: un tema que captura a Noé desde hace décadas. Y ahora, sí, en su casa-taller, una tarde de lluvia apocalíptica, dice que está decidido a terminar el libro que viene escribiendo hace años. El título ya lo tiene: El strip-tease de la diosa pintura. Y ahí va.

En medio de esa maraña, que el artista y teórico Noé caracteriza como crisis de "imago mundi", una invasión irrefrenable de imágenes a las que el hombre no es capaz de responder con una propia como lo venía haciendo incluso en el siglo XX, "aparecen una serie de respuestas lamentables". Noé menciona la Bienal de San Pablo de 2006 –donde la palabra intentó desplazar sin éxito a la obra– o la última Bienal de Venecia, donde el artista representó a nuestro país: "Varios pabellones no fueron hechos por artistas sino por curadores: eran más bien chistes, como por ejemplo el envío de los países nórdicos y el de Checoslovaquia". No anda con vueltas: "El curador a veces es la parte más patética: se hace cargo del vacío, lo llena con propuestas, y cree que ésa es la obra de arte".

"Yuyo" Noé quiere que quede bien claro: "Tengo el mayor respeto por los curadores (él también es curador, junto con Eduardo Stupía, en la Línea Piensa en el Centro Cultural Borges). Me parece magnífico que propongan el concepto de exposición que quieran, pero no pueden tomar el lugar del artista ni bajar línea: el problema es que de comentaristas pasaron a protagonistas". Y concluye: "Hoy esa forma de hacer curaduría entró en crisis".

El curador –del latín curator, significa cuidador– era el encargado de conservar, catalogar y exhibir el patrimonio museístico. Al lado del director de museo y el crítico de arte, una figura de bajo perfil. Recién a fines de los setenta y con más fuerza en las dos décadas siguientes, con la explosión de las exposiciones formato bienal y la proliferación de kunsthalles y museos que desataron cientos de muestras itinerantes y temporarias, el curador, con nuevas funciones, devino rey de la fiesta. Un combo de poder y capacidad legitimadora. "Seleccionan quiénes van a valer en el futuro, en quiénes podemos apostar e incluso pueden validar nombres y hasta poner en valor obra olvidada", afirma Delfina Helguera, coordinadora de la carrera de "Curaduría y Gestión de arte" del ESEADE (Escuela Superior de Economía y Administración de Empresas).

Para Marcelo Pacheco –curador jefe del MALBA, al frente de las inolvidables muestras de Jorge de la Vega, Víctor Grippo y Oscar Bony– el curador y la práctica curatorial producen contenido, narración, ponen en circulación y dan visibilidad. Desde luego, un impacto que se siente en el mercado, el ámbito académico y el institucional.

Sin medias tintas: las galerías, claro, necesitan a los curadores para posicionar y vender sus artistas. Un link fundamental. "Los curadores son los que dicen sí o no en el VIP. Los patovicas de la entrada a la disco", dispara Florencia Braga Menéndez, curadora, galerista y directora general de Museos de la Ciudad. Y agrega: "Es increíble: generan una liturgia que los implica como si fueran desinteresados, y eso es una mentira. La comida se las paga siempre alguien: galería, museo, gobierno, institución global. Cuando un curador se plantea como independiente siempre hay alguien detrás seduciéndolo para venderle sus proyectos".

Curator, comisario, comissaire, curador en nuestras pampas. Devenidos stars, arrebataron el poder que tuvieron críticos como Harold Rosenberg o Clement Greenberg, peso pesado ferviente promotor de Jackson Pollock, Willem de Kooning y Clyfford Still, entre otras luces del expresionismo abstracto. Hoy existe un star system con nombres que pisan fuerte como el nigeriano Okwui Enwezor –sin dudas, curador global siglo XXI–, Robert Storr, Catherine David y Mari Carmen Ramírez. ¿En la Argentina? "No, aquí es demasiado provinciano. Sí, se da la disputa entre curadores y artistas. Y hay curadores más estrella que otros, pero no dejan de ser todos domésticos y hogareños", afirma Pacheco.

