sábado, 27 de febrero de 2010


Performance, un arte transgresor y polémico
Para algunos, ya ha pasado el momento de gloria de esta manifestación artística cuyo material básico es el cuerpo. Sin embargo, en ferias de arte, en museos y frecuentemente en la calle, la performance sigue ofreciéndose como una crítica del lugar que arte y cuerpo ocupan en la sociedad.
Por: Mercedes Pérez Bergliaffa




RECREACION de Marina Abramovic de la histórica performance Cómo explicar la pintura a una liebre muerta (1965) de Joseph Beuys, en el Guggenheim de Nueva York, en noviembre de 2005.


Expuestos a sol y sombra, con agujeros, implantes y tatuajes. Estirados, engrosados, adelgazados. Muchas veces, hasta comprimidos. Con todos sus cambios y atributos, sin embargo hay algo que permanece igual: cuando mueren, los llamamos "cadáveres". Mientras tanto, dos metros cuadrados de piel se extienden sobre esta masa de órganos, sangre, piel y huesos que tanto nos importa y que denominamos "cuerpo", y que se vuelve, en el transcurrir del tiempo y de la técnica, tan modificable y expresivo como cualquier otro material, como una mezcla de mecánica o software con carne. Comunicando lo que queremos decir (y sobre todo, lo que no queremos decir), para algunos artistas en especial, el cuerpo pasa a ser una obra de arte en sí misma, pero una obra muy particular, en la que el cuerpo es todo a la vez: fin, obra, proceso, práctica y saber, exhibiendo algo que excede, y en mucho, las posibilidades que ofrecen las palabras, los sonidos y las formas inventadas o proyectadas. Es la performance.

En Latinoamérica, el término inglés "performance", que no tiene equivalente en español ni en portugués, es utilizado durante los últimos años de una manera más amplia que en el resto de los países, para hablar de dramas sociales y de prácticas artísticas relativas al cuerpo y a sus desempeños sociales.

"Being in the wrong place at the rigth time" ("Estar en el lugar equivocado en el momento justo") dijo el artista Gianni Motti cuando en junio de 2004 apareció en TV con una bolsa de papel en la cabeza y los brazos por detrás, en obvia alusión a los prisioneros iraquíes de Abu Ghraib y durante la final de Roland Garros donde estuvo presente oficialmente George Bush. Y esto de estar en el lugar incorrecto y en un tiempo descolocado vincula a gran parte de las performances y performers de todas las épocas. O, por lo menos, los vinculaba hasta ahora.

Sin lugar a dudas, este tipo de arte que pone su base y medio principal en el cuerpo, sus acciones y su exploración, y al que llaman "performance", no puede dejar de mostrar su propia carnalidad, su propia materialidad pesada y volumétrica. Y resulta curioso que, en medio de tanta contemporaneidad virtual, de tanta negación a la propia espontaneidad corporal de los seres humanos (todo el tiempo se pretende reducirnos, hacernos utópicamente más leves, reglados, sépticos e ideales); que en medio de tanta conquista tecnológica y de seguir comunicándonos en ausencia por medio de celulares, Internet o teléfono; que con tanta negación de los fenómenos orgánicos, y con pleno auge de la virtualidad, la performance siga teniendo cabida o, más que eso, una vuelta renovada. ¿O es que, quizás, en medio de esta etapa de desarrollo de los medios virtuales, la performance vuelve para recordarnos que tenemos cuerpos y que somos, sobre todo, animales? "Sociedades cada vez más tecnificadas descargan sobre el cuerpo exigencias similares a la que se reserva para las máquinas", comenta el filósofo Christian Ferrer en su ensayo El arte del cuerpo en la era de su infinita perfectibilidad técnica. "La articulación entre afán de belleza y tecnología quirúrgica evidencia los temores actuales a la carne corruptible", dice.

Justamente la performance es el único tipo de arte que nos toca totalmente de lleno en esto y pone el dedo en plena llaga al recordarnos nuestros límites físicos y biológicos. Nos lleva a confrontarnos con ellos, a estar de cara a la muerte y a la corrupción de la carne. Y recordar nuestras lentas podredumbres puede no resultar demasiado agradable para la mayoría de la gente.

"La exigencia de felicidad está cronometrada por el minutero, y entre sus consignas se cuentan la detención del deterioro corporal y de la extenuación cotidiana. Se diría que se intenta invisibilizar a la muerte. Justamente, la tecnología del siglo XX tuvo como misión impedir el desplome físico y emocional de la población", cita Ferrer en el mismo ensayo.

Pero en la performance se trabaja justo con lo opuesto a esta tecnología: con el tiempo, el espacio, el cuerpo corruptible y con los límites humanos. Se nos presentan seres sensibles y, como tal, susceptibles de sufrimiento. Por lo menos, así era la performance durante su auge, alrededor de 1970.


Regreso del performer a la feria

Actualmente, presentes en la mayoría de las bienales de arte internacionales, en las galerías de arte contemporáneo y hasta en las ferias de arte como ARCO (lo que podría ser una paradoja, ya que nacieron en su momento como algo no negociable y en contra del mercado), los performers (o artistas que hacen performances) van aggiornando la cosa.

Pero, en definitiva: ¿qué es actualmente la performance?

"Performance es el contenedor de muchísimas otras expresiones," contesta la artista argentina Marsha Gall, quien se encuentra en plena elaboración de su doctorado sobre performance en la Universidad de Nueva York, "como por ejemplo, el happening (donde se privilegia el uso del espacio) y el body-art (donde el cuerpo es tu tela). Históricamente, en los 60, la performance surgió como un arte que se salía de los parámetros de las disciplinas y de las instituciones de circulación de esas disciplinas. Por eso, la performance siempre fue un campo que, en un punto, desafía. Entonces definirla es muy complicado, y hasta pasa que cuando se define se vuelve algo muerto".

"Performance es acción, performance es activar", responde la artista Teresa Pereda, quien recoge tierra de distintas zonas de la Argentina y la intercambia en otros puntos del planeta, en una especie de ceremonia performático- ritual. "En performance, se terminó el tiempo y se terminó la obra. Por eso la podés llamar 'arte efímero' o de muchas maneras".

"En un principio, en las décadas de los 60 y de los 70, las performances eran una rebelión contra la mercancía", sigue comentando Gall. "En ese sentido, las performances y los cuerpos que las constituían eran un medio artístico. Aunque, si pensamos en las performances actuales de esos chicos que hacen de banderillas en la fumigación de los campos de soja, que, aunque se encuentran en edad escolar son usados como cuerpos descartables (propios de la nueva etapa del capitalismo), entonces, en este tipo de performances, el uso que se hace del cuerpo es instrumental".

Pero, ¿es que a esto se lo puede llamar "performance"? ¿Es que esto tiene algo que ver con el arte? A esto responde Gall: "Como en nuestros países no hay prácticamente instituciones de arte, entonces las performances más interesantes ocurren en las calles, y por medio de una redefinición del espacio público".

"En la universidad donde trabajo hay un grupo de gente que hace performances frente a cámaras de vigilancia; hay otro que estudia el chisme como práctica social; hay un doctorando al que le desaprobaron el estudio de los kamikazes como performers porque piensan que eso está inserto en un marco muy perverso", explica Gall. "Entonces, se me ocurre pensar que con ciertos contextos, en ciertos encuadres, existen reticencias; por ejemplo, a ver a las Madres de Plaza de Mayo como performers. Ellas mismas mostraron reserva cuando les comenté esto. Pero el punto que yo veo es que son performers porque, a partir de organizarse en ronda, de ponerse pañuelos blancos, de moverse en ciclos, lograron salvarse de la muerte. Hicieron notar su presencia".

"Creo que en las dos cuestiones (en la artística y en la de los chicos-banderillas, por ejemplo) el abordaje del cuerpo es instrumental. Eso es lo que tienen en común", finaliza Gall.

"La actuación lucha con la po lítica", comentó el director de teatro y dramaturgo Ricardo Bartis en una entrevista realizada recientemente por Clarín, acerca de las modificaciones que fue sufriendo el teatro; "se ha ido generando una situación confusa porque hoy todo es actuación, campo de representación. (...) Uno acepta, por supuesto, el fenómeno de la televisión, la irrupción del campo de la imagen de manera permanente, la idea de la multiplicación, la idea de que algo es verdad y al mismo tiempo es mentira, el ver en presente algo que parece que está ocurriendo acá pero en realidad es allá... Uno acepta todo, pero se modifica la percepción. Entonces, el arte del actor, que antes tenía el lugar privilegiado de crear desde la mentira un campo poético-ilusorio, cuando la mentira circula extendidamente en el campo de lo cotidiano, se debilita, padece". ¿Será entonces la performance la única capaz de mostrarnos la verdad, de salir fortalecida y no debilitada de esta confrontación?

Si bien hay cuatro elementos básicos que la constituyen (el tiempo, el espacio, el cuerpo del performer presentando –y no representando– y la relación que se establece entre él y el público), sus límites muchas veces se desdibujan al cruzarse las disciplinas. Por eso es prácticamente imposible de definir (en realidad, esta es una de sus características más ricas, la de su no-definición exacta).

Podrían, sin embargo, mencionarse acercamientos que ayuden a comprender lo que una performance es dentro del campo del arte. Borrando nociones de género y público, el término "performance" refleja lo que excede a las manifestaciones culturales esperables y clasificables en categorías que utiliza sobre todo el pensamiento cultural occidental. Llama a cuestionar las taxonomías; señala nuevas posibilidades interpretativas sobre y en nosotros mismos, bollos de nervios, células, sangre, cabellos y piel. Pelotas de pensamientos, sensaciones, callos y sentimientos. Nudos caóticos que no nos terminamos de conocer. Carnada o cebo para quienes, mediante la performance, por ejemplo, nos descolocan, nos ponen en un lugar desconocido, y nos llevan, a pesar de nosotros mismos, a una situación anterior a todo, a un llamado antiguo y genético, prehistórico, intuitivo. A veces ritual.


En el principio fue el cuerpo

Por todo esto, el performer es el protagonista de un punto de intensidad estética particular. Porque, ¿de qué otra manera se podría definir a la propia vida que no sea con la intensidad de la vida misma, auténtica?

Y, lo sabemos, la vida no se repite dos veces. La performance, entonces, tampoco.

Su ideología sostiene un acto único, aquí y ahora. Una metamorfosis irrepetible, en la que, tal como sostienen algunos críticos, el cuerpo del artista se convierte en un santuario de autenticidad. Y, como tal, revela. Por eso, antes que nada, una performance ofrece una forma determinada de conocimiento.

Silvia Hilario es actriz y trabajó en experiencias teatrales donde los límites con la performance aparecían nublados. "Siempre me preguntaba," comenta, "cuando actuaba en proyectos como La marea, de Mariano Pensotti, hasta dónde lo que hacía era una performance y hasta dónde una intervención teatral. Y pensaba que el límite es muy impreciso, porque el cruce es tan amplio, las diversidades tan enormes... Esa obra, por ejemplo, si la ves desde el campo de las artes visuales tiene un sentido; pero si la ves desde otro contexto, como el teatral, por ejemplo, allí las palabras se articulan de otro modo, el sentido es completamente diferente".

Fue Duchamp el que en los años 30, encarnando a Rose Selavy, comenzó a dar las primeras señas de lo que luego fue comprendido como performance. También Tristan Tzara y los artistas del Cabaret Voltaire realizaron acciones similares. A fines de los años 30, Antonin Artaud tuvo una influencia decisiva en los artistas de entreguerras, con El teatro y su doble, fundando un teatro de la vida, de la autenticidad, del gesto y de la improvisación.

En los 60, con los grupos que crearon el accionismo vienés, la Situacionista Internacional, Fluxus y los happenings, este tipo de arte se terminó de afianzar.

Günter Brus, Otto Mühl, Hermann Nitsch y Rudolf Schwarzkogler realizaron, entre los 60 y los 70, performances extremas, en las que sus cuerpos eran sometidos a un grado de violencia muy grandes. Frecuentemente eran llevados a prisión por períodos breves, acusados de violar las leyes de decencia, y sus trabajos eran caratulados como "fuera de la moral". "Muchos se autodestruyen para autoencontrarse", menciona Lea Vergine en su libro Body art y performance, como una especie de "sublimación autobiográfica".

Yves Klein, Vito Acconci, Marina Abramovic, Valie Export, John Cage, Hermann Nitsch, Chris Burden, Carolee Schneemann, Yoko Ono, Joseph Beuys, Wolf Vostell y Allan Kaprow fueron otros artistas que fundaron la performance en los 60. En 1970 el dúo británico Gilbert and George creó la primera "escultura viviente", constituida por una performance durante la cual se pintaban de oro y sangre.