Las palabras, las cosas y el vacío

¿Qué opinan los curadores? "Estoy de acuerdo con Noé. Hay muchas operaciones para llenar con palabras rimbombantes obras que no dan para mucho: creo que el buen arte no se explica tanto", sostiene Helguera. Por su parte, Pacheco señala la exaltación de las palabras en bienales y grandes muestras. La metástasis del discurso que bien apuntó Gumier Maier: "En el agujero aparece discurso hasta por debajo de las baldosas". Eso, aclara Pacheco, no tiene nada que ver con la práctica curatorial.

"Adhiero absolutamente a lo que dice Yuyo, incluso creo que los curadores no sólo se cuelan en el hueco, sino que han generado y promovido el hueco traducible. Cualquier mercado se alegra de tener más mercadería en circulación. Tener muchos artistas fue un objetivo de las sociedades vinculadas al universo mercado del arte", sostiene Braga Menéndez y señala que la institución curatorial frigidiza el arte: "Lo vuelve previsible, cómodo y accesible, pero el mundo del arte no está hecho para ser fácil y predigerido. En ese camino, bajo un ejercicio de domesticación, "los curadores suelen matarle la carga de sentido y dejar afuera a muchos artistas que no son fáciles de entender".

Ana María Battistozzi, crítica de arte y curadora, disiente con Noé: "El curador no aparece por el vacío que generó el strip-tease de la pintura, sino cuando los museos y espacios de circulación se multiplicaron, pasaron a formar parte de la industria de la cultura y generaron mayores demandas de programación. La nueva figura surgió cuando instituciones importantes se vieron obligadas a generar varias muestras por año".

Curadores creadores: ¿pretensión justificada?

Y hasta se ha planteado, bajo la idea del curador autor –al estilo del director autor de un filme–, que la exposición se convierte en una nueva obra, cuyo autor es el curador ("¿Los pasteles calientes del funeral sirvieron de fiambres en las mesas de la boda?"). "Eso pasa en las bienales, donde el curador explora una idea, y al final lo individual se pierde en esa especie de maremágnum colectivo: termina siendo el espectáculo del curador", afirma Helguera. "Para mí eso es un disparate mayúsculo: el acto creativo le toca al artista, y nadie se lo arrebata. En la curaduría estamos hablando de la posición discursiva sobre la obra o sobre el artista", dice Pacheco, quien reconoce que, con la idea de la curaduría como creación, el artista vio limitado su campo de acción. "En eso estoy de acuerdo con Noé –dice–, pero hay que poner el foco en que el curador es un producto de la transformación del sistema poscapitalista tardoindustrial: es una figura funcional para el neoliberalismo porque administra lo que el sistema necesita que esté concentrado en una sola persona: legitima, actúa con el coleccionista, con el periodismo, el público, los artistas, los galeristas, las ferias, las bienales y en la academia". Battistozzi reconoce que si bien la curaduría es un trabajo creativo "no la llamo obra para que ningún artista se ofenda: muchos en nuestro país tienen el viejo prejuicio romántico del artista genio, se creen excepcionales por el solo hecho de crear y no pueden ponerse a la altura de otros, como por ejemplo de un investigador".

¿A estudiar curaduría?

Hoy, si bien la mayoría de los curadores salieron de la carrera de Historia del Arte, los especialistas sostienen que también pueden ser punto de partida otras disciplinas, que van de la filosofía hasta el cine. "Para mí –apunta Pacheco– la carrera de curaduría sólo genera buenos operadores culturales capaces de colgar una muestra, pero de ahí a la curaduría hay un largo camino". Es que para Pacheco la curaduría no tiene que ver con la idea de conocimiento como búsqueda de la verdad o con un absoluto, sino como un lugar de preguntas. La curaduría no está relacionada con una sola disciplina, sino que es un cruce de disciplinas, vinculado con un formato narrativo (la exposición) que se produce en el campo de la práctica.

Los especialistas coinciden: en nuestro país se confunde curaduría, montaje y colgada de obras. "Justamente como el curador se transformó en la figura más importante, con más poder, más reconocida y mejor paga, muchos se travistieron en curadores", señala Pacheco, quien confiesa que normalmente en Buenos Aires. se ven malas exposiciones: no hay un desarrollo curatorial interesante. "Cada vez que se inaugura una exposición o se cuelgan dos obras, en la invitación aparece alguien como curador: todo está cada vez más enfermo", sostiene.

¿No es tan válida la mirada, la selección y el criterio del propio artista como lo es la del escritor con sus producciones, por dar un ejemplo? ¿Siempre es necesario un curador? Pacheco afirma que cuando un artista está exponiendo su propia obra no necesita un curador: "Sería absurdo, a lo sumo llamás a un iluminador. Pero artistas y curadores han sido cómplices en generar esta dependencia: los artistas llaman a los curadores porque les viene bien, y éstos hacen clin caja y ponen lo que encontraron en el taller".

Si se trata de la muestra del propio artista, Battistozzi reconoce que no es necesario un curador, aunque considera que siempre es importante que el artista tenga un interlocutor para hacer una buena selección y tomar distancia de su obra. "Hay muestras en las que los artistas han hecho pedazos su propia obra porque no pueden desprenderse de nada", dice.

Curadores y artistas: ¿cabeza a cabeza?

Para los especialistas consultados, la figura del curador no compite con la del artista. Seleccionar obras o artistas, y articularlos en una construcción narrativa, ya sea en muestras históricas, monográficas o retrospectivas, siempre ha sido tarea de los curadores. Requiere, sin duda, un conocimiento profundo para reunir e hilvanar obras impensadas. La curaduría –explican– es una tarea vinculada a la edición y a la narración. Una puesta en circulación de sentido edificada con un ejercicio de preguntas: "Tiene que ver con ir interrogando y generando respuestas, y sobre las propias respuestas volver a preguntar. Siempre yendo en relación con la producción artística que se está curando: eso permite elaborar la hipótesis alrededor del tema que se está trabajando", dice Pacheco, quien busca dejar puntos suspensivos para que el espectador pueda deslizarse a través de las obras, y desatar otras lecturas. "No se trata de colgar cuadros ni de elegir un tema o un artista o de hacer una investigación al estilo universitario". Es una posible interpretación que no obtura otras potenciales lecturas. "Las obras pueden vincularse en una dirección o en otra porque el arte es polisémico", dice Battistozzi, y destaca "la necesidad de que los curadores trabajen en diálogo con los artistas para que la construcción de sentido no sea un invento o una ficción".

Braga Menéndez admira a los curadores con producción propia, y reconoce que, en su caso, piensa la muestra a partir de la obra terminada como un ejercicio de talento sobre el talento ajeno, apuntando a potenciar la subjetividad pura del artista: "Si no hay alguien interesante del otro lado, no me interesa hacer nada. Pero lo cierto es que muchos curadores terminan completando las obras de los artistas, en una dirección que consiste en volver traducible, no a las masas sino a los grandes capitales, un concepto de un protoenunciado filosófico". Además, "la curaduría que generaron las instituciones, desde los años cincuenta hasta hoy es apriorística. Hay muchos curadores que sienten que tienen una excelente idea, pero en general son ideas publicitarias o pretendidamente profundas (nombran lo complejo en una constelación de palabras que no llega a constituir un enunciado). La pretensión de polisemia que implica poner estas palabras sueltas en el espacio, y que el artista las cargue de sentido, crea un universo muy burdo, de esnobismo y perversión: transforma al artista en mero ilustrador".

Pero, ¿qué opinan los artistas? Prácticamente todas las respuestas –excepto en uno de los casos– apuntan contra la pretendida autoridad de los curadores. El genial Rómulo Macció es contundente: "Yo sé dónde pongo mis cosas. Los curadores no me interesan para nada: no los necesito". El artista recuerda que en una de sus muestras en el Centro Cultural Recoleta colgó las obras como quería, "pero como había un curador que tenía que justificar su sueldo, les decía a todos viste cómo colgué los cuadros de Rómulo". Remata: "Por ahí me equivoco, pero no necesito ningún curador, ni enfermero ni operador visual: deciles que se vayan a tomar por baño".