Pero quizá sea la obra de los accionistas vieneses, autoagresivas y extremas, la que más llama la atención, aunque todos los perfomers de esas décadas buscaban al ser humano "auténtico", no "castrado" por al funcionalismo de la sociedad; al hombre que vive por fuera de las leyes de la conveniencia o del provecho.

Para opinar sobre ellos, nadie mejor que la directora y dramaturga Susana Torres Molina, quien el año pasado estrenó Manifiesto vs. Manifiesto, obra basada en la vida y obra de Rudolf Schwarzkogler, el artista accionista vienés más extremo.


Performance de mutilación

"Manifiesto vs. Manifiesto surgió a partir de una nota que leí en la revista La Maga, en la que vi fotos de Rudolf y de los accionistas vieneses, un grupo de artistas que trabajaba sobre acciones, que estaba en contra de la palabra. Como las imágenes eran muy impresionantes (los mostraban en posiciones fetales, utilizando elementos quirúrgicos, realizándose automutilaciones) quedé muy impactada. En la nota también decían que Rudolf había muerto dejando escrito un manifiesto".

"Quedé tan shockeada con esas imágenes que, como un exorcis mo, empecé a escribir la versión que yo me imaginaba de ese manifiesto de Rudolf, o sea, un manifiesto apócrifo".

"Rudolf, a través de lo que mi madre intuyó en su momento, era alguien que sufría muchísimo", comenta Federico Pavlosky, psiquiatra protagonista de la obra, e hijo de Torres Molina y del Tato Pavlosky. "Realizaba acciones (que nosotros relacionamos con el teatro) que ahora, cuarenta años después, son difíciles de juzgar. Pero, en su momento, lo que él hacía traspasaba la línea de la inhibición, del miedo. Allí y entonces, sus acciones podían acarrear consecuencias importantes. Actualmente, para producir esas mismas consecuencias, las acciones no podrían ser las mismas. Esto fue algo que a nosotros nos impresionó mucho".

Hace algunos años, y movido por la curiosidad que le provocaba las performances de autoagresión física de los accionistas vieneses, Pavlosky realizó una jornada de análisis de la personalidad de Rudolf desde el punto de vista psiquiátrico en el hospital Alvarez, junto con su equipo de residentes, a Torres Molina y el actor Patricio Contreras.

"En medicina se dice que hay síndromes que pueden tener distintas causas. Por ejemplo, acerca de los tatuajes, piercings y automutilaciones, yo no me animaría a hablar de eso como parte de un problema psiquiátrico, pero sí podría decir que de cien personas que practican este tipo de acciones sobre su propio cuerpo, un cierto grupo de ellas probablemente sufra de trastornos que las hagan propensas, por ejemplo, a una automutilación, tales como el abuso de sustancias tóxicas, los trastornos de la personalidad o la psicosis. En el caso de Rudolf, su relación con la automutilaciones nos llevó a interesarnos por el accionismo vienés. Estos artistas hicieron algo que la mayoría de nosotros no nos animaríamos a hacer. Pero eso pasó de manera muy extrema sólo con Rudolf. El resto de los accionistas vieneses, tengo entendido que hoy en día son reconocidos catedráticos".

¿Cómo exhibir, o no, un acto? O, como decía David Zerbib, ¿cómo constatar los límites de nuestra presencia?

Probablemente sea en puntos indefinibles y cruzados como la performance, en donde haya que buscar respuestas o, más que eso, los sentidos de las preguntas. A fin de cuentas, y tal como dice Vergine, "nada es más físico que la práctica del misticismo" (es el alma la que canibaliza el cuerpo donde vive).

COMO VINCULAR CINE Y FILOSOFIA

La ética que Hollywood nos dejó

Con un original y atractivo enfoque, el filósofo estadonidense Stanley Cavell sostiene que en las películas norteamericanas suele darse una percepción de la conducta humana como algo impredecible, y en este sentido, contienen una enseñanza. En una entrevista exclusiva con Ñ, Cavell dice: "Encuentro verdaderas transformaciones metafísicas en los personajes".
Por: Santiago Bardotti


Dicho de manera frívola Stanley Cavell es el filósofo que se atrevió a poner el nombre de Kant junto al de Frank Capra; menos banal es el hecho que escribió varios libros para despejar las dudas que él mismo albergaba. Ante lo sospechoso de un filósofo que ha dedicado su tiempo al cine popular, Cavell mismo invierte la pregunta: 'cómo es posible que una persona cuya educación ha sido moldeada tanto por la frecuentación de los cines como por la lectura llegue a ejercer un oficio que consiste en reflexionar sobre filosofía? Filosofía del lenguaje común, filosofía de la vida cotidiana, los desafíos del escepticismo constituyen la familia de intereses filosóficos de este hombre hijo de emigrados judíos. Embarcado en la tarea, tan atípica en su medio, de una recomposición histórica del pensamiento norteamericano, las figuras de Ralph W. Emerson y Henry David Thoreau le dan a la escritura de Cavell un color característico. La expresión de Emerson "el coraje de ser lo que uno es" explica acaso la dedicación de Cavell a los problemas del cine, como él mismo dice "por lealtad a ciertas versiones más jóvenes de mí mismo". Los libros de Cavell sobre cine, a la par que libros teóricos, son libros que hablan particularmente de un conjunto de películas que aparecen así bajo una maravillosa nueva luz; porque, como él mismo dice, la crítica no debe manejarse con significaciones a priori, sino encontrarlas en cada caso y articularlas en una explicación coherente. Así la crítica se convierte en algo más que una operación técnica especializada: se vuelve un modo de hacer filosofía.

-'Cómo se relacionan las sobrias declaraciones sobre la muerte del cine y su propia idea sobre la desaparición del cine como su condición ontológica?

-No estoy seguro de haber escuchado declaraciones particularmente sobrias sobre la muerte del cine. Declaraciones ebrias, sin duda, y tal vez declaraciones tristes. Todo lo que recuerdo haber dicho de lo que podría llamarse la desaparición del cine es que fue después de descubrir que mi experiencia del cine contemporáneo estadounidense había sufrido una ruptura, que estaba en cuestión, que empecé a escribir sobre cine y que lo hice desde un primer momento con un fervor inequívoco. Eso fue a fines de los 60, en parte, debido a que durante diez años llegaron a estas orillas de forma bastante regular las películas de Rossellini, Antonioni, Fellini, Godard, Resnais y Truffaut. A eso se sumó el descubrimiento de la historia del cine estadounidense en distintos grupos cinematográficos que encontraron seguidores en las universidades. No es raro que en ese medio haya empezado a pensar seriamente que existían cosas como las películas estadounidenses como tales, no sólo películas que habían constituido un registro indispensable y persistente de mi vida, y la de mis amigos y mis padres, desde que tenía ocho años. En cuanto a la sensación de una muerte del cine por los cambios de sus medios físicos –o sea, porque ya no se hacen películas, obras cinematográficas que se hacen con película–, me conformo con esperar (no sé si eso me resulta más fácil o más difícil, dados mis ochenta años) y ver en qué se transforman los hechos de nuestra experiencia, de nuestro goce, de las nuevas tecnologías del cine narrativo en relación con la historia del cine. Creo que por primera vez desde el cine mudo, ahora el cine sonoro tiene una historia, algo tan perdurable y valioso como la historia de la música, la literatura o la pintura. De todos modos, nunca produjo una vanguardia significativa. Lo que pudo parecer que ocupaba ese lugar fue el "cine experimental", que se destacó cuando Hollywood estaba en su peor momento y el cine europeo hacía sentir su presencia. En mi primer libro sobre cine dije que éste era el arte que había evitado el tema del modernismo, o que lo había postergado.

-'El cine puede dar a los estadounidenses ese "pasado cultural común" cuya ausencia usted menciona como una tendencia de su cultura?

-Durante las primeras décadas del cine sonoro podría decirse que el cine contribuyó a brindar un presente cultural común a los estadounidenses. Si eso se va a convertir en un pasado cultural común es algo que va a depender de si las películas sonoras llegan a adquirir una historia, algo que se comparta en el plano cultural en el mismo sentido en que se comparte la novela estadounidense. Pienso que eso sólo sucedería si el cine pasara a formar parte de los programas de estudios de los colegios secundarios. Eso puede ser tan improbable como mi deseo de que la filosofía se enseñe de forma habitual en los colegios.

-'Empezó a interesarle el cine como la expresión artística que mejor representaba a EE.UU.?

-No sé si "mejor", pero me interesaba aclarar que el cine popular estadounidense tenía instancias de auténtica expresión artística.

-'En esas comedias hay un arquetipo de hombre y de mujer?

-Las comedias estadounidenses que más me interesan parecen desafiar, o parodiar, esos arquetipos, a menudo mediante el recurso de hacer al hombre más femenino que la mujer y viceversa. En Luna Nueva, es el hombre, Cary Grant, el que tiene conciencia de su aspecto y del efecto que causa. En La costilla de Adán, Spencer Tracy llora y le enseña a la mujer a llorar. Sin embargo es en el diálogo agresivo y enérgico que comparten a lo largo de una película donde se sostiene la igualdad de inteligencia y percepción entre géneros.

-'Por qué le parece importante complementar, rectificar a Freud con Austin en relación con la idea del "fehlleistungs" o lapsus?

-Me resulta fascinante que dos pensadores que ejercieron una influencia tan decisiva y permanente en mis intereses y trabajos tengan temperamentos tan diferentes como y que, a pesar de ello, coincidan tanto en la percepción de la conducta humana como algo que siempre escapa al control de formas impredecibles mediante lo que solíamos llamar Razón. Los grandes payasos del cine: Chaplin, Keaton, los hermanos Marx, descubrieron y demostraron que la conducta animal podía sobrevivir a sus desórdenes con cierta felicidad en un mundo de circunstancias fortuitas.

-Usted sostiene que el cine popular puede ayudarnos a entender filosofía, 'qué puede enseñar un filósofo como Wittgenstein sobre la vida cotidiana?

A prestarnos atención.

-'Por qué pueden gustarnos las películas malas, pero no tanto los libros malos y casi nada la mala filosofía?

-En algún momento dije algo sobre eso. Ahora, sin embargo, antes de contestar tendría que saber qué se considera una mala película ('aburrida? 'improvisada? 'con buena fotografía pero mal guión o una actuación pobre?), un mal libro ('irreflexivo? 'que se basa en falsedades? 'Que tiene un lenguaje banal?) o mala filosofía ('ejemplos trillados? 'Argumentos débiles? 'Una visión limitada del mundo?). Me imagino que puede hablarse de algo interesante hasta en una mala película, ya que la posibilidad de que aparezcan accidentes afortunados o regalos del cielo es mayor en el cine que en otros medios en los cuales cada sílaba es producto de la elección de una sola persona. Hay figuras que la cámara adora. Si una de esas figuras hace apariciones breves pero recurrentes en una película mala, puede brindarnos instancias de verdadero placer.

-'Es posible hoy hacer una filosofía que no sea un comentario o mera "literatura"?

-No estoy muy seguro de a qué se refiere con "hacer una filosofía". Sin duda pienso que es posible pensar y escribir de forma filosófica. Heidegger hace filosofía a partir del comentario sobre, por ejemplo, textos de Hölderlin. Wittgenstein, en cambio, menciona algunos nombres de filósofos casi al pasar. Los dos tienen una escritura característica, y los filósofos a quienes no les gusta uno de ellos, o ambos, pueden calificar lo que hacen de "literatura". Los filósofos analíticos discuten permanentemente entre sí y en ocasiones con momentos del pasado de la filosofía. Por lo que parece, eso contaría como comentario sólo si su interlocutor estuviera muerto. Otra cosa que Heidegger y Wittgenstein tienen en común es su negativa a pensar su trabajo dividido en campos, como por ejemplo la epistemología, la estética, la ética, etc. Se trata de una negativa muy difícil de sostener en la filosofía seria actual, donde lo que se llama filosofía es (en el mejor de los casos) una materia universitaria que se enseña y se ubica en una jerarquía entre otras.

-Usted habla de la existencia de formas degradadas del "perfeccionismo" de Emerson, esa voluntad de cambiar uno, de volverse mejor. Muchas comedias traicionan ese espíritu, volviendo el cambio cosmético.