En la vereda opuesta, Eduardo Stupía reconoce que tuvo una experiencia "extraordinaria" en su muestra en Cronopios. "El curador puede pelearse con vos, pero la disputa es estratégica, nunca de sentido. La obra es conceptualmente irreductible: si bien la obra también es aquello que se dice de ella, aun así, lo que se dice de ella no es la obra: esa es la paradoja".

Para el artista Germán Gárgano, existe un discurso del mundo del arte hegemónico que impuso un nuevo canon donde la obra está sostenida por la palabra y la mano del artista no debe estar presente. "La obra es la idea, el proyecto previo: la palabra pintada. Pero la pintura es proceso –y, claro, conflicto–: eso se transmite, pega en el cuerpo, conmociona". Para este canon, afirma Gárgano, pintores como Noé, Gorriarena y él mismo pertenecen al viejo canon. "Curar es hacer de la obra discurso, y si yo no sé o quiero saber cada vez menos de mí mismo ¿por qué poner mis intentos bajo el ala del discurso? No es algo que pertenezca al campo de la pintura, pero el que quiera participar de eso que lo haga: será otra cosa".

Marcos Zimmerman, que en 2009 expuso en el instituto Cervantes de Tokio y, además, deslumbró una vez más con libro y muestra titulados "Desnudos sudamericanos" –un ensayo fotográfico con rasgos etnográficos que le llevó siete años de trabajo–, considera que el curador entró en el mundo de la fotografía, esta vez, por el vacío provocado por el desconocimiento de los galeristas: "Los curadores ocupan un lugar en un universo de fotógrafos que transformó la fotografía en puro artificio: por eso se necesita un curador que explique lo inexplicable". "Yo no necesito a nadie que explique lo que hago: lo explico yo y se explica automáticamente por la misma obra. Si es necesario poner un traductor, el público está en problemas: porque quizás recibe las cosas como son, pero hay alguien que le dice que eso no es cómo lo está viendo. Y entonces nadie se anima a decir el Rey está desnudo".

El pecado de ser espectador

John Berger relata su visita a la galería londinense, en la que se propuso dibujar una obra de Antonello da Messina y fue reprimido por la seguridad del lugar. "Prohibido crear."

LA CRUCIFIXION en la versión de John Berger, tributa a Antoello de Messina.
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Estaba en Londres el Viernes Santo de 2008. Temprano por la mañana decidí ir a la National Gallery a ver la "Crucifixión" de Antonello da Messina. Es la pintura más solitaria que conozco de esa escena, la menos alegórica.

En el trabajo de Antonello –y hay menos de cuarenta pinturas que se le atribuyen sin discusión alguna– hay un especial sentido siciliano de presencia que es desmedido, que rechaza toda moderación o autoprotección. Se puede escuchar lo mismo en estas palabras que dijo un pescador de la costa cercana a Palermo y que Danilo Dolci registró hace unas décadas.

"Hay veces que veo las estrellas por la noche, sobre todo cuando salimos a buscar anguilas, y me pongo a pensar. '¿El mundo es en verdad real?' No puedo creerlo. Si hay calma, puedo creer en Jesús. Si alguien insulta a Jesucristo, lo mato. Pero hay veces que no creo, ni siquiera en Dios. 'Si es cierto que Dios existe, ¿por qué no me da un respiro y un trabajo?'"*.

En una Pietà que pintó Antonello –en la actualidad se encuentra en el Prado–, un ángel desvalido sostiene al Cristo muerto y apoya su cabeza contra la de él. Es el ángel más piadoso de la pintura.

Sicilia, isla que admite la pasión y rechaza las ilusiones.

Tomé el ómnibus hasta Trafalgar Square. No sé cuántos centenares de veces subí los escalones de la plaza que llevan a la Galería y, antes de entrar, a un panorama de las fuentes vistas desde arriba. A diferencia de muchos puntos de reunión urbanos famosos –tales como la Bastilla en París–, la plaza es, a pesar de su nombre, extrañamente indiferente a la historia. Ni los recuerdos ni las esperanzas dejan ahí su huella.

En 1942 subí los escalones para asistir a los conciertos de piano que Myra Hess dio en la Galería. Habían retirado la mayor parte de las pinturas debido a los ataques aéreos. Tocaba Bach. Los conciertos eran a mediodía. Mientras la escuchábamos, estábamos tan mudos como las escasas pinturas que había en las paredes. Las notas y los acordes del piano nos parecían un ramo de flores atado con un alambre de muerte. Tomábamos el ramo vivo e ignorábamos el alambre.

Ese mismo año de 1942 los londinenses escucharon por primera vez en la radio –creo que durante el verano– la Séptima Sinfonía de Shostakovich dedicada a la Leningrado sitiada. Había empezado a componerla en la ciudad durante el sitio en 1941. Para algunos de nosotros, la sinfonía era una profecía. Al escucharla, nos decíamos que la resistencia de Leningrado, a la que ahora seguía la de Stalingrado, llevaría por fin a la derrota de la Wehrmacht por parte del Ejército Rojo. Y eso fue lo que pasó.

Es extraño cómo en tiempos de guerra la música es una de las pocas cosas que parecen indestructibles.

Encuentro la "Crucifixión" de Antonello con facilidad, colgada al nivel de los ojos, a la izquierda de la entrada a la sala. Lo que resulta tan notable de las cabezas y los cuerpos que pintó no es sólo su solidez, sino la forma en que el espacio pintado circundante ejerce presión sobre ellos y la manera en que éstos luego resisten esa presión. Es esa resistencia lo que les da una presencia tan concreta e indiscutible. Después de mirar un largo rato, decido tratar de dibujar sólo la figura de Cristo.

Algo a la derecha de la pintura, cerca de la entrada, hay una silla. La hay en toda sala de exposición, y es para los vigilantes oficiales de la galería, que observan a los visitantes, les advierten si se acercan demasiado a una pintura y contestan preguntas.

Como estudiante pobre, me preguntaba cómo se contrataba a los vigilantes. ¿Podría postularme? No. Eran mayores. Había mujeres, pero eran más los hombres. ¿Era un trabajo que se ofrecía a determinados empleados municipales antes de jubilarse? ¿Eran ellos los que se ofrecían? Como sea, llegan a conocer algunas pinturas como el jardín trasero de su casa. Escuché conversaciones como esta:

¿Puede decirnos dónde están las pinturas de Velázquez, por favor?

Sí, sí. Escuela española. En la sala XXXII. Sigan derecho, doblen a la derecha al final y luego tomen la segunda a la izquierda.

Buscamos su pintura de un venado.

¿Un venado? ¿Se refieren a un ciervo macho?
Sí, sólo la cabeza.

Tenemos dos retratos de Felipe IV, y en uno de ellos su magnífico bigote se curva hacia arriba, como lo hacen los cuernos. Pero me temo que ningún venado.

¡Qué raro!

Tal vez el venado esté en Madrid. Lo que no deben perderse aquí es Cristo en la casa de Marta. Marta está preparando una salsa para pescado y machaca ajo en un mortero. Estuvimos en el Prado, pero no había ningún venado. ¡Qué lástima! Y no se pierdan nuestra Venus de Rokeby. La parte posterior de la rodilla izquierda es impresionante.

Los vigilantes siempre tienen dos o tres salas a su cargo, por lo que van de una a otra. La silla junto a la "Crucifixión" por el momento está vacía. Después de sacar mi cuaderno, una lapicera y un pañuelo, coloco con cuidado mi mochila sobre la silla. Empiezo a dibujar. Corrijo error tras error. Algunos triviales. Otros no. La cuestión más importante es la escala de la cruz en la página. Si eso no está bien, el espacio circundante no ejercerá presión alguna y no habrá resistencia. Dibujo con tinta y me humedezco el dedo índice con saliva. Mal comienzo. Doy vuelta la página y empiezo de nuevo.

No voy a cometer el mismo error otra vez. Cometeré otros, por supuesto. Dibujo, corrijo, dibujo.