-Estoy de acuerdo. Sin embargo, no hay ninguna idea valiosa que no pueda degradarse. Lo que quiero decir cuando llamo la atención sobre la degradación es que casi nadie encuentra instancias de logros genuinos (no degradados) en, por ejemplo, el género de las comedias de segundos matrimonios. Por supuesto que mi tesis es la contraria; encuentro verdaderas transformaciones metafísicas en los personajes; un darse una segunda oportunidad que no es en absoluto banal. El propio Emerson fue ('es?) víctima de la falta de atención de los filósofos.

-'El desprecio de los intelectuales por el cine popular obedece a esa idea de "perfeccionismo al alcance de todos", con esa revaloración de la vida cotidiana?

-Espero que no sea verdad en el caso de los intelectuales estadounidenses, de los que cabría esperar que tuvieran conciencia de la traición a las aspiraciones democráticas. Me parece que, si ese "desprecio" es algo que comparten los intelectuales estadounidenses, se debe a cierto temor a que su credibilidad como intelectuales quede en tela de juicio si declaran su gusto por el cine. El intelectual no constituye aquí una jerarquía social reconocible más allá del "intelectual público", una persona que observa y hace comentarios sobre acontecimientos públicos actuales. Sin embargo, hay algo más y tiene que ver con la edad del arte cinematográfico, con el tiempo individual y social en el que se llega a adoptar una posición intelectual en relación con la más nueva de las artes. Dada mi avanzada edad, pude crecer con padres que veían dos películas de Hollywood por semana a partir de fines de los años 30, en la primera década del cine sonoro. Veinte años después, esas películas aún no se habían renovado con una generación más joven de directores, pero ya tenían que compartir su público, cuya atención también abarcaba la televisión y el cine contemporáneo francés, alemán, sueco y japonés. Cuando sentí que perdía mi viejo interés y mi convicción en el desarrollo del cine estadounidense, así como la fascinación por la inteligencia más explícita de las películas "extranjeras" y de la escritura sobre cine (James Agee, Pauline Kael, André Bazin, las reflexiones de cineastas como Godard y Truffaut) empecé a poner a prueba mi experiencia escribiendo un libro sobre películas y sobre cine. No tenía idea de cómo iba a ser semejante libro. Cuando empecé sólo sabía que iba a escribir sobre todo a partir de la memoria (sin Internet ni máquinas para volver a ver secuencias). Esas motivaciones y esos procesos de composición son algo que ya no está a nuestra disposición. La motivación que supongo permanece intacta es la de entender cómo un arte que aspira a la popularidad puede seguir teniendo instancias tan espléndidas de intensidad intelectual y artística. En EE.UU.hubo en un tiempo cierta posibilidad de intersección del jazz con el teatro de Broadway, asociado a los nombres de George e Ira Gershwin, Irving Berlin, Cole Porter, Rodgers y Hart. Kurt Weill dio un salto exitoso con su Opera de tres centavos. El jazz luego se volvió difícil de tocar y de entender; excedió los límites de lo popular.

-'Puede hablar sobre su eterna fascinación por Jane Austen?

-La fascinación puede ser eterna, pero no empezó muy temprano. Como en el caso de las comedias de enredo matrimonial que me llamaron tanto la atención, se debe a que ponen de manifiesto la igualdad de inteligencia e ingenio entre hombres y mujeres. Ambos expresan u ocultan su pasión de manera inteligente e ingeniosa, por lo cual reciben una educación moral recíproca, lo que nos hace alentar esperanzas. Eso se logra en un mundo que a menudo desconoce esas posibilidades, un mundo de injusticia, como suele pasar. En Mansfield Park esta idea de injusticia se sostiene explícita mente en la esclavitud extranjera.

-Pero si hay formas degradadas de filosofía, 'puede existir lo opuesto, como la creación de prácticas legítimas de refinamiento en literaturas que se consideran degradadas, como la literatura de autoayuda por ejemplo? 'Podría surgir una transformación del yo verdadera, un hacernos mejores, cada cual según sus posibilidades?

-Es posible que quienes desaprueban algunos de mis intereses, por ejemplo, en lo que yo llamo (y no sólo yo) perfeccionismo moral, consideren que algunos de sus principales representantes, a los que admiro (como Emerson, Thoreau, Matthew Arnold, John Ruskin, por no hablar de Nietzsche), son escritores de algo así como formas degradadas de filosofía. A veces me parece importante insistir en que lo que esos escritores producen en ocasiones es filosofía o en todo caso no tiene sentido diferenciarlo de la filosofía. Otras veces no me interesan esas discusiones. Como sostengo que lo que hago se basa en lo que entiendo que la filosofía hace o permite hacer, y como esos escritores forman parte de mi formación, no estoy dispuesto a negarles el título de verdaderos pensadores filosóficos.

-'Hay una esencia trágica del cine oculta aun en su forma más básica de entretenimiento?

-Si la hay, y creo que en ocasiones sugerí que la había, debe depender del hecho de que las figuras que lo habitan son mortales, o proyecciones de mortales, no destinados sólo a la muerte, sino–quién sabe– que es posible que pasado su momento, el momento de la filmación, nunca vuelvan a ser los mismos, como observa Henry James. Esa, supongo, es la razón fundamental por la que no puedo pensar la animación como parte del cine. No sé qué diferencia puede suponer eso a medida que nos habituemos a experimentar la digitalización y podamos discriminar.

-Dice que el descubrimiento intelectual y el logro artístico no se implican mutuamente. 'Podríamos estar ante una de las causas del divorcio entre cierta crítica y el público masivo?

-Un lugar importante en el que no hay tal divorcio entre la crítica (o lo que podría llamarse crítica) y el público es en la escritura estadounidense sobre deportes. Los que escriben sobre béisbol, basquetbol, etc. saben que escriben para un público que, en buena parte sabe por lo menos tanto sobre esos deportes como los propios críticos. La exactitud, incluso el aspecto técnico, y la pasión de esa escritura pueden hacerla muy placentera, por más que uno lo haga sólo ocasionalmente, como yo.

-'Cuáles son las obligaciones del crítico?

Hacer que su trabajo sea digno del mejor público que pueda imaginar.

-'Sigue pensando que el cine no creó un discurso digno de sí mismo?

Ahora soy muy selectivo en lo que leo y no me atrevería a generalizar. Confieso que siento cierta tentación de preocuparme cuando, al ver el valioso canal de películas clásicas de la TV norteamericana que programa verdaderos tesoros de la historia del cine, escucho que el conductor le da la bienvenida al público y cita un hecho aislado que suele no tener relevancia alguna para la película (por ejemplo, que en esa película un actor famoso hizo su primer papel, o que en un primer momento se había elegido a otro actor para el papel protagónico, o que otro estudio u otro director habían rechazado el guión, etc.). No niego que eso puede ser una forma de permitir que un público anónimo y disperso experimente un primer interés por lo que va a ver, pero si no se intenta "un discurso digno del cine" en esas ocasiones en que se presenta una buena copia de una película sin cortes ni interrupciones, 'entonces cuándo podemos esperar que eso ocurra?

DUCHAMP EN BUENOS AIRES



La revolución de los objetos
Con el gesto de colgar un mingitorio en una muestra, en 1917, Marcel Duchamp se convirtió en ícono de un cambio radical: cualquier objeto, sacado de su función específica, puede considerarse artístico. La polémica no termina ni parece que vaya a tener fin, y se renueva ahora aquí con la gran muestra de Duchamp en La Boca.
Por: Ana María Battistozzi

MARCEL DUCHAMP con su obra Rueda de bicicleta (1913), su primer "ready made".
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A 90 años del enigmático viaje que lo trajo a estas costas en 1918, Marcel Duchamp regresa a Buenos Aires en medio de un gran ruido. Demasiado acaso para los gustos de este hombre que hizo de la indiferencia una militancia e impuso a su vida y obra un cerco de silencio.

La doble coincidencia de las nueve décadas transcurridas desde aquel legendario viaje y el cuadragésimo aniversario de su muerte fueron la oportunidad que aprovechó la Fundación Proa para inaugurar nuevo edificio y la primera exhibición individual enteramente dedicada al artista en este país junto a un coloquio que reunió la semana pasada a los más destacados especialistas en su obra..

La radicalidad de los planteos duchampianos y las múltiples proyecciones que los transformaron en parteaguas del arte del siglo XX, son el eje de la muestra Marcel Duchamp: una obra que no es una obra "de arte" . Curada por la joven investigadora Elena Filipovic reúne ciento veintitrés piezas entre las que se cuentan algunas realizadas por el propio artista, miniaturas, copias a mano, reproducciones, filmes y fotografías.

Ya la propia diversidad enumerada sugiere el desdén que Duchamp manifestó por la tradición de la obra que respondía únicamente a la actividad manual del artista, entendido como ser excepcional capaz de conferirle un valor superlativo a todo lo que lleva su impronta. El conjunto no sólo pone en escena la sintonía que el concepto duchampiano de objeto de arte mantuvo con la lógica de producción en serie propia de la modernidad industrial, sino que fue uno de los primeros en adquirir conciencia de que esta situación general de la cultura de época necesariamente afectaba la producción y recepción del arte.

¿Cómo arribó a semejante conclusión este pintor, hijo menor de una acomodada familia de Blainville –un pueblo de provincia francés como el de Madame Bovary– en la que todos, desde su madre a sus hermanos cultivaban algún vínculo con el arte y pasaban sus días a modo chejoviano practicando música, pintura o ajedrez? ¿Cómo si él mismo realizaba sensuales desnudos fauvistas antes de frecuentar el círculo ampliado de pintores cubistas de la llamada Sección de Oro que integraban Gleizes y Metzinger? Una declaración del propio Duchamp ofrece algunas pistas que podrían explicar la facilidad con que tomó distancia de aquel círculo y asimismo su irreverencia: "Yo no vivía en absoluto en un ambiente de pintores sino en un ambiente de humoristas," le dijo a Pierre Cabanne en la célebre entrevista que éste le hizo en 1967.

El punto de quiebre se produjo alrededor de 1913, un año después de haber presentado en el Salón de los Independientes de marzo de 1912 su "Desnudo bajando la escalera". Esta pintura, que representaba una figura descompuesta en diversos puntos de vista y que Duchamp definió como "la convergencia de varios intereses: entre ellos el cine y la separación de las posiciones estáticas de los fotocronogramas de Marey, en Francia y Muybridge y Eakins en América", fue rechazada. Según Duchamp, detrás de ese rechazo estuvo el propio Gleizes, uno de los teóricos del cubismo cuya producción expresaba una rígida concepción matemática. Al parecer, desató un escándalo y Gleizes se apresuró a pedirles a los hermanos de Duchamp que intercedieran para que la retirara. El hecho lo llevó a pensar en la llamada "institución arte" y su funcionamiento. Pero desde allí evitó todo tipo de asociaciones con artistas y en adelante llevó una trayectoria más bien esquiva y solitaria.

Es probable que el incidente lo llevara a pensar también sobre qué hace de una obra una obra de arte y en la función legitimadora de las instituciones, ya sean museos, salones, galerías, crítica o grupos de artistas de vanguardia. De allí la pregunta que se formuló y sirve de título a esta primera exhibición antológica en Buenos Aires: "¿Puede uno hacer obras que no sean obras de arte?" Está claro que el interrogante iba dirigido a sí mismo como artista .

Con todo, las razones del giro radical que experimenta la práctica de Duchamp y la reflexión que llevó al límite las definiciones y fronteras de lo que hasta entonces se había considerado arte, no han llegado a ser del todo desentrañadas. Ni por sus allegados ni por los diversos especialistas en su obra que desde los años 60 proliferaron sobre todo en Francia, Inglaterra y los Estados Unidos, a medida que ella mostraba conexiones con las estrategias artísticas del presente.

Lo cierto es que a partir de entonces Duchamp dejó de pintar para dedicarse a escribir, recoger objetos de uso cotidiano y abandonarlos descuidadamente en su estudio. Es preciso señalar que la pintura había sido el gran soporte del arte desde mucho antes de que el siglo XVIII proclamara el arte autónomo pero desde entonces funcionaba como espacio por excelencia de la experiencia estética del sujeto. Contra ella y lo que representaba institucionalmente se lanzó Duchamp en la segunda década del siglo XX y lo suyo fue más una actitud que una práctica.

"A finales de 1912 yo ya pensaba en otra cosa", le dijo a Cabanne decretando la ruptura entre su hacer y lo que llamaba despectivamente pintura "retiniana". Lo cierto es que por ese momento ya los problemas visuales y formales del cubismo que había plasmado en sus obras de 1911 y 1912 habían dejado de interesarle. La elección de este momento como punto de partida de la muestra de la Fundación Proa revela la intención de la curadora de descartar un ordenamiento cronológico en función de poner el acento en el camino que abrió el artista en la perspectiva de un arte del pensamiento. Por esa vía, Duchamp fue minando la exigencia de la manualidad en favor de la reflexión al tiempo que aprovechaba las posibilidades de la producción en serie y la proliferación de objetos para el consumo de masas que, a los efectos de producir sentido funcionaban igual.