Antonello pintó en total cuatro Crucifixiones. La escena a la que más volvió, sin embargo, fue a la de Ecce Homo, donde Cristo, liberado por Poncio Pilatos, se ve expuesto a las burlas y oye a los sumos sacerdotes judíos pedir su crucifixión. Pintó seis versiones, todas ellas retratos de la cabeza de Cristo sufriente. Tanto el rostro como su pintura son firmes. La misma tradición lúcida siciliana de poner a prueba las cosas sin sentimentalismo ni complacencia.

¿El bolso que está en la silla es suyo? Miro a un lado. Un guardia de seguridad armado mira con severidad y señala la silla.

Sí, es mío.

¡No es su silla!

Lo sé. Puse el bolso ahí porque no había nadie sentado. Lo retiraré de inmediato. Levanto el bolso, doy un paso a la izquierda hacia la pintura, me pongo el bolso entre los pies, en el piso, y vuelvo a mirar mi dibujo.

Su bolso no puede estar en el piso.

Puede revisarlo. Aquí está la billetera y estas son cosas para dibujar, nada más. Abro el bolso. El guardia se da vuelta. Dejo el bolso en el suelo y empiezo a dibujar otra vez. A pesar de su solidez, el cuerpo que está en la cruz es muy delgado. Más delgado de lo que se puede imaginar antes de dibujarlo.

Se lo advierto. Ese bolso no puede seguir en el piso.

Vine a dibujar esta pintura porque es Viernes Santo.

Está prohibido.

Sigo dibujando.

Si insiste, dice el guardia de seguridad, llamaré al supervisor.

Levanto el dibujo para que pueda verlo.

Tiene cuarenta y tantos años. Macizo. De ojos chicos, u ojos que achica al adelantar la cabeza.

Diez minutos, digo, y termino.

Llamaré al supervisor ya mismo, dice.

Escuche, contesto, si hay que llamar, llamemos a alguien del personal de la galería, y con un poco de suerte van a explicar que no hay problema.

El personal de la galería no tiene nada que ver con nosotros, dice entre dientes. Somos independientes y nos ocupamos de la seguridad.

¡Seguridad, las pelotas! Pero no lo digo.

Empieza a pasearse lentamente de un lado a otro, como un centinela. Yo dibujo. Ahora estoy dibujando los pies. Cuento hasta seis, dice, y luego llamo.

Se acerca el celular a la boca.

¡Uno!

Me lamo el dedo para hacer el gris.

¡Dos!

Corro la tinta sobre el papel con el dedo para marcar el hueco oscuro de una mano.

¡Tres!

La otra mano.

¡Cuatro! Avanza hacia mí.

¡Cinco! Póngase el bolso al hombro.

Le explico que, dado el tamaño del cuaderno de dibujo, si hago eso no podré dibujar.
¡El bolso al hombro!

Lo levanta y lo sostiene ante mis ojos.

Cierro la lapicera, tomo el bolso y digo mierda en voz alta.

¡Mierda!

Abre los ojos y mueve la cabeza sonriendo.

Lenguaje obsceno en un lugar público, anuncia, nada menos. Vendrá el supervisor.

Distendido, da lentas vueltas por la sala.

Dejo caer el bolso al suelo, saco la lapicera y echo otra mirada al dibujo. La tierra tiene que estar ahí para limitar el cielo. Con unos pocos toques indico la tierra.

En una "Anunciación" que pintó Antonello, la virgen está de pie ante un estante en el que hay una biblia abierta. No hay ángel. Un retrato de la cabeza y los hombros de María. Los dedos de las dos manos colocados sobre el corazón están abiertos como las páginas del libro profético. La profecía pasa entre sus dedos. Cuando el supervisor llega, se para, brazos en jarra, más o menos detrás de mí, y anuncia: Abandonará la galería escoltado. Insultó a uno de mis hombres, que estaba haciendo su trabajo, y gritó palabras obscenas en una institución pública. Ahora va a caminar delante de nosotros hasta la salida principal. Supongo que sabe el camino.

Me escoltan escaleras abajo hasta la plaza. Ahí me dejan, y suben con energía los escalones, ya cumplida la misión.

Aquí está el dibujo.

*Citado en Sicilian Lives, de Danilo Dolci. 1981. Trad. Joaquin Ibarburu