"Quería alejarme del aspecto físico de la pintura adoptar un aspecto intelectual frente a la servidumbre de todo artista frente a lo manual", afirmó al hacer un balance de ese momento de su vida en los años 60.

Así empezó a llevar a su estudio objetos de uso cotidiano: primero un taburete y una rueda de bicicleta, un perchero, una pala, un mingitorio, un portabotellas. ¿Qué era lo que determinaba la elección de estos objetos que más tarde llamó sus ready mades? Sólo la indiferencia, respondió una y otra vez. Lo fundamental era defenderse de su aspecto. "Es muy difícil elegir un objeto porque al cabo de los días uno acaba apreciándolo o detestándolo", le explicó a Pierre Cabanne.

Así, el estudio se convirtió para este hombre solitario en el gran ámbito de experiencias, reflexiones, refugio privilegiado de su práctica de ajedrez y reuniones con el selecto grupo que integraron oportunamente el poeta y coleccionista Walter Arensberg y su esposa Louise, Man Ray, Breton, la coleccionista Katherine Dreier, el escritor Henri Pierre Roché, que llevó a su novela Jules et Jim la relación entre él, Beatrice Wood y Duchamp y apenas un puñado de amigos más.

Dos cuestiones de suma importancia para la obra de Duchamp –que manifestó en todo momento una aguda percepción sobre el sentido del lugar que ocupan los objetos, su relación con el espacio y el contexto– son destacadas y entrelazadas, tanto en el ordenamiento espacial propuesto por Filipovic en Proa como en los textos de la curadora en el catálogo. Una de ellas refiere a la actividad que Duchamp realizó como curador o montajista de exhibiciones. Desde el especial interés que le dedicó a la construcción de pequeños museos portátiles, las 300 Boites en valise (Cajas en valija), que concibió para regalar a amigos con una minuciosa reproducción de cada una de las obras que consideró de interés dentro de su producción, a los originales diseños que concibió para exhibiciones a escala normal como la Exposición Internacional del Surrealismo de 1938, que tuvo lugar en la Galerie de Meaux Arts de París y la de Primeros papeles del Surrealismo, que tuvo lugar en Nueva York en 1942.

La otra cuestión, vinculada con esto mismo, tiene que ver con el interés que reviste su estudio como espacio de trabajo y de exhibición que a través de numerosas fotografías históricas, muchas de las cuales están en la exhibición y muestra el acontecer silencioso y privado de su experimentación. Por caso, la fotografía que Henri Pierre Roché tomó en 1916 que registra la imagen de un urinario colgando del techo, un año antes de que Duchamp presentara en el Salón de los Independientes un artefacto similar que llamó "Fuente" y firmó como Mutt. Nadie imaginaba por entonces la relación del jurado Duchamp con el artefacto que sus colegas descartaron sin consultarle y arrumbaron detrás de un panel. Su propia hermana barrió los primeros ready made del artista cuando fue a limpiar su estudio, una vez que Marcel partió en 1915 a Nueva York. Fue en su estudio neoyorquino que elaboró durante casi ocho años el "Gran Vidrio", compleja transparencia de múltiples implicancias asociada con las investigaciones de la visión y el erotismo como funcionamiento de una máquina. La versión que exhibe ahora Proa, no es aquella de 1915-23, sino una versión realizada para el Moderna Museet de Estocolmo.

Por último, su estudio de Nueva York esa escena doble espacio, público y secreto, que montó como para simular que durante 25 años no hacía otra cosa que jugar al ajedrez. En realidad trabajaba en esa suerte de instalación erótica que llamó "Etant Donés" que dejó boquiabiertos a todos tras su muerte.

Las implicancias de cada uno de estos gestos-estrategias que Duchamp fue adoptando a lo largo de su vida artística abrieron un sinnúmero de posibilidades, que fueron aprovechadas y resignificadas por el arte de posguerra. No sólo el gesto del ready made habilitó la posibilidad de usar objetos o imágenes de consumo público, algo que aprovecharon desde Warhol, Lichtenstein y todos los artistas pop a León Ferrari, sino las operaciones performáticas actuales de asunción de otros roles como las de la artista americana Cindy Sherman, remiten al Duchamp que representó personajes inventados como Rose Selavy, la Belle Haleine. Pero también toda la reflexión que desocultó los factores que determinan las condiciones de recepción de una obra, lo que define como arte la institución, sus reglas y estrategias legitimadoras, algo que constituyó el eje de los planteos de artistas conceptuales como el belga Marcel Broodthaers o el alemán Hans Haacke y también el argentino Jorge Machi.

El teórico alemán Benjamín Buchloh sostiene que el ready made materializó "en un solo gesto lapidario las relaciones que el individuo mantiene con el objeto, la producción, su consumo y posesión. Y otra cosa: al plantear la idea de que la obra de arte pueda ser constituida indistintamente por el productor y receptor puso en crisis la actitud contemplativa y pasiva que la tradición romántico idealista le había reservado al espectador.

Y algo más que contribuye a revisar la falta de trascendencia que se le ha dado a su breve estadía en Buenos Aires entre setiembre de 1918 y junio de 1919, también con la excusa de que sólo jugó ajedrez. En Buenos Aires, realizó el ready made Malheureux (Infeliz) que envía como regalo de casamiento para su hermana Susanne y el pintor Jean Crotti. Se trata de una obra que, remitida por correo con precisas instrucciones para ser armada en destino. La obra, que se perdió como tantos otros de sus readymade, era en realidad un tratado de geometría que debía ser colocado en el balcón de la pareja en París para que el viento "eligiera los problemas, hojeara las páginas o directamente las rompiera". Así concebida, es un antecedente de la práctica conceptual contemporánea que permite la realización de obras a distancia con sólo respetar un protocolo de instrucciones emitido por el autor.

Duchamp, que viajó a Buenos Aires con Ivonne Chastel, ex mujer de quien sería el marido de su hermana. Llegó en setiembre de 1918 con la intención de permanecer alejado del círculo neoyorquino por lo menos unos dos años y se instaló en un departamento de la calle Alsina al 1700. "Buenos Aires no existe", es la lacónica impresión que envió a sus allegados. Pocos rastros quedaron de aquella estadía, apenas una papeleta de un juego de ajedrez y una serie de derroteros hipotéticos.

Metamorfosis del libro



La Feria del Libro de Buenos Aires se ha convertido, en sus 35 años de historia, en una fiesta colectiva. A partir de su lema, "Pensar con libros", Ñ se propone reflexionar sobre los cambios tecnológicos que transforman el mundo de la edición y hasta el concepto mismo de libro. Símbolo de la cultura a través de los siglos, sus modificaciones y nuevos soportes parecen prefigurar formas diferentes y novedosas de leer y, en consecuencia, de pensar.
Por: Alejandra R. Ballester Y Jorgelina Nuñez

El presente número de Ñ se propone reflexionar sobre el libro y sus mutaciones contemporáneas, y también sobre la forma en que éste se ha relacionado históricamente con el pensamiento. ¿Cambiarán los nuevos soportes la manera de leer y por lo tanto, de pensar?
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Cuando Gregorio Samsa se despertó no se detuvo a pensar de qué manera, a través de qué mutaciones, había devenido en insecto. Su preocupación inmediata fue cómo haría para ir a trabajar ese día. Podemos sospechar que en ese salto narrativo reside algo de lo que reconocemos como kafkiano. Si de metamorfosis se trata, las sucedidas en la cultura desde el advenimiento de Internet todavía mueven velozmente sus infinitas patas y generan euforia, escozor, extrañamiento... Los cambios son mucho más rápidos que nuestra posibilidad de pensarlos, tanto que los intentos de reflexión sobre las nuevas tecnologías se tiñen de futurología y suman coros de apocalípticos e integrados. Vivimos con la sensación de correr siempre varios pasos detrás de los acontecimientos y de la posibilidad de reaccionar ante ellos. Paul Virilio hablaba de la hipervelocidad de la información como de una "lógica de las carreras", una lógica que está llegando al mundo del libro en forma de bibliotecas digitales, e-books, librerías virtuales.

¿Qué mejor oportunidad que la nueva edición de la Feria Internacional del Libro en Buenos Aires, cuyo lema es "Pensar con libros" para reflexionar sobre estos temas sin prejuicios ni visiones apocalípticas?

El presente número de Ñ se propone reflexionar sobre el libro y sus mutaciones contemporáneas, y también sobre la forma en que éste se ha relacionado históricamente con el pensamiento. ¿Cambiarán los nuevos soportes la manera de leer y por lo tanto, de pensar? "Desde tiempo inmemorial el libro ha sido visto como la quintaesencia del testigo cultural, el condensado por excelencia del pensamiento de los individuos y las sociedades que nos precedieron", sostiene Christian Vandenthorpe en su investigación Del papiro al hipertexto. Y afirma categóricamente que bajo la forma electrónica, que permite la manipulación y el copy paste, el valor del libro se trivializa.

Las ediciones digitales y su comercialización son temas del 4° Seminario Internacional de Editores en esta Feria. Así llegan los ecos del mundo y sus nuevos protagonistas, de la mano de innovaciones –como el Kindle 2, el nuevo lector de Amazon– que promueven la aparición de colecciones digitales como la inaugurada por Carmen Balcells, concebidas con un criterio que, de prosperar, modificará profundamente el oficio de editores y libreros.

El antiguo proyecto de biblioteca universal –aquella que habría de concentrar el conocimiento del mundo y que en 332 aC inspiró la creación de la biblioteca de Alejandría– reaparece hoy impulsado por Google, una empresa de Internet. Todos los volúmenes del mundo podrían estar, en pocos años, al alcance de un click. Si hubo un tiempo en que los barcos que anclaban en el puerto de aquella ciudad de Egipto eran obligados por ley a dar a copiar sus papiros para aumentar el acervo de la antigua biblioteca, el buscador ya lleva digitalizados 7, 5 millones de títulos de las bibliotecas estadounidenses, sin permiso. "Google puede hacer que el sueño de la Ilustración (una República de las letras sin fronteras) se haga realidad. ¿Pero lo hará? Los filósofos del siglo XVIII veían el monopolio como el principal obstáculo para la difusión del conocimiento", alerta Robert Darnton, de la Universidad de Harvard, en un artículo reciente.

Pero por otra parte, ¿cómo no fascinarse ante el acceso rápido de lectores e investigadores a infinidad de textos? Muchos escritores aplauden la posibilidad de que las lecturas de sus libros se multipliquen en las más distantes regiones, a través de Internet. Parece probado, incluso, que la posibilidad de lectura en la web favorece la venta de libros y no a la inversa. Una encuesta reciente de Ñ digital dio mayoría de respuestas a favor de la iniciativa del buscador, frente a los que defienden las leyes del copyright.

Sin embargo, más allá de pantallas y mundos virtuales, cada vez que la Feria acontece, un fenómeno peculiar cobra vida. Algo que no es del orden del futuro sino del presente, o mejor, de la presencia. Un fenómeno que habla de la necesidad de encontrarse, de encontrarnos todos en un ámbito común para hacer lo que nos gusta: mirar y tocar libros, elegirlos, asistir a charlas, tomar contacto con los escritores, sentirnos partícipes de eso que llamamos cultura, cualquiera sea la definición que cada uno le otorgue a esa palabra.

En ese espacio, el libro adquiere un valor que trasciende los aspectos materiales y su condición de objeto de mercado, un valor que tiene en cuenta su carácter simbólico, cuyas transformaciones, aunque probables, son difíciles de definir.

Los grandes cambios, como el que ahora atraviesa el mundo del libro, comportan para muchos una amenaza, que no necesariamente se resuelve en pérdidas absolutas.

Avatares de la letra

El primero en desconfiar fue Platón quien no tardó en denunciar que la aparición de la escritura amenazaba el pensamiento. Si se aceptaba que éste se depositara en las palabras escritas ¿no se estaría socavando las virtudes de la memoria? ¿Y a dónde irían a parar la dialéctica, el diálogo productivo, el pensamiento que se despliega en el movimiento de la argumentación? Categóricamente, habría que haber condenado la escritura por muda y por estática. Según esa perspectiva, el pensamiento, en el siglo IV aC, ya estaba en extinción.

¿Y esa otra escena ante la que San Agustín queda perplejo, la de un hombre leyendo no en voz alta, como era lo usual, sino de manera silenciosa? ¿Acaso no prenunciaba esa intimidad la derrota del pensamiento y la discusión colectivos a favor de la más abyecta individualidad?

El diabólico invento de Gutenberg vendría más tarde a reforzar esa tendencia cuya consecuencia más directa habría de ser la abolición de la retórica, ese dibujo discursivo capaz de convencernos con palabras de que lo verosímil puede no ser verdadero y de que una astuta argumentación resulta más convincente que una prueba a ojos vista.

La puesta en escena en clave paródica de cada uno de estos momentos intenta advertir sobre catástrofes de la cultura o pretendidos retrocesos de la humanidad que han sido amargamente denunciados y cuyo recuerdo provoca hoy una sonrisa condescendiente. Y vienen a cuento ante la tan mentada muerte del libro a manos de su enemigo letal: el universo digital.

El artículo que abre este informe (p.10-11) pertenece a Alejandro Piscitelli, un estudioso del impacto que las nuevas tecnologías tienen sobre la sociedad y la educación. Se trata de un recorrido por los conceptos que nos permiten pensar la reciente cultura participativa inaugurada por la web 2.0, con el sello particular del trabajo/juego/invención de los lectores. Antes que hablar de muerte de la lectura, el autor prefiere pensar en su reinvención, a partir de un sistema de lectoescritura multimedial más democrático y masivo, en donde las imágenes, los sonidos, los objetos y su posibilidad de manipulación permiten desarrollar nuevos lenguajes y, por lo tanto, un pensamiento con características diferentes.

La nota de Piscitelli dialoga con la de Gloria Pampillo (p. 20-21) en la medida en que también ella historiza los avatares del pensamiento y concluye que más allá de los soportes que sostengan la lectura –de los cuales el libro tal como lo conocemos es apenas uno–, lo que importa son las complejas operaciones según las cuales, a medida que avanza en el texto, el lector se convierte en su coautor, es decir, le imprime una orientación y un significado de los que carece antes de ser leído.

El desarrollo de los nuevos modelos de e-book (el Kindle de Amazon y el Sony Reader), cuyas características acompañan la infografía de p.17 representan el desafío más concreto a los libros en papel. Robert Baensch, especialista en edición digital, fue entrevistado por Ñ y habla de los cambios que las nuevas tecnologías suponen para el mundo de la edición y su comercialización (p.17 y 18).

¿Será lo mismo leer en un dispositivo digital que en nuestros viejos volúmenes de papel? La pregunta disparó la idea de proponerle a un lector apasionado y escritor notable, como lo es Eduardo Belgrano Rawson, que narrara la experiencia de usar un e-book. El resultado es una crónica deliciosa y llena de humor (p.12 y 13) que nos devuelve a nuestra modesta realidad de subdesarrollo.

No es menor el lugar que los blogs de escritores tienen, en los últimos años, en la difusión y circulación de literatura. Por ese motivo, el nuevo espacio que tiene la poesía en Internet es analizado en profundidad por Santiago Llach (p.18). En la página que le sigue, el escritor Daniel Link habla sobre su propia experiencia como administrador de un blog que ya lleva más de un millón de visitas y al que utiliza, según sus palabras, como bitácora de escritura.

Ubicuo, infinito, garante del sentido son las características de esta divinidad tecnológica último modelo que representa el buscador Google y a cuya comparación con los dioses recurre Jorge Carrión en la p.15. En la que la precede, una entrevista con el representante de la empresa en la Argentina profundiza en su controvertido proyecto de convertirse en la nueva biblioteca de Babel mediante la digitalización de la totalidad de los libros. Una iniciativa altamente cuestionada que aquí se analiza en detalle.

Más cauto frente a la radicalización de las transformaciones, el filósofo y escritor Fernando Savater –invitado nuevamente en la Feria de este año– le responde a Ñ sobre la relación entre los libros y el pensamiento (p.22). En el mismo sentido, se les pidió a seis escritores y artistas que contaran cuáles libros fueron los determinantes a la hora de cambiar su manera de pensar (p.24-25).

El educador Francesco Tonucci, también invitado a la Feria, analiza la relación de los niños con los libros y se pregunta si frente a la pantalla será posible experimentar la emoción de leer. Crear un clima cultural deberá ser la función de la escuela, ya que la información llegará a través de la televisión e Internet. Cierra este informe, ya que de ferias se trata, un artículo sobre el estado actual de los proyectos relativos a la presencia de la Argentina como invitada especial de la Feria de Frankfurt 2010.

La TV que supera al cine



En los últimos años, la producción televisiva apostó a la revisión de los grandes géneros cinematográficos, al punto de superar en calidad y complejidad narrativa a muchos largometrajes de Hollywood. ¿El resultado? Grandes series como Los Sopranos, Lost y Six feet under y una fiebre de espectadores como no se ve desde los años 60. Aquí, un recorrido por las mejores ficciones de la pantalla chica actual.
Por: Damián Damore

NUEVAS FORMAS NARRATIVAS. Hace más de dos décadas, el crítico cultural estadounidense Neil Postman sentenció que la televisión nunca iba a tener tanto prestigio como el cine y la literatura. Ya no parece tan seguro.
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La producción televisiva norteamericana de la última década creó contenidos más heterogéneos y vitales que los que produjo Hollywood con sus tanques de pantalla grande en el mismo lapso. En general, la factoría del cine ha tendido tanto a lo universal –estereotipos que todos puedan reconocer fácilmente–, que de tan evidentes se volvieron casi invisibles. La franquicia se convirtió en una pieza que encaja justo en el deseo que diseñaron las grandes compañías, ya que conlleva menos riesgos económicos. El cine también se ve superado por la digitalización, el tránsito en redes cableadas contribuyó mucho con la producción televisiva: la TV digital ya es un hecho, mientras que los costos de proyección acarrean riesgos financieros cada vez más altos al cine. Se avecina una pulseada entre los distribuidores y los exhibidores para ver quién se hace cargo de esos costos. Esa ventaja la TV la aprovechó bien: la tradujo en más programas y series de calidad que nacen en montones año tras año. Con ese impulso, las cadenas ya evalúan coincidir sus estrenos en simultáneo con Latinoamérica, algo así como un prime time mundial. Hasta sus elencos cuentan con grandes estrellas de Hollywood, que ya no se conforman con actuar poco o con ponerle voces a las películas de animación. Queda claro que se da una especie de inversión en la relevancia de cada uno de estos formatos en los últimos tiempos; mientras el cine mainstream acostumbró al público a ver desparramar decorados y efectos especiales que desviaron el arte cinematográfico de sus exigencias específicas, la televisión norteamericana (tampoco hay que dejar de prestarle atención a las producciones de Inglaterra y Canadá), se renueva con ideas originales y sorprende cada vez más.

Vamos que venimos

David Chase, el autor de Los Sopranos, superó una barrera que ni David Lynch pudo sortear con la mítica serie Twin Peaks: el test screening, o la revisión semanal que las compañías comparten con los guionistas y un grupo de televidentes para apuntar sus reacciones y diagramar un guión potable. Aunque una máxima televisiva dice que ningún guionista se libera de los gustos de la audiencia, la negación de Chase de urdir el argumento con los oídos puestos en el clamor general salió bien. Así marcó –desde finales de los noventa, cuando la serie comenzó– cuales iban a ser las formas narrativas que el relato televisivo adoptaría los años siguientes. Los capítulos de Los Sopranos, por ejemplo, así como también muchos de Los Expedientes Secretos X, no respetaron el formato tradicional de 48 minutos que tenían habitualmente los capítulos de las series de una hora de duración; algunos duran menos, otros más. También se repitió la modalidad de los capítulos dobles.

De arranque feroz, en sus últimas dos temporadas Los Sopranos se entregó a un tono cadencioso. Se ha comentado mucho el final, la escena en el restaurante de Nueva Jersey (ver aparte); el propio Chase señaló en un programa de radio en 2008: "Si miran cuidadosamente el episodio final, allí está todo".

Cuando se comparan como menores a algunos productos televisivos con otros cinematográficos de factura similar –por ejemplo: El padrino vs. Los Sopranos–, ¿se discute de una guerra entre el cine y la TV? No: desde la década del 70 hasta estos días, la televisión es una fuente de ingresos importantes en la cadena de explotación de los filmes de Hollywood en la emisión por cable. Mucho menos si se tiene en cuenta que las grandes compañías dividen amablemente sus áreas de cine y TV. Entonces, ¿qué se discute?

Es notable que el relato televisivo actual exige medios de comunicación (foros, blogs, concursos, etc.) y fuentes más amplias de las que expandieron la idea de formato en los 60, años en que las series comenzaron a reunir fanáticos. El fugitivo o Misión: Imposible, en los Estados Unidos, y Los Vengadores, en Inglaterra –otro país con una rica historia en series– son buenos ejemplos de eso; décadas más tarde inspiraron a Hollywood que las adaptó al cine. Desde la Web, las series vuelven a reunir seguidores como la nueva TV Guía virtual, sitios programados que se añaden en Internet.

El sitio Wetpaint inventó una herramienta llamada TV Fandex. Mide la interacción de los usuarios con las series, independientemente del rating que tengan. La deliciosa Gossip Girl (Warner) es un cut & paste televisivo que renueva el soap-opera (el culebrón norteamericano) con sus irónicos relatos en off que desparraman las esperanzas que en el mismo tono trazaron bodrios como Amas de casa desesperadas o Sex & the City ("la felicidad no está dentro de nuestro menú", afirma un personaje masculino). Junto a la sobrevalorada Dr.House están entre las series que más debates generan en redes sociales. TV Fandex rastrea las páginas de Google, Facebook o Twitter y espía las discusiones que los cibernautas mantienen sobre sus ficciones favoritas.

Lost es otro foco. La historia de un grupo de sobrevivientes de un avión caído en una isla se disparó como un culebrón sobrenatural. Son numerosos y fervientes los seguidores: discuten en foros y reuniones sobre las infinitas tramas del programa que dirige J.J. Abrams. Si Los Sopranos es aristotélica, con su estructura clásica de construcción de relato; es decir, comienzo, desarrollo y final, Lost es heraclitana: su orden real coincide con el orden de la razón. "Un ser organizado organizándose a sí mismo", diría Kant. Lost fascina porque es un aluvión de información fragmentada. Ese flujo de libertad aforística que la serie impuso, nace de la idea de que la naturaleza diseñó gradualmente un plan previo a todos nosotros. Esa hipótesis no sólo gobierna la conciencia de cada uno de los náufragos de Lost; también la de sus fanáticos, náufragos bajo la misma ley que los personajes de la serie: que la actitud de la naturaleza es completamente diferente de la que conocemos. El canal AXN lanzó el concurso "Tu teoría Lost", un juego para compartir creencias. ¿Un adelanto para los productores sobre lo qué podría pasar en la próxima temporada?

Mientras tanto, J.J. Abrams no se queda quieto, además de filmar una nueva versión cinematográfica de Star Trek, sumó a su palmarés otra serie, Fringe (Warner), un sci-fi con un diseño de arte y gráfica cool. Fringe es parte de una nueva iniciativa de la cadena Fox conocida como Remote-Free TV: los episodios serán más largos que los de otras series y se emitirán con la mitad de anuncios y promociones del canal.

Sin luz, no hay televisión

Desde la llegada del video tape como herramienta de memoria, la televisión empezó a construir su historia en pasado y presente. Antes de eso, fue la era de la paleotelevisión; nada de lo que se emitía se grababa, de lo que se deduce que fue pura virtualidad, o mejor dicho, pura electricidad. La serie 24 (Fox) se propone como un relato de suspenso en tiempo real, el alma mater de la TV. Cada temporada son veinticuatro capítulos que representan un día completo en la CTU, una central que opera contra el terrorismo armado. Jack Bauer (Kiefer Sutherland), agente federal, es un rayo televisivo que llega a todas partes sobre la hora para evitar el desastre y anunciar la tanda. En rigor, más que ser una serie en tiempo real (artificio casi imposible en un relato como éste, que demanda varios puntos de vista y brutas elipsis), es un culto a la velocidad de la televisión, es decir, a la electricidad. En 24 la realidad virtual es más virtual que la paleotelevisión. Corte.

¿Cómo saber si de The Office (BBC) no es la edición de un panóptico que reúne imágenes de varias horas de gente trabajando dentro de una oficina? Además de contar con un actor excepcional en el papel del jefe cretino (Ricky Gervais), la serie condensa varios elementos del género más castigado de la televisión, el reality-show, con testimonios de los actores incluido. La versión norteamericana, con Steve Carrell en el papel del jefe, no tiene la acidez ni el tenor de su antecedente.

Larry David fue uno de los creadores de Seinfeld, la reina, junto a Friends, del comedy channel, un boom en la TV norteamericana de la década de los noventa. Curb Your Enthusiasm (HBO) tiene, como Seinfeld, una visión neoclásica de la historia: la preferencia de la razón por sobre el sentimiento es lo que prevalece en su corpus. La vida diaria del mismo Larry David –hombre orquesta del ciclo, ya que actúa, escribe, dirige y produce– es registrada con cámara en mano y resulta tan subjetiva (hay situaciones surrealistas) que parecemos participar de cada acción del protagonista. Curb Your Enthusiasm tal vez se reconozca en el futuro como el primer antireality de la TV. O como el lado B de Seinfeld.

Cada país tiene su forma de relato televisivo. En los EE. UU., en los 70, predominaron los policiales ( Starky & Hutch, S.W.A.T., Las calles de San Francisco); en los 80 fue el momento de las soap-opera y las familias disfuncionales ( Dallas, Dinastía, Falcon Crest; Blanco y Negro, Alf); luego se expandieron la sit-coms. Paradójicamente, en la era de la desmaterialización, aparecen los cuerpos como protagonistas de muchas series nuevas.
Smallville (Warner) es la precuela del Superman que casi todos conocimos, el hombre de acero. En la serie, el joven Clark Kent aun no descubrió todos los secretos de los poderes que le fueron concedidos y con torpeza rebota contra todos lados.

Life of mars es una policial inglesa producida por la BBC1: se emite por HBO. El estilo vintage recuerda a otro clásico inglés, Los Profesionales, que en los ochenta se vio por televisión abierta. En el primer capítulo de la primera temporada (ya anda por la segunda) de Life of mars, el inspector detective Sam Tyler (John Simm) oye en el I-pod de su 4x4 la canción homónima de David Bowie; se baja de su camioneta porque se siente mal y es atropellado por un auto. ¿Un volantazo shakesperiano? Tyler es succionado al año 1973, aunque en el ¡magazine! de su coche, que ahora es un Rover P6 de la época, la canción es la misma. Con su cabeza puesta treinta años adelante, Tyler se tritura en el ejercicio de moderar sus virtudes diarias adelantadas.

The Sarah Connor's chronicles (Warner) es el spin-off de Terminator. La serie regresa a las fuentes de las dos primeras partes de aquel filme dirigido por James Cameron (Terminator y Terminator II: El juicio final), la historia de la heroína esquivando a esa máquina asesina que quiere matar a su hijo para "asegurarse el futuro".

Con el legado del folletín y el teatro a cuestas, los procedimientos de relato de Los Tudors (People +Arts) lo acercan al típico melodrama: madres solteras, hijos bastardos, crímenes, traiciones, accidentes y enfermedades se cuelan capítulo tras capítulo. Todo resulta más atractivo pues se trata de los vericuetos entre las monarquías británicas y francesas: hay varias escenas de luchas y sexo entre cortesanos y no tanto. Producida por la Canadian Brodcasting Corporation, Los Tudors tiene como figuras principales a Jonathan Rhys-Myers (la estrella queer de Velvet Goldmine, el filme de Tood Haynes), en el papel de Enrique VIII, y a Sam Neill en el papel del cardenal Wosley, artífice de todas las decisiones apuradas que toma el rey.

Dr. House (Fox y Universal) despertó un nueva relación entre el público y los nuevos héroes de carne y hueso de la TV. A diferencia de lo que sucedía con los viejos héroes, representación de nuestros deseos más profundos, sus fans dicen amarlo pero ninguno quiere ser como él. La carga de empatía se trasladó hacia sus pacientes –nosotros, televidentes– más que a ese médico adicto al Vicodín. House (Hugh Laurie) atiende casos extremos. Es más: su castigo es hacer medicina tradicional. Con más gracia, Mental, estreno de Fox para esta temporada, se guarda momentos más simpáticos con la vida de un psiquiatra que trabaja en psiquiátrico de Los Angeles que usa su habilidad para penetrar en la mente de sus pacientes sin desestabilizar, claro, el ecosistema hospitalario.

Quédese para ver

La pantalla norteamericana sigue moviendo el tablero. El cineasta Ridley Scott acaba de estrenar por HBO y con producción de la BBC, Into the Store (con Jeremy Irons, Liam Neeson y Orlando Bloom en el reparto): un drama histórico que narra la vida del primer ministro británico, Winston Churchill, durante los años de la Segunda Guerra Mundial y los meses siguientes. La misma cadena también lanzó la segunda temporada de True blood. Se trata, atención, del nuevo trabajo de Alan Ball, el creador de Six feet under (ver aparte). La primera temporada no fue de lo mejor, pero la segunda levantó notoriamente y recogió buenas críticas de los medios estadounidenses y un pronto auge en la Web. Es un cuento gótico sobre vampiros jóvenes que han sido aceptados por la sociedad y conviven con los humanos; como en el filme Crepúsculo, pero con sangre y sexo. Sookie, una camarera de bar, tiene la habilidad de leerle los pensamientos a la gente. Y conoce a Bill, un vampiro que llegó al pueblo. En torno de una serie de metáforas sobre los derechos de los homosexuales, True blood posee un guión de hierro y frases memorables sobre las elecciones sexuales: "Leí en Hustler que todo el mundo debería tener sexo con un vampiro. Al menos una vez antes de morir", comenta un personaje. Los propios ejecutivos de HBO se sorprendieron del éxito obtenido por el programa y achicaron el plazo que separa el lanzamiento norteamericano de su difusión latinoamericana. Es la primera vez en la historia de la industria que un canal logra transmitir en la región una temporada a menos de seis meses de su estreno.

Mad Men (HBO) es otra de las series nuevas para tener en cuenta. Matthew Weiner es su productor, el mismo de Los Soprano. Con su segunda temporada en el aire en Estados Unidos y Canadá, la historia se centra en la vida de Don Draper (Jon Hamm), un alto ejecutivo de publicidad. Ubicada temporalmente en el medio de los cambios de la sociedad norteamericana en la década de los 60 –época en que el mundo fumaba sin prejuicios, como se ve acá–, el existencialismo jamás imaginó reflejar la descripción del sentido en el prime-time.

La escritura de la historia de la televisión en defensa de la TV de masas que promueve el investigador francés Dominique Wolton avala la retórica de una regenerificación y destaca las nuevas hermenéuticas individuales del consumo televisivo. No es la esencia de la televisión el punto de análisis, sino más bien las relaciones que convulsionan al público. El cuadro semiótico es la estructura de esa significación: se sostiene en la negación y en la confirmación y muestra que se mantienen los términos de un mismo eje semántico. El sociólogo y crítico cultural estadounidense Neil Postman, un seguidor de las ideas mcluhanianas , dijo hace dos décadas que la televisión nunca iba a tener tanto prestigio como el cine y la literatura, "aunque haya tanta basura de libros como para llenar el Cañón del Colorado". ¿Y ahora?

El público se fragmenta hasta reducirse o agrandarse a sus gustos personales. Habrá quien vea en Jack Bauer el conservadurismo de Donald Rumsfeld; pero otros que verán en el mismo personaje las agallas del tenista Rafael Nadal. La búsqueda de consumidores organiza a la industria y le da lógica.

LA TECNOLOGIA INVADE EL CUERPO



El hombre máquina
Comienza a ser realidad el transhumanismo: a partir del avance de la tecnología, el hombre introduce elementos de la máquina en su organismo para funcionar mejor, para experimentar o para compensar pérdidas. Estamos en la era del ciborg y, en esta edición, Ñ recorre el cine, la literatura y la actualidad científica para trazar el cuadro de una tendencia que puede hacer de Robocop un hecho.
Por: Bruno Massare

CINE OJO. Rob Spence, un cineasta canadiense, se implantó un ojo "biónico" que le permite filmar pero no ver.
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Ahora comenzaba a percibir muy claramente que el objeto detrás de mí era nada más y nada menos que mi nuevo conocido, el Brevet Brigadier General John A. B. C. Smith", escribía Edgar Allan Poe en el "El hombre que se consumió" (1839). Smith no era exactamente un ser humano y el cuento se anticipaba a la ola de experimentos, hallazgos y especulaciones que se desatarían un siglo después, corporizadas en la idea de organismo cibernético, o ciborg.

Acuñada en los '60, la palabra ciborg pronto filtró los límites de las ciencias duras, se cruzó a la filosofía y a la sociología (Donna Haraway la utilizó en su reivindicación del feminismo) y se volvió un tópico recurrente de la literatura y el cine de ciencia ficción.

Lejos de ser una rareza, ¿hasta qué punto no se han convertido en ciborgs buena parte de los habitantes de este mundo? Lentes de contacto, prótesis de cadera, órganos artificiales, marcapasos, audífonos. La incorporación de tecnología para reemplazar funciones del cuerpo humano –y también para mejorarlo o embellecerlo– se vuelve tan cotidiana que apenas se reflexiona sobre el acto en sí mismo. Salvo cuando la tecnología plantea nuevos dilemas.

El director de cine canadiense Rob Spence se coloca una prótesis ocular para reemplazar su ojo perdido a los 13 años, pero con una particularidad: el nuevo ojo no le permite ver, pero sí filmar en cualquier momento que desee. ¿Qué sucede cuando Spence llega a una reunión con su ojo-cámara encendido? ¿Tiene que avisarle al resto del grupo? El cineasta ya consiguió financiamiento del National Film Board de Canadá para la realización de un documental basado en su experiencia y de su muy particular perspectiva, una suerte de "gran hermano" en la ruta.

Los casos se multiplican: el científico inglés Kevin Warwick (ver entrevista) logra implantar electrodos debajo de su piel, que se conectan a su sistema nervioso y le permiten operar un robot a distancia sin mover un dedo. La nadadora neoceolandesa Nadya Vessey, que perdió sus piernas a los 16 años, hoy puede nadar gracias a una prótesis que simula la cola de una sirena. El atleta sudafricano Oscar Pistorius intenta clasificar para las olimpíadas y aparecen las quejas de otros corredores, pese a que él carece de ambas piernas. El argumento: las prótesis que utiliza son demasiado veloces y le otorgan ventajas sobre sus competidores.

De esta forma, la tecnología de alguna manera altera el concepto de prótesis, que tiene su origen en el griego prosthesis ("cosa añadida"), desde su asimilación original de reparación artificial de la falta de un órgano o parte de él a la posibilidad de expandir las posibilidades de lo que reemplaza. Es decir, los implantes son capaces de superar la función previa y el hombre puede adquirir habilidades totalmente nuevas.

Paula Sibilia, antropóloga argentina que actualmente reside en Brasil y autora de El hombre postorgánico, analiza en su libro lo que considera como "una transformación del campo metafórico al que recurrimos para pensar el cuerpo humano y para pensarnos (y vivirnos) como eso que todavía somos: cuerpos humanos. Se trata de un proceso de 'digitalización' del mundo, de la vida, la naturaleza y el hombre". Para la autora, "hoy uno de los grandes sueños de nuestra tecnociencia es la promesa de que los 'ingenieros de la vida' puedan efectuar ajustes en los códigos informáticos que animan los organismos vivos, así como los programadores de computadoras editan los programas de software. Todas esas reconfiguraciones y redefiniciones de la naturaleza, de la vida y del ser humano tienen profundas implicancias en todos los ámbitos".

Daniela Cerqui, antropóloga de la Universidad de Lausanne, Suiza, que ha estudiado el trabajo de Kevin Warwick en su laboratorio, se pregunta sobre las implicancias y los límites a la incorporación de tecnología al cuerpo humano. "Hay gente que argumenta que siempre hemos sido ciborgs porque siempre hemos recurrido a la tecnología para solucionar problemas de nuestro cuerpo. Desde este punto de vista, no habría razones para poner límites, porque sería algo natural para nosotros. La pregunta es: ¿qué tan lejos podemos llegar en esta mezcla con la tecnología? ¿Seguimos siendo humanos una vez que reemplazamos todos nuestros órganos con prótesis, algo que se está volviendo cada vez más posible?", cuestiona.

Más que humano

La reflexión y el debate acerca del uso y las consecuencias de la aplicación de nuevas tecnologías suele correr desde atrás y en muchos casos llega tarde. "Lo que sucede es que en general los científicos no se hacen muchas preguntas éticas. En una sociedad donde rigen las leyes del mercado y la fuerza del dinero, además de ser una época que exige el perfeccionamiento del cuerpo, es evidente que la moral colectiva no acompaña para que se den este tipo de debates", opina el sociólogo Christian Ferrer.

La distinción entre tratamiento (o terapia) y mejoramiento permite echar algo de luz sobre la necesidad o no de establecer límites a la utilización de tecnología en el cuerpo humano. Para Cerqui, "se suele pensar que estas tecnologías son usadas como un tratamiento, entonces automáticamente pasan a ser 'buenas'. Pero la definición de lo que se consideraba como normal está cambiando y entonces lo que hoy se considera mejoramiento mañana será considerado tratamiento. De esta forma estamos creando nuevas necesidades".

Así, la distinción entre lo que es necesario y lo que de alguna manera sería prescindible, o hasta suntuario, se desdibuja. Ferrer plantea: "¿Cómo se le dice a una chica que no se ponga una prótesis de siliconas si ella piensa que le puede ir mejor en la vida con eso?". De la misma manera, el sociólogo advierte cierta hipocresía en la crítica de los demás corredores a las ventajas que obtiene Pistorius con sus prótesis veloces, en vista de que "todos los deportistas de alta competencia están producidos científicamente".

Sibilia se pregunta: "¿No hubo siempre, al menos a lo largo de la Era Moderna, una vocación del hombre por autotransformarse, por mejorar e incluso superar técnicamente sus límites biológicos o naturales? La respuesta es sí, pero con una importante salvedad. Hasta hace muy poco tiempo, la técnica se utilizaba para inventar prótesis que no intentaban penetrar ni redefinir el 'substrato natural' del cuerpo humano, de la vida o de la naturaleza. Hay diferencias entre una herramienta como los anteojos y una operación de córnea, por ejemplo, y mucho más todavía si pensamos en el implante de una cámara ocular".

Están quienes ven en la tecnología el medio para mejorar al ser humano y lo esgrimen como un derecho. El movimiento transhumanista, representado a nivel global por la Asociación Transhumanista Mundial (fundada por los filósofos Nick Bostrom y David Pearce), postula el derecho de los individuos a desarrollar y lograr que estén disponibles tecnologías que permitan aumentar las capacidades físicas, intelectuales y psicológicas de los seres humanos.

Pablo Stafforini se graduó en Filosofía en la Universidad de Buenos Aires, dejó la Argentina para hacer una maestría en Canadá y actualmente forma parte del Centro de Neuroética de la Universidad de Oxford, Gran Bretaña. Antes de partir, había participado de la creación de la Asociación Transhumanista Argentina. "Siempre me interesaron las ideas radicales –dice Stafforini–. Y como se trata de tecnología aplicada a la condición humana, encontré que había cosas que me interesaban." Si bien perdió contacto con el grupo que creó en la Argentina, Stafforini dice que en Oxford "hay un enfoque particularmente favorable al transhumanismo".

Esta corriente filosófica que postula que la naturaleza del hombre va a cambiar gracias al desarrollo tecnológico –el objetivo es la evolución hacia el hombre "poshumano"– ha sido atacada tanto por utópica como por sus principios éticos. "Muchas críticas vienen de los llamados bioconservadores, que básicamente consideran a las capacidades humanas como una especie de 'don' y que entonces uno no debería recurrir a la tecnología para modificarlas", argumenta Stafforini.

Para el especialista en bioética Eduardo Rivera López, profesor-investigador de la Universidad Torcuato Di Tella e investigador adjunto del Conicet, es irrelevante la discusión acerca de lo que es natural o artificial, pero sí considera que debe discutirse "si la medicina (y, en general, la tecnología) debe restringirse a ofrecer tratamientos para enfermedades o si también es lícito que sea utilizada para conseguir mejoramientos".

Según el investigador, "una preocupación importante es distributiva. Hay consenso en que los servicios básicos de la medicina curativa deben ser accesibles a todos sobre la base de la igualdad. Para lograr esto, las sociedades invierten una proporción muy importante de sus recursos. Por eso es impensable que una sociedad pudiera, además, ofrecer servicios de mejoramiento con un criterio igualitario, ya que los costos serían prohibitivos. Esto implica que la tecnología aplicada al mejoramiento sería accesible sólo para algunos, lo cual introduciría un factor de desigualdad social. Por ahora no me parece que esto sea alarmante, pero tal vez en un futuro no muy lejano pueda serlo".

Stafforini considera "muy difícil hacer una distinción entre terapia y mejoramiento. Yo no creo que en todos los casos pueda definirse una diferencia fundamental con respecto a qué se considera normal. Se supone que un tratamiento debe alcanzar ese nivel y que si lo supera estamos hablando de una mejora y entonces quizás no debería estar cubierto por un sistema de salud. Pero en la práctica no está todo tan claro".

La pregunta, entonces, vuelve a si debe establecerse alguna clase de límite al uso de la tecnología en el cuerpo humano. Stafforini sostiene que "si la tecnología permite incrementar el bienestar de las personas, no habría límites. Pero puede haber otros: el bienestar de las otras personas. Por ejemplo, si sólo unos pocos pueden acceder, el resto puede sentirse afectado".

Cerqui tiene una mirada más crítica sobre el transhumanismo y resalta la necesidad de "pensar colectivamente qué queremos para nuestro futuro, porque actualmente hay sólo una cuestión de grados entre nuestra medicina actual y el transhumanismo. Eso significa que necesitamos plantearnos límites, pero el problema es que no hay consecuencias negativas en todo esto para quienes consideran al cuerpo sólo como un recipiente".

El cuerpo perfecto

Las nuevas posibilidades que ofrece la tecnología también tienen un efecto en la consideración de las discapacidades y en cómo se ven a sí mismas las personas con alguna discapacidad. "Hay un movimiento muy importante de gente con discapacidades negando que esa condición implique algo intrínsecamente negativo –apunta Stafforini–. Si lo es, argumentan, es porque el resto no tiene esa discapacidad. Es decir, que si nadie viera, estaría mal tener visión. Yo no comparto esa idea, sobre todo cuando se traslada, por ejemplo, a casos de padres sordos que quieren tener hijos que también sean sordos".

En línea con un antropocentrismo a ultranza sostenido en el avance técnico, el aumento de la longevidad es planteado como una meta por quienes hacen de la tecnología una cuestión de fe. Stafforini está seguro de que "la mayoría de la gente diría que sí a la pregunta de vivir cinco años más y de manera más saludable. ¿Uno debe morirse para que otras personas ocupen su lugar? Yo creo que, igual que las religiones, son mecanismos de defensa para reconciliarnos con el hecho de que nos vamos a morir. Pero en la medida en que las nuevas tecnologías se desarrollen, sin dudas todos querrán vivir más".Si para los transhumanistas este proceso derivará en una suerte de especie biológica nueva, capaz de reemplazar las partes del cuerpo que ya no sirven y de monitorear la salud en todo momento a través de chips implantados bajo la piel, quizás haya que preguntarse, como lo hace Ferrer, "¿por qué se quiere perfeccionar el cuerpo? Mi respuesta es que la gente está alienada y no es feliz con su propio cuerpo. La tecnología funciona como una muleta en este caso. Pero es un fenómeno relativamente nuevo porque antes no había lugar para plantearse cosas así, se consideraba que el cuerpo estaba hecho a semejanza de Dios".

Sibilia hace un repaso de cómo fue cambiando esa percepción del cuerpo en la cultura occidental: "Si en la Edad Media la naturaleza era enigmática y misteriosa, porque correspondía a un universo sacralizado y era compatible con un tipo de hombre creado a imagen divina, a partir de los siglos XVI y XVII esa naturaleza tuvo que reconfigurarse y, respondiendo a los nuevos ritmos y exigencias de la era industrial, la naturaleza fue gradualmente desencantada y mecanizada. Pero había una creencia en algo que se consideraba 'la naturaleza humana', más allá de cuyos límites la tecnociencia no podía hacer demasiado. Pensemos en los mitos, desde Prometeo hasta Frankenstein, en todos esos casos la moraleja estaba muy clara: las fuerzas humanas no eran todopoderosas, los hombres no podían inmiscuirse en todos los ámbitos".

Desde el cuerpo heterogéneo de pensamiento que conforman las religiones, Leandro Pinkler –investigador de la Universidad de Buenos Aires, especialista en mitología y religión– explica que "no se puede decir en un sentido estricto que haya una postura unívoca del judaísmo, el cristianismo y el Islam, como religiones monoteístas, con respecto a estas discusiones. Incluso dentro del judaismo y el cristianismo pueden aparecer posiciones muy distintas: los más amplios aceptan el uso tecnológico porque la aplicación de la razón es también una capacidad que Dios otorgó al hombre, pero determinan su límite de acción según los distintos puntos de vista de cada uno". Pinkler cree que "seguramente el papa Benedicto XVI diría que ponerse una cámara en el lugar del ojo va en contra del ser humano dado que no está en la naturaleza, porque en ese caso Dios habría puesto una cámara en el ojo".

Sibilia percibe actualmente "una tendencia a desafiar los limites en las investigaciones, proyectos y descubrimientos más recientes de nuestra tecnociencia. Hay una clara vocación 'fáustica', es decir, aquella que desafía los antiguos límites de lo que se puede o de lo que se debería o no hacer, que no teme las posibles consecuencias de sus actos y pretende ir siempre más allá. Esta perspectiva no cree en la existencia de una 'naturaleza humana' que pondría barreras al accionar humano; al contrario, considera que tanto la naturaleza como la humanidad son imperfectas y siempre perfectibles, y que es posible superar todas sus limitaciones orgánicas o biológicas". Y agrega: "No se trata más de reparar algo que está roto o funciona mal, que se considera patológico bajo el horizonte de una cierta 'normalidad', sino de reprogramar humanamente algo que la naturaleza hizo imperfecto".

Cerqui pone el énfasis en la necesidad de anticiparse a los avances y de analizar qué valores están detrás. "Nos acostumbramos muy rápidamente a lo que la tecnología nos permite hacer. Y una vez que estamos acostumbrados, nos parece normal. Entonces los debates suelen centrarse en las consecuencias, una vez que estas tecnologías ya están aplicadas. Habría que preguntarse con mayor frecuencia qué clase de sociedad estamos construyendo".

El invento de la cocina nacional



Ciertos historiadores prefieren decir que una nación es más bien imaginación o creación, y con ello, sea lo que sea, su comida. En rigor de verdad, salvo dos o tres excepciones, no existen platos autóctonos; todos son herencia. Entonces, ¿por qué chorizo en pan y no hamburguesa en pan? Ana María Shua relata, por su parte, una excursión al mundo del choripán.
Por: Marcelo Pisarro

PASIONES ARGENTINAS. El superpancho.
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Cada dos por tres alguna voz más o menos autorizada se pregunta si existe la "cocina criolla", que es una forma pintoresca y folclórica de llamar a la "cocina nacional" o a la "cocina argentina". La respuesta es que sí, existe, aunque hay que ser precavido con las pruebas ontológicas. Conformarse con la existencia del concepto para demostrar la realidad del hecho empírico significaría que, al cruzar la calle, acaso uno pueda ser atropellado por un minotauro.

Hay que recordar que una nación es un invento, aunque este término suene brusco, tal como el historiador Benedict Anderson le hizo notar a su colega Ernst Gellner. Es mejor usar palabras como "imaginación" y "creación", sostuvo Anderson, aunque ambos coincidieron en que hoy resulta imposible figurarse a una persona sin nación. "Un hombre debe tener una nacionalidad como tiene una nariz y dos orejas", escribió Gellner. "En el mundo moderno, todos tienen y deben 'tener' una nacionalidad, así como tienen un sexo", acordó Anderson. La mejor definición de nación (esto es, una forma de organización de las relaciones sociales cuya cristalización puede rastrearse hacia fines del siglo XVIII, y cuya emergencia guarda relación con la Revolución Industrial y la Revolución Francesa) está en La chica que amaba a Tom Gordon, la novela de Stephen King. Allí, Trisha, la niña de nueve años que se perderá en un bosque, le pregunta a su padre si cree en Dios. El hombre le responde que cree en el Subaudible. "¿El sub qué?" "¿Te acuerdas cuando vivíamos en Fore Street?", quiere saber el padre. "Aquella casa tenía calefacción eléctrica. ¿Te acuerdas de que los radiadores zumbaban, incluso cuando no funcionaba la calefacción?". La niña niega. No, no lo recordaba. "Porque te acostumbraste. Pero créeme, Trish, el sonido siempre estaba presente. Hay ruidos hasta en las casas que no tienen radiadores. La nevera se dispara y apaga. Las cañerías chasquean. Las tablas del suelo crujen. Pasa tráfico por delante. Todo el rato oímos cosas, pero casi nunca las escuchamos. Se convierten en...". En el Subaudible, claro. La nación es como el Subaudible: está allí, siempre, siempre, aunque las marcas de construcción no salten a la vista, aunque uno se acostumbre a las cañerías que chasquean y los suelos que crujen. Y está tan bien hecha, que no se percibe el contraste entre su novedad objetiva y su ancianidad subjetiva, entre aquello que es contingencia y acaba convertido en destino.

Ahora mismo, en alguna parte del mundo, algún argentino está sollozando porque extraña el dulce de leche. Más que preguntarse si existe la comida nacional, hay que interrogarse acerca de cómo se logran o lograron los consensos que permiten identificarla. ¿O acaso no hay un acuerdo respecto a que algunos platillos son "más nacionales" que otros? ¿Que el mate es "más argentino" que la Pepsi Cola? ¿O que el churrasco es "más argentino" que el Whopper? Es la naturaleza de ese consenso lo que debe examinarse. En caso contrario, cuidado con los minotauros al cruzar la calle.

Elogio de la sincronía

Las prácticas que llamamos "nacionales" sólo resultan eficaces si se transforman en vivencia diaria. Eso significa la naturalización de determinadas experiencias cotidianas, mediante modos de comportamiento "propios" sostenidos en un pasado selectivo, una concepción de la temporalidad homogénea y sincrónica (la idea de "mientras tanto" es contemporánea e indisoluble de la idea de nación). El proceso de conversión de la "cultura nacional" (en tanto ideología de Estado) en "identidad nacional" (en tanto práctica mundana) implica una suma de esfuerzos que abarcan cada aspecto de la vida cotidiana; eso incluye lo que se come y se deja de comer. Cuando en los albores de la nación, y de la gastronomía, allá por 1825, J. A. Brillat-Savarin escribía que "de la manera en que las naciones se alimentan depende su destino", no estaba sacando una conclusión: lanzaba una profecía.

"Ocurre que ignoramos los usos de la comida, y nuestra ignorancia resulta altamente peligrosa", escribió la antropóloga Mary Douglas en la década de 1970. "Nos conviene más adoptar el punto de vista del veterinario, que considera la comida como mero alimento animal, o pensar en ella como una necesidad fisiológica, que reconocer su tremenda fuerza simbólica".

Se empieza así: evadiendo el revisionismo y los inventarios. Uno de los rudimentos iniciales que aprende un arqueólogo es la importancia de la cronología. La máxima sería: primero ponga fechas estimativas –a veces variables en millones de años– y luego descubra el sentido de los restos arqueológicos esparcidos en los yacimientos. No es el mejor método tratándose de cocina autóctona. La pregunta tramposa sería: ¿cuándo debe comenzar a medirse esta "autoctonía"? ¿Desde la época del virrey Pedro de Cevallos? ¿Desde el apogeo de las costumbres puelches o diaguitas? ¿O desde que se asentaron los descendientes de los hombres que cruzaron el Estrecho de Bering, hace veinte o treinta mil años?

Uno de los indicios más antiguos de existencia de presencia humana en estos parajes fue encontrado en las orillas del Canal de Beagle. El sitio arqueológico fue bautizado Túnel 1, y allí, hace unos siete mil años, unas personas encendieron fuego, comieron parte de un lobo marino, tallaron algunos instrumentos y se marcharon con rumbo desconocido. ¿Podría hablarse entonces de "cocina autóctona" y mencionar lobos marinos, guanacos y mejillones como los ingredientes principales? ¿Podría hablarse de platos propios a base de animales extintos, como el Mylodón o el Hyppidión? "Más antiguo" no significa "más autóctono", y la "cocina criolla" ostenta orígenes mucho más próximos... y selectivos. La tradición no es un segmento histórico inerte, como explicó el sociólogo Raymond Williams con el fantasma de Antonio Gramsci zumbando en los alrededores, pues la tradición es siempre una tradición determinada: "Una versión intencionalmente selectiva de un pasado configurativo y de un presente preconfigurado, que resulta entonces poderosamente operativo dentro del proceso de definición e identificación cultural y social". Otro problema surge al intentar una suerte de "etimología de los platos" para desnudar así que la cocina argentina es "heredada". Más anécdotas y menos certidumbre: la milanesa viene de Italia, aunque antes pasó por Francia y España; el puchero desciende de la olla podrida peruana; el dulce de leche ha existido en diversas latitudes bajo diferentes denominaciones (por ejemplo, "manjar blanco"); la carbonada tiene origen chileno, o quizás belga o español; la costumbre de rellenar carnes, como en el caso del matambre, es una práctica de larga data; con diferentes formas y nombres, las empanadas se cocinan desde hace siglos en todo el mundo. Gran parte de los platos considerados "patrios" se conocían en el Medioevo europeo; es el caso del cochinillo relleno de naranjas, huevos hilados, aceitunas aliñadas, almendrado de las monjas o cebollas en escabeche.

Pero si los orígenes de la gastronomía de cualquier nación son simbólicos antes que históricos (en el sentido de Mary Douglas), no tiene sentido buscar una suerte de piedra fundacional culinaria empírica o material: oh, caray, encontramos los restos fosilizados del primer asado criollo. Lo que importa es el aspecto sincrónico, no diacrónico: el suceso en tanto sistema que ocurre aquí y ahora. La pizza y las pastas constituyen un bastón de apoyo de la gastronomía italiana; sin embargo, provienen del Oriente. Mecanismos de apropiación e identificación: algunos significados y prácticas son acentuados, otros son atenuados o rechazados. Por más restos de documentos o artefactos –y sus respectivos trayectos– que se revisen, allí no habrá ninguna solución al misterio. De hecho, así planteado, ni siquiera hay misterio.

Cuenta la leyenda que Gramajo, quizás un playboy argentino de la década de 1930 o quizás un coronel de las tropas de Julio Argentino Roca, "inventó" el revuelto que lleva su nombre en un momento de hambre, escasez y picardía, quizás en un hotel parisino mientras se preparaba para salir de juerga o quizás en una tienda de campaña mientras se preparaba para la embestida al próximo asentamiento indio. La historia es interesante porque –como aseguró el periodista Derek Foster en su libro El gaucho gourmet– el revuelto Gramajo es uno de los dos únicos candidatos a "genuinas creaciones propias" (el otro candidato es el panqueque de manzana). Todo lo demás es heredado.

Calificar de "heredada" a una cocina posee un mérito: presenta a la cultura como proceso, un juego de interacciones, préstamos y negociaciones. Suele repetirse que la cocina argentina tiene trazos de su par española, italiana y francesa, y también sudamericana, en especial peruana; que en el noroeste del país se conservó mejor la tradición española; en el nordeste se siente la influencia brasileña; en el sur, las presencias chilena, alemana y galesa; en la zona central prevalece la "comida criolla" propiamente dicha: mucha carne, pocas verduras.

Ahora bien, ¿esto es así empíricamente? Bueno, no. Basta con observar qué se come y se descubrirá la molesta costumbre de los comensales de querer escaparse de las categorías alimenticias en las cuales pretende confinárselos. Cuando se habla de herencia, es necesario prestar atención, más bien, al elemento ponderado o rechazado en la construcción de la identidad gastronómica nacional. Por ejemplo, ningún plato prehispánico sobrevivió hasta la actualidad. En ningún país sudamericano (con excepción de Uruguay) la idea de que "lo regional" resultaba execrable tuvo tanto éxito. Hacia mediados del siglo XIX, los estratos influyentes de la sociedad local se volcaron hacia la cocina inglesa y, en especial, la francesa.

La cocina criolla, pampeana, conservaba aún muchos elementos de la tradición española de los siglos XV y XVI. Más que variar los platillos según las clases sociales, variaba la calidad de los ingredientes: pan de trigo contra pan de centeno; carne de vaca, ternero y pollo contra tocino; vino contra agua. Las oleadas inmigratorias alentadas por el célebre eslogan de 1852 de Juan Bautista Alberdi ("Gobernar es poblar") aumentaron no sólo los platillos que se servían, sino también los que explícitamente no se servían como signo de diferenciación. El caso del ajo es ejemplar.

En el momento de hablar de herencias, o de ajos (ingrediente pobretón si los hay), suele emerger el conventillo como cronotopo de mixtura cultural porteña (argentina, la metonimia funciona). Que en 1880 Buenos Aires contara con 1770 conventillos, y que siete años después, en 1887, su número ascendiera a 2835 es sólo una anécdota de libro de texto. El cronotopo "conventillo" se vale de otros indicadores para fundar su eficacia enunciativa: la convivencia forzada de italianos, españoles, rusos, polacos, ucranianos, turcos, sirio-libaneses, alemanes, judíos; el patio como espacio de conflicto y fusión, de sainete y tango; los servicios comunes (baños, lavadero, cocina); la emergente jerga en tono de cocoliche y lunfardo; la ebullición política: disidentes, anarquistas, masones, socialistas, republicanos, sindicalistas. Establecido el escenario, nada cuesta repartir bolos entre los actores: nada cuesta ponerlos a cocinar en el cronotopo y ver qué sale con semejantes ingredientes.

En principio, rechazo. Los criollos pobres rechazaban la comida extranjera simplemente por foránea; los criollos de mejor posición la rechazaban por su aura de pobreza ("comer italiano" era sinónimo de "comer pobre"). Luego, negociación y sincretización. Se ha definido a la cocina porteña como una versión de la cocina italiana más algunos platos españoles y otros franceses, cocinada y servida al estilo español. Se acepta que algunos platos-de-todos-los-días adquirieron su contorno contemporáneo en las interacciones del conventillo. Por nombrar: ravioles, pascualina, albóndigas, estofado, chupín, pan dulce, pastafrola, fugasa, pesto, fainá, salsa de tomate con cebolla, tomates rellenos (de Italia o de los genoveses de mediados del siglo XIX); empanadas, carbonada, chorizos, dulces, guisos de todo tipo (de España); omelettes, mousse de chocolate, lomo a la pimienta con papas a la crema (de Francia). Son platos que podrían agregarse en un menú nacional, que señalan el uso selectivo de la tradición. Basta pensar en el derrotero que han seguido preparaciones como la chalona, la chicha, la chancaca, la tunta, el chuño, la sajta, el charquisillo, el folto nguillú, el kuletún nguillú y tantos otros platillos ignorados u olvidados, o por qué la rica tradición negra de Buenos Aires ni siquiera se menciona y, de hacerlo, no se señala su origen negro, como el mondongo.

Auspicia a la cocina criolla...

Las instituciones encargadas de la socialización juegan un papel central en la regulación de los estómagos. Piénsese, por ejemplo, en los actos escolares, donde las negras mazamorreras pintadas con corchos quemados venden empanaditas calientes que queman los dientes; deesta forma se establece un mito de origen en la época revolucionaria y se borra de un plumazo toda la historia prehispánica. O piénsese en la euforia de los grandes eventos deportivos (los mundiales de fútbol), cuando las principales marcas del rubro alimenticio (McDonald's, Coca Cola, Cerveza Quilmes) se anuncian como auspiciantes oficiales y establecen lacrimógenas relaciones entre sabores, pasiones y banderas: la "argentinidad futbolera" como identidad colectiva e individual. Preparar un asado, beber una Quilmes, alentar a la selección. Entonces, la cocina argentina, ese "artefacto histórico bien fundado" (diría Pierre Bourdieu parafraseando a Emile Durkheim), existe porque lo que existe es el principio mismo de demarcación: esto sí y esto no. Una convención, un modo de organización social cuyas costuras se ponen del revés y desaparecen, un lenguaje compartido y reconocible por todos los participantes de la conversación. Existe porque hay un acuerdo previo y externo consumido como "hecho natural" sobre lo que es nacional y sobre lo que no lo es. Que un chorizo entre dos trozos de pan sea "patrio y noble" y que un medallón de carne picada entre dos trozos de pan sea "global y amenazante" es una afirmación experimentada como cotidiana. Por eso, cuando llega el momento de preguntarse sobre la cocina criolla y concluir su aspecto heredado, el punto de partida suele ser la nacionalidad como suceso necesario, como destino: tengo una nariz, dos orejas y una nación.

Acaso en cincuenta años, tal como sucedió con el criollismo y las costumbres gauchescas, se reivindique la "hamburguesa argentina" de Burger King o el "menú porteño" de McDonald's como las más acabadas muestras de gastronomía nacional. Pues la cocina criolla se trata, a fin de cuentas, de un invento que se reinventa día a día.

Ignorarlo –diría Douglas– puede resultar altamente peligroso